
Llevo cinco días en shock. Quise ver si se me bajaba la rabia, el dolor y la indignación después de la entrega de los cadáveres de un bebé de 9 meses -Kfir- y un niño de 4 años -Ariel-, que duraron secuestrados 502 días. Sé lo que es estar secuestrado y encadenado a una cama durante 8 meses y no puedo digerir el sufrimiento de estos niños y de su madre Shiri -también asesinada- durante ese horrible cautiverio. En serio, no puedo, no me cabe en la cabeza.
El odio de Hamas (y no digo de los palestinos, para no generalizar) hacia el pueblo judío solo es comparable con el que tuvo Hitler hacia ellos. De ahí que el dicho “from the river to the sea, palestine will be free”, o su traducción “del río al mar, palestina será libre” no sea un canto nacionalista por un estado palestino sino un llamado al genocidio del pueblo israelí. Que Israel desaparezca y que todos los ciudadanos de Israel acaben como Kfir y Ariel es la traducción de esta frase que increíblemente se generalizó en los campus universitarios de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, donde lo gritaban los que se oponían a la reacción de Israel al brutal ataque terrorista del 7 de octubre del 2023.
Claro, no demoran los mensajes sobre los niños palestinos muertos en las operaciones militares de Israel en Gaza. Es imposible justificar la muerte de un niño, pero hay una diferencia clara entre lo que Israel hace y lo que hizo Hamas y cómo opera el uno y cómo opera el otro. Hamas, en su mentalidad terrorista, necesita que maten palestinos y busca que mueran niños, pues eso les da legitimidad en su lucha brutal, eso les da más reclutas para su accionar terrorista y eso les genera apoyo. No es un secreto que para su jefe, Yahya Sinwar, muerto en operaciones de Israel en Gaza, ese “costo” era necesario para “la causa”. Es más, justificó la muerte de palestinos, incluyendo niños, como “un sacrifico necesario” que “infundirá vida en las venas de esta nación, impulsándola a elevarse a su gloria y honor”. ¿Hay algo más que decir?

Hamas se protegió en sus túneles mientras sus ciudadanos sufrían el accionar de Israel que, repito, se inició después del brutal ataque terrorista. No olvidemos, otra vez, que Hamas inició esta guerra. Obviamente, en una acción tan dura en unos centros urbanos y donde los terroristas se mezclan con los ciudadanos para protegerse pues el costo en vida de civiles inocentes es alto. Sin embargo, ahí no hay grises: una cosa es un secuestro, que es una acción directa premeditada, y otra las víctimas en una operación militar en las condiciones como la que se dio en Gaza.
Sin embargo, quiero volver al tema de los niños asesinados por Hamas después de su secuestro y quiero agregar el tema de la negociación de Israel con Hamas que, por ahora, ha llevado a la liberación de unos pocos secuestrados y unos cadáveres, como el de Kfir, Ariel y su madre Shibi, a cambio de cientos de terroristas acusados, juzgados y condenados por sus acciones.
Dos veces en mi vida me ha tocado vivir este tema de la negociación de secuestrados por terroristas encarcelados, o un hecho similar. Una como víctima y otra como vicepresidente. En el caso de víctima cuando fui secuestrado por Pablo Escobar en un secuestro político junto a otros periodistas en 1990. Y cuando fui vicepresidente de Álvaro Uribe y las Farc pedían una zona de despeje para negociar a los militares y civiles secuestrado entre los que se encontraba la famosa política colombiana Ingrid Betancourt.

En mi caso de secuestrado, Escobar pedía que se acabara la extradición y mi única intervención fue cuando me pidieron enviarle un mensaje al presidente de entonces, César Gaviria. En ese documento le expresé a Gaviria que la ley no se negociaba, lo repetí dos veces, y que como presidente recién posesionado tenía que defender la Constitución y la ley. “No puedo ni debo pedirle que pase por alto las leyes y la Constitución”, dije en ese escrito de octubre de 1990.
Lo mismo me sucedió cuando, como vicepresidente de Colombia, me tocó asistir a muchas de las discusiones sobre la zona de despeje para negociar la liberación de secuestrados. Unos años antes, el expresidente Ernesto Samper había creado esas zonas y se liberaron militares secuestrados, y durante el gobierno anterior, el expresidente Andrés Pastrana había creado una zona de despeje de 42 mil kilómetros cuadrados para llevar a cabo el proceso de paz. En el caso de Samper, creo el precedente, y en el caso de Pastrana, esa zona se convirtió en refugio de delincuentes, donde tenían secuestrados y a donde llegaban hasta los carros robados en distintas partes del país.
El Presidente Uribe, sin duda, no quería esa zona tampoco, pero en su humanidad siempre buscó la liberación de los secuestrados. Le permitió hasta a Hugo Chávez negociar esa liberación, que no se dio, pero las discusiones sobre la zona de despeje se mantuvieron. Siempre me opuse con un argumento: ponemos en peligro a todos los ciudadanos hoy libres. Finalmente, esa zona nunca se dio, pues se hicieron dos operaciones de rescate, Jaque, la más famosa, donde se liberaron militares, policías, tres contratistas gringos y los civiles, incluyendo a Ingrid Betancourt, a quienes durante años las Farc habían mantenido secuestrados en condiciones terribles, similares a las de un campo de concentración.
Dicho esto, con ese recorrido y con el corazón partido y lágrimas en los ojos por estos niños secuestrados y asesinados por Hamas, me puse en los zapatos del líder de Israel, Benjamin Netanyahu, para, en mi propia conciencia, saber si había cambiado de opinión. Obvio, la situación es muy distinta, pues en Israel ya hay una historia de cambiar cientos, y en algunos casos miles de presos por secuestrados, como el caso de Gilad Shalit en el 2011, cuando Israel liberó a 1,027 prisioneros palestinos, incluidos terroristas con condenas por atentados mortales, a cambio de este soldado secuestrado en 2006 por Hamas.

Sigo pensando que negociar secuestrados por cualquier tipo de intercambio político o de presos es un error que pone en riesgo la vida de todos los demás. Israel, tristemente, y lo digo con gran dolor, es el mejor ejemplo de cuáles son las consecuencias de esta política de aceptar el chantaje.
Los ataques terroristas de ese 7 de octubre, y los secuestros de más de 260 personas, entre ellos Kfir y Ariel, tienen como justificación a ojos de los terroristas esos precedentes. ¿Cuántos vamos a negociar a cambio de liberar unos pocos? Pues ya sabemos como sucede hoy en día con una gran diferencia: esta vez el costo también fue la destrucción de Gaza.
No hemos visto el fin de esta historia y, claro, como hay esa mentalidad de ver unos muertos buenos y unos malos, como sucede con el presidente de Colombia Gustavo Petro, a Kfir y a Ariel los lloran pocos en el mundo y, ciertamente, no esos jóvenes americanos y europeos que justifican este horror con su cántico genocida.
Hoy sé que una de las últimas imágenes que me llevaré a la tumba es la de esos dos niños que fueron estrangulados por genocidas palestinos que se hacen pasar por luchadores de la libertad pero no son sino unos caterva de asesinos de quinta categoría que solo merecen lo peor.
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