
La democracia no es perfecta, esencialmente porque se trata de un sistema creado y practicado por los seres humanos, quienes, inevitablemente, cometen aciertos y errores. Pero a pesar de ello, al hablar de democracia tendemos a hacerlo con orgullo en algunos casos y añoranza en muchas otras ocasiones, y es que “la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás” como una vez dijo Winston Churchill.
Esos sentimientos son los que se pudieron percibir en el traspaso de mando ocurrido el domingo 1ero de marzo en Montevideo, cuando en un acto sobrio, sencillo y profundamente republicano, el Presidente saliente, Tabaré Vásquez, entregó de manera formal la presidencia de la República Oriental del Uruguay al electo Luis Lacalle Pou.
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Durante el acto de traspaso, poco importó que el gobierno saliente y el entrante no tuviesen el mismo origen partidario, pues una vez culminado el sagrado acto electoral, sólo importa la nación, los ciudadanos y las leyes. Entre Lacalle Pou y Vásquez existió el respeto propio de un país con instituciones sólidas, que a fin de cuentas es la incuestionable garantía de una verdadera democracia, una que debe prevalecer siempre sin importar el gobierno, la ideología o las individualidades.
Quienes tuvimos el privilegio de poder presenciar en persona el acto en Montevideo, vivimos una jornada que gratamente se parece más a la idea de Jean-Jacques Rousseau y el respeto al contrato social, que el intento permanente de regímenes antidemocráticos como el venezolano, de demostrar “tener el poder” a costa de lo que sea y de quien sea.
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Puede que para muchos ciudadanos de distintos países del mundo actos llenos de civismo como el que vimos en Uruguay el pasado domingo no sea algo “grandioso”, pues se ha hecho costumbre vivir en naciones donde su historia se desarrolle bajo los valores de la libertad y el respeto. Sin embargo, la realidad que hoy estamos afrontando los venezolanos hace que, asistir a una ceremonia institucional como ésta, nos produzca nostalgia cuando pensamos en lo que aún con miles de errores nuestro país logró vivir durante varias décadas y que posicionó a Venezuela como una de las democracias más estables de la región, pero que hoy, producto del resentimiento y el odio a la libertad de unos pocos, se ha convertido en un recuerdo lejano.
A pesar de ello, a los venezolanos que hoy deseamos reconquistar nuestra libertad, lo sucedido en Uruguay nos embarga de esperanza, porque una de las democracias más sólidas del continente será un aliado fundamental en la lucha del pueblo venezolano que es, justamente, volver a vivir en democracia, una que durante 20 años ha estado secuestrada y que hoy vive sus horas más oscuras; así lo ha expresado en reiteradas oportunidades el hoy Presidente Lacalle Pou. Y nos permite, también, visualizar un futuro para Venezuela con procesos pacíficos, libres, llenos de patriotismo y respeto por las leyes.
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Hoy nuestro país cuenta con más apoyo que nunca, pero no cualquier apoyo, sino el de aquellas naciones que tienen como bandera la libertad y la justicia y que irrestrictamente acompañarán esta lucha histórica, democrática y humanitaria hasta lograr el objetivo, hasta vencer a la tiranía y nunca más volver a padecerla.
Los venezolanos tenemos el deber de luchar hasta poder decir con orgullo que volvimos a ser una república democrática, libre y soberana. Para ello, debemos lograr las elecciones presidenciales libres y verdaderas y así, en un futuro cercano, darle a la estatua de Simón Bolívar la solemnidad de un acto como el que presenció, el pasado domingo, la estatua de José Artigas detrás de los mandatarios uruguayos.
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No es fácil, pero la democracia lo vale.
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