La Casa Blanca, Washington. 20 de marzo de 2003.
Un llamado telefónico desde Moscú enlaza al Presidente George W. Bush con su colega ruso, Vladimir Putin. El jefe del Kremlin intenta convencer al Presidente de los Estados Unidos de revertir lo que está a punto de suceder.
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“Estoy apenado por ti. Esto será terrible para ti”, le advierte.
Apenas horas antes Bush, en la que sería la medida más controvertida de su Presidencia, había decidido invadir Irak. Dando inicio a una “guerra preventiva” que se convertiría en un punto decisivo del orden global de la post-Guerra Fría.
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Un hecho que a su vez resulta inseparable de la tragedia del 11 de septiembre de 2001. Porque la atrocidad terrorista había probado que la globalización también implicaba que ningún continente era completamente insular. El mismo día de los hechos, Bush aseguró que no haría distinciones entre los terroristas y aquellos que les habían dado resguardo. Poco después, anunció que enfrentaría al “Eje del mal” integrado por los regímenes de Irán, Irak y Corea del Norte, los que ponían en riesgo la paz y la seguridad global.
En la cúspide de su poder, Washington respondería atacando el santuario de Al Qaeda en Afganistán y más tarde iniciaría su controvertida invasión a Irak.
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Pero a diferencia de la primera guerra de Irak (1991), ésta mostraría el enfrentamiento de los EEUU con sus aliados europeos en el Consejo de Seguridad, quienes junto a Rusia rechazarían la operación contra Bagdad.
Actuando de forma unilateral, la Administración Bush-Cheney desplegaría la política exterior más intervencionista de toda la historia de los EEUU.
Acaso la nueva realidad proporcionó las condiciones para el avance de los neoconservadores. Liderados por el todopoderoso vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, quienes se tomarían la revancha por lo sucedido diez años antes, cuando reprocharon a George H. W. Bush (padre) por no haber completado el derrocamiento de Saddam Hussein una vez que las tropas iraquíes fueron desalojadas de Kuwait.
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Cultor del realismo político, Bush senior se había limitado a restaurar la soberanía estatal de Kuwait, la que había sido violada tras la invasión de Irak el 2 de agosto de 1990. Al punto que durante la Operation Desert Storm, las tropas norteamericanas habían recibido la orden de detenerse a noventa millas de Bagdad y no destruir la Guardia Republicana iraquí.
Su hijo ahora lanzaría un “ataque preventivo”. Una noción que desafiaba a las bases mismas del sistema internacional surgido en el orden westfaliano de estados soberanos. Si a una nación, por poderosa que fuera, se le confería esa facultad, ninguna otra estaría segura. Pero la “Doctrina Bush” proveería el argumento racional para invadir Irak.
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El 5 de febrero, el secretario de Estado Collin Powell había asegurado ante el Consejo de Seguridad que Saddam poseía “armas de destrucción masiva” y que su supervivencia era una amenaza a la seguridad global. Un memorioso advirtió que para Powell su presentación fue el equivalente inverso al de Adlai Stevenson en 1962 cuando el entonces embajador norteamericano pudo exhibir ante los ojos del mundo las pruebas irrefutables de la instalación de misiles en Cuba espetando al representante soviético: “Yes or No?, Mr Ambassador. Yes or No? Don’t wait for the translation.”
Fue entonces cuando Putin -junto con los líderes de Francia y Alemania- emitió un duro mensaje en contra de la guerra. A la que calificó como una acción militar “que no puede ser justificada por nada” contra un país debilitado que “no representaba ningún peligro”.
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La segunda guerra de Irak provocó un colapso en el sistema de relaciones. Washington consiguió solo el apoyo de Londres -su aliado natural- y del español José María Aznar, cuyo atlantismo militante fue calificado como “una sobreactuación”.
Acaso con una visión altruista -pero imperial- o respondiendo a una suerte de “destino manifiesto”, los neocons estaban convencidos que los EEUU no eran una nación más, sino el portador de un deber moral a ser desplegado mediante una cruzada civilizatoria. Paul Wolfowitz dejó correr su entusiasmo y declaró que harían de Irak “la primera sociedad árabe democrática”. Karl Rove ofreció una arrogante explicación: “Somos un imperio y, como tal, al actuar creamos la realidad”.
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Pero el hubris no sólo había atacado al círculo áulico que rodeaba a Bush. La segunda secretaria de Estado de la era Clinton, Madeleine Albright, había afirmado en febrero de 1998 que atacar a Irak era una posibilidad dado que los Estados Unidos eran “la nación indispensable”.
Otras voces del establishment optaron por la prudencia. En una columna en The Wall Street Journal, el 15 de agosto de 2002, Brent Scowcroft, ex asesor de Seguridad Nacional de Gerald Ford y Bush padre, se había pronunciado en contra de la guerra. Lo hizo recurriendo a un título no dejaba lugar a dudas: “Don’t Attack Saddam”.
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Naturalmente, no pocos divisaron la sabiduría del padre del Presidente detrás del artículo de su ex asesor. Cierto o no, la realidad es que las dos administraciones Bush actuaron de manera opuesta frente a Saddam, tal como explicara magistralmente Richard Haass en su obra “War of Necessity. War of Choice. A Memoir of Two Iraq Wars” (2010).
Lo que siguió es historia conocida. El 20 de marzo EEUU y el Reino Unido invadieron el país en medio de una enorme polémica internacional.
Poco antes, Putin hizo un intento de último momento. A fines de febrero envió a Bagdad al ex premier Yevgeny Primakov para procurar convencer a Saddam a que abandonara voluntariamente el poder a los efectos de evitar un baño de sangre. Primakov -uno de los hombres que más conocía a Saddam en el mundo- se encontró con la negativa cerrada del dictador iraquí.
“Rusia se ha transformado en una sombra de los EEUU. Lo que quieren es mi país, y su petróleo”, gruñó. “Moriré aquí”.
Acaso ya todo era tarde. El mismo día en que Primakov realizaba su misión en Bagdad, el secretario de Prensa de la Casa Blanca, Ari Fleischer, anunciaba que la administración no sólo perseguía el desarme iraquí sino también un “cambio de régimen”.
Las Azores fueron el escenario elegido para el lanzamiento de la operación. El 17 de marzo, Bush, Blair, Aznar y el anfitrión José Durao Barroso se congregaron en el archipiélago, a medio camino entre América y Europa, para presentar al mundo su decisión.
Tres días más tarde, la invasión era un hecho consumado. Saddam se derrumbó poco después y las armas de destrucción masiva que supuestamente atesoraba nunca fueron encontradas. Los EEUU se embarcaron en una guerra interminable. Con un costo gigantesco en términos de vidas humanas, de dinero de los taxpayers y de reputación internacional.
Veinte años más tarde, del breve idilio ruso-americano que siguió al fin de la Guerra Fría sólo queda un lejano recuerdo. Al punto que se sustanció una alteración fundamental en la forma en la que se desenvuelven las relaciones triangulares de las principales potencias del mundo. Dando paso al corolario de la entente ruso-china de nuestros días. Con las consecuencias opuestas para los intereses de quienes adherimos a los valores occidentales de la libertad, el respeto a los DDHH y las economías abiertas.
* Mariano A. Caucino es especialista en relaciones internacionales. Ex embajador en Israel y Costa Rica.
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