
Con el valor que pocos tienen, Carlos Alberto Montaner se ha despedido de su público confiándole que ante el avance de una enfermedad degenerativa prefiere decirle adiós con facultades plenas. El gesto, aparte de ser admirable por su genuina transparencia, nos trae ese sabor agridulce que acompaña siempre los grandes eventos.
Por una parte sentimos orgullo de haber tenido el privilegio de acompañarle en el último vagón de la jornada llamada vida. Por otra parte, lloramos el retiro de alguien a quien Georg Hegel hubiese descrito como un alma bella. En su obra La Fenomenología del Espíritu, Hegel define al alma bella como “la instanciación de la conciencia que mantiene la pureza de la conciencia mediante el uso de su propio lenguaje para juzgarse a sí misma, y que se retira del mundo para evitar conflictos que podrían poner en tela de juicio su propia transparencia y pureza de corazón”.
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Montaner ha sido un alma bella a lo largo de su vida. Como un cubano amante de la libertad no ha dejado nunca de luchar por que su patria de origen la recupere. Pero su lucha ha sido gallarda sin caer en vandalismos intelectuales ni cruzadas políticas y mucho menos en acoso dialéctico.
Como escritor se esforzó por develar a los latinoamericanos las raíces de su predicamento eterno y en ensenarles vías para lograr vencerlo. Su obra Las Raíces Torcidas de América Latina demuestra con claridad que la base institucional de la región es la del Medievo y el pilar espiritual el engaño.
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Posteriormente vino El Manual del Perfecto Idiota latinoamericano, escrito a tres manos con Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa, obra que pretende demostrar a los latinoamericanos las bendiciones que la libertad trae a las personas; los hogares; las comunidades y las naciones.
Como jefe de familia fundó un hogar hermoso lleno de comprensión y de cooperación con su inseparable Linda y ambos trajeron al mundo a un productor de cine y una gran periodista.
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Hoy en su retiro contempla una lluvia de afectos que día a día lo envuelven y que pretenden facilitarle el imposible tránsito del último millaje de una vida completa que ha llenado las existencias de muchos con la ilusión de que si es posible hacer política dentro de marcos civilizados; luchar por la libertad sin incurrir en improperios y crear y defender ideas sin menospreciar las de otros.
Y serán estos principios los que germinarán mas adelante cuando pase esta tormenta de arena que acompaña el debilitamiento de los estados-nación y la recomposición del orden internacional. Cuando esto suceda, Montaner será reconocido como uno de los pilares de ese mundo que todavía no se avizora.
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