
En 1915, las noticias que llegaban desde Estambul, capital del Imperio Otomano, eran alarmantes. Los turcos habían asesinado, el 24 de abril, a 250 intelectuales, escritores, políticos, pensadores, economistas, todos ellos referentes de la comunidad armenia. El objetivo era dejar a esta minoría sin guías ni líderes.
El padre de Armenuhi entendió que había llegado el límite: si quería salvar a su mujer y a sus dos hijos debía dejar Anitab, por entonces un pueblo al sur de La Anatolia, en el Imperio Otomano.
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Durante la noche, Housep preparó el único burro que había en la casa. Vistió a sus hijos con ropa de varón para cubrirlos de los controles otomanos donde separaban a las mujeres. En la alforja del burro escondió de un lado a Armenhui y del otro al pequeño Antranik. En el lomo iba su esposa.
Debido al estrés de aquella huida de 100 kilómetros por el desierto hacia Alepo, Armenhui encaneció por completo. En Alepo la raparon para que su cabello volviera a ser negro y brillante. Una tortícolis crónica por estar en la alforja la acompañó toda la vida. Recién había aprendido a caminar pero en su sangre ya habitaban los genes de la resiliencia. Los traía desde mucho antes.
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Los párrafos anteriores pertenecen al bellísimo libro de Magda Tagtachian “No me olvides Armenuhi, la historia de mi abuela armenia”, cuya relectura en estos días me emociona, y enseña como la primera vez, tanto como cuando en Armenia, acompañando la histórica visita del Papa Francisco, en una mesa del hotel en Ereván nos compartió a un puñado de compañeros de viaje su investigación familiar que estaba pronto a aparecer. Nos hablaba con la emoción profunda que el amor a la identidad heredada puede movilizar cuando es escuchada en intimidad. Cuando es orgullosamente vivida y puesta a compartir sin reparos.
Por cierto, la historia de Armenuhi es la de miles de mujeres y hombres desparramados -desplazados- por el mundo, cuyas vidas siguen siendo el testimonio del horror, del genocidio llevado a cabo por los Jóvenes Turcos.
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Los libros que sus hijos y nietos que como Magda escriben, son la perpetuación de esa memoria que honra, y homenajean el inalterable compromiso con la verdad trágica e irrefutable de persecución, segregación y muerte pero que es también heroica y loable por la resistencia, la búsqueda de justicia y la reconstrucción que como comunidad y pueblo los armenios llevaron a cabo.
Recordar el Genocidio Armenio -genocidio y no calamidad como se empecina Turquia en definirlo-, no debe ser un ritual o un acto políticamente correcto cuando lo señala el calendario, como tampoco debe ser dejado el tributo, la reflexión y el estudio a la comunidad en su soledad. Los dolores son de todo el cuerpo social.
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Ellos sufren por el silencio de muchos países, sólo una treintena han reconocido el genocidio, Argentina es parte de este grupo- y también por Artzaj, un conflicto irresuelto que hiere en lo más profundo con la guerra reciente y siempre latente. Indigna, enoja, asusta.
Frente a ello no podemos ser indiferentes.
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Cada 24 de abril debe ser el punto de partida de nuevos compromisos, de examinarnos como individuos y como sociedad, qué camino hemos recorrido, preguntarnos si hemos actuado y acompañado como es de esperar sin vacilaciones ni contradicciones.
Argentina disfruta hoy de la comunidad armenia, que al igual que la mayoría de las colectividades supieron darle desde el dolor más profundo lo mejor de sí.
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Soñaron y crearon apostando a la esperanza por sobre la venganza.
Así, iglesias, escuelas, centros culturales y deportivos, teatros, y restaurantes son parte indivisible de nuestra escenografía y cultura ciudadana diaria. Artistas, intelectuales, deportistas, periodistas, profesores, comerciantes, artesanos, empresarios, profesionales nos nutren con sus conocimientos y aportes honrando la memoria de 1.500.000 de víctimas inocentes. Continúan escribiendo su historia milenaria.
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Ejemplos de vida y logros que en nuestra cotidianeidad fragmentada y enfrentada representan valores que merecen se les preste más atención. Son legados invalorables, sagrados, lecciones para aprender que nos da el pueblo armenio.
Los argentinos debemos saber que gozamos de una ley del año 2006, nacida e inspirada desde el seno de la comunidad que determina cada 24 de abril como Día de Tolerancia y Respeto entre los Pueblos y que en su artículo primero dice: “Con el espíritu que su memoria sea una lección permanente sobre los pasos del presente y las metas de nuestro futuro”.
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Que así sea, es responsabilidad de todos.
* El autor es ex Secretario Derechos Humanos de la Nación y Pte. Honorario Museo del Holocausto.
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