Es difícil escribir una columna sobre el asesinato de Charlie Kirk. No se puede ser objetivo y tratar de entender lo que sucedió sin tomar partido, pues unos locos lo celebran o se burlan, como también sucedió en Colombia con el asesinato del precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay, mientras otros buscan venganza o utilizar esa muerte con fines políticos. Es la versión moderna del macartismo, la persecución de ciudadanos en Estados Unidos en los 50 por ser comunistas, con un agravante, hoy esta se da tanto en la derecha como en la izquierda.
Sin embargo, ese asesinato muestra algo que jamás pensé que iba a escribir, algo que un amigo norteamericano me dijo pocos días después de que yo llegara a Washington como embajador de Colombia: Estados Unidos va rumbo a una guerra civil y no hay como pararla. Hoy recuerdo que respondí con indignación, incredulidad y hasta burla, cuando mi amigo me dijo: “me siento como si estuviéramos en 1859”, el año antes de que estallara la guerra civil entre el norte y sur de los Estados Unidos.
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“Lea a estos escritores, escuche a estas personas en sus podcasts y tenga la mente abierta”, me dijo mi amigo al despedirnos. Le hice caso y, poco a poco, comencé a pensar que la idea no era tan descabellada; los hechos, uno a uno, me comenzaron a convencer de que el camino hacia una guerra civil ya se estaba dando.

Lo primero que debemos entender es que en Estados Unidos cerca de 103 millones de personas tienen armas, y se calcula, pues no hay un registro nacional, que en manos de civiles norteamericanos hay 393 millones de armas.
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El asesinato de George Floyd fue quizás la primera batalla formal de esa guerra civil, que es distinta, episódica y conformada por enfrentamientos irregulares de violencia que pueden trascender fronteras estatales y crear escenarios de descontrol que llevan a la necesidad de la utilización de fuerzas armadas norteamericanas, en principio la Guardia Nacional, para enfrentarlos.
Bajo el eslogan de “Black Lives Matter”, luego del asesinato de Floyd por parte de un policía en Minnesota, en mayo del 2020, se inició un verano violento en Estados Unidos. En los tres días después del asesinato se dieron disturbios, asesinatos y hasta la quema de una estación de Policía en Saint Paul, la capital. Estos hechos violentos son considerados los peores disturbios raciales desde los que se dieron en Los Ángeles de 1992.
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Ahí no paró la violencia. En Chicago, las protestas escalaron y dejaron 140 policías heridos. En Seattle, Washington, la ciudad donde están basadas Amazon, Microsoft y Boeing, nada más ni nada menos, se creó una zona autónoma, la CHAZ/CHOP, donde la autoridad no podía entrar. Duró semanas. En Portland, la ciudad más importante de Oregón, pasó algo similar, y en distintas zonas se perdió el control de la autoridad. La muerte de un americano negro en Louisville, en Atlanta, en Kenosha, Wisconsin, o en Filadelfia desatarían disturbios con incendios y saqueos de almacenes con miles de millones de dólares en daños, los cuales se trasladaron a Los Ángeles, en Hollywood y Santa Mónica, y a Oakland, donde se dieron ataques a estaciones de Policía.
La derecha, al igual que esta extrema izquierda, no se quedó atrás. El intento de secuestro de la gobernadora de Michigan, Gretchen Whitmer, el ataque a un club LGTBIQ+ en Colorado Springs, el intento de destruir una subestación de transmisión eléctrica en Nashville, Tennessee, con drones armados de explosivos, o las tomas tanto del congreso de Estados Unidos en Washington, o el de Michigan, en Lansing, su capital, son apenas unos ejemplos de este fenómeno que, si se ve en conjunto, muestra un patrón de violencia que se asemeja más a una guerra civil asimétrica que a hechos esporádicos o puntuales que se dan por casualidad.
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Ahora, el asesinato de Charlie Kirk, tiene un ingrediente muy importante en esto que hoy está pasando. El asesino, un joven que hace parte de una familia tradicional con valores religiosos profundos, se radicalizó en redes sociales lo que lo llevó a cometer este horrendo crimen. Este asesinato rompe todos los patrones tradicionales en este tipo de crímenes y la razón es una: las redes sociales. La radicalización llegó a través de este mecanismo que, con sus algoritmos, alimenta cada vez más la profunda narrativa radical de extrema izquierda o de extrema derecha que hoy impera en el debate político.
El mejor ejemplo de esta radicalización se puede analizar con Brenton Tarant, el asesino de la mezquitas de Al Noor y Linwood en Nueva Zelanda que dejó 51 muertos en el 2019. Antes de su crimen publicó un panfleto donde quedó en claro su apego a la ideología de supremacía blanca y su islamofobia. El análisis que luego se hizo de su radicalización dejó en claro que fue de internet y de sus publicaciones y foros digitales de donde Tarant sacó la inspiración ideológica que lo llevó a cometer esos atroces crímenes.
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La izquierda radical y la derecha radical van camino a un choque brutal que, si bien por ahora es esporádico, por la polarización que alimentan las redes sociales es casi inevitable. ¿Cuál es el detonante? No lo sabemos aún, pero en una guerra asimétrica como la que hoy vive Estados Unidos, y que, obviamente, está en plena gestación y en sus inicios, no es difícil prever que esto se vaya a dar.
Las reacciones a la muerte de Charlie Kirk muestran el camino que va a recorrer ese país, con la muerte de la libertad de expresión y la cancelación, por parte de ambos bandos, de quien no esté totalmente de acuerdo acuerdo con sus posturas.
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Triste decirlo, pero hoy el faro de la libertad está en camino de morir, pues la crisis de un liderazgo, que dé luces sobre cómo evitar lo que se ve venir es total. Ni en la derecha ni en el centro ni en la izquierda democrática se ve un líder que genere algo de esperanza sobre el futuro de ese país.
Claro, con ese poder y ese tamaño, es fácil perder de vista lo que a todas luces se está cocinando. Sin embargo, el asesinato de Charlie Kirk debe ser un campanazo de alerta.
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* Predecir una guerra es imposible y muchas veces hay exageraciones sobre las condiciones que existen para que esto se dé. Todo debe leerse o escucharse con beneficio de inventario y entender la lógica o la tendencia ideológica de quien escribe o de donde se publica. Sin embargo, es valioso obtener mayor información sobre el tema. Para ello lean Stephen Marche, The Next Civil War, Dispatches from the American Future o Barbara F. Walter y sus artículos y entrevistas en la revista New Yorker, A New Civil War in America. Y si quieren entender una parte de la radicalización que se da en redes escuchen el podcast del New York Times, The Rabbit Hole.
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