El escándalo de la admisión a universidades en Estados Unidos, en el que gente adinerada pagó sobornos para que sus hijos fueran aceptados, ataca el corazón de los preciados ideales estadounidenses de justicia y meritocracia. Pero también refleja un problema más profundo: la transición obstaculizada hacia una nueva élite más diversa.
A pesar de que el supuesto soborno ocurrió en algunas de las instituciones más prestigiosas del mundo, como la Universidad de California, la Universidad de Yale y mi propia alma máter, Stanford, esto no prueba por sí solo que la meritocracia sea una farsa total. El hecho involucró solo a un pequeño porcentaje de los puestos académicos de élite, que representan apenas a una pequeña fracción del sistema de educación superior. Además, las personas han sido acusadas de delitos. Esto desalentará engaños similares en el futuro y reducirá el prestigio de las instituciones involucradas. De ahora en adelante, los empleadores que revisan el currículum de un graduado de Yale o Stanford podrían preguntarse si fueron admitidos gracias a habilidades reales o a padres ricos.
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Pero el soborno indiscutido es solo la punta del iceberg. Mucho más extenso y arraigado es el sistema de admisión hereditaria, que es perfectamente transparente y legal. La Universidad de Harvard, por ejemplo, cuenta con un tercio de alumnos provenientes de matrículas heredadas. Y el proceso de admisión en sí mismo es solo un eslabón en una larga cadena de factores que brindan a los niños ricos acceso privilegiado a la universidad: escuelas exclusivas, preparación para exámenes, tutores, asesores costosos. Estos factores ayudan a explicar por qué los niños ricos con puntuaciones bajas en los exámenes tienen más probabilidades de graduarse en la universidad que los niños pobres con puntuaciones altas en los exámenes:

Mientras los ricos acaparan los mejores lugares en el sistema universitario, los estudiantes de ingresos bajos y de minorías desfavorecidas sufren. En un par de artículos, los economistas Stacey Dale y Alan Krueger descubrieron que la admisión a una universidad de élite tendía a beneficiar a los hogares negros e hispanos, y a los hogares con antecedentes educativos más bajos, mucho más que a otros niños. En otras palabras, todos los tutores, las donaciones y los sobornos garantizan a los niños ricos solo modestas ganancias en términos de beneficios futuros, mientras excluyen a los niños pobres y minoritarios para quienes un puesto en Yale podría fácilmente marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso en la vida.
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Estos "acaparadores de sueños", como los llama Richard Reeves, investigador de Brookings, son perniciosos en otras formas difíciles de calcular. Quizás lo más importante, han endurecido racialmente a la élite estadounidense. Los hijos de los estadounidenses ricos son en su mayoría blancos, ya que sus padres y abuelos se enriquecieron cuando el país era en su mayoría blanco (y cuando el racismo estructural mantenía a las personas de raza negra, por lejos la mayor minoría, lejos de la élite en ese momento). Sin embargo, el joven y prometedor talento de Estados Unidos no es en su mayoría blanco.
Según documenta el economista de Harvard Business School William Kerr, EEUU se ha beneficiado enormemente en las últimas décadas de los flujos sustanciales de inmigrantes altamente calificados. La mayor parte de esa afluencia proviene de Asia y África. Pero los niños inteligentes con padres de Filipinas, India o Nigeria no tienden a tener el dinero ni los contactos para ingresar a las mejores universidades. Las barreras son aún más altas para los niños de inmigrantes de clase trabajadora, muchos provenientes de México y otros países latinoamericanos. No solo carecen de conexiones y dinero: sus padres y miembros de la comunidad generalmente carecen de la educación y la experiencia necesarias para orientarlos hacia a Harvard, y mucho menos les ayudan a ingresar. Para los estadounidenses de raza negra que viven en barrios segregados pobres, los desafíos son a menudo incluso más acentuados.
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Existen miles de talentos por descubrir en EEUU, mientras la élite está sobrepoblada con mediocridades ricas y bien conectadas, lo que sería bastante perjudicial en cualquier sociedad. Sin embargo, debido a que esto ocurre en un momento en que la composición racial de EEUU está cambiando rápidamente, parece aún más injusto. Al igual que los judíos estadounidenses que fueron excluidos de la élite durante décadas después de llegar en masa a las costas estadounidenses, los estadounidenses que no son de raza blanca están siendo excluidos hoy.
La exclusión producirá frustración entre los jóvenes luchadores del país. Las redes sociales ya están llenas de pequeñas señales de esta rabia. Incluso la demanda que alega discriminación contra los asiáticos en Harvard no se trata realmente de una discriminación positiva (como algunos afirman), sino de las ventajas injustas que son monopolizadas por una élite blanca rica. Si no se resuelve, este desajuste entre una vieja guardia inflexible, rica, en su mayoría blanca y una población de jóvenes frustrados y en su mayoría pobres no blancos continuará agravándose, en perjuicio de la nación.
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La solución radica en fomentar un cambio de guardia. Eliminar las admisiones heredadas en las universidades y esforzarse en descubrir estudiantes talentosos en comunidades pobres y desfavorecidas. Las empresas pueden ayudar extendiendo una red más amplia en sus prácticas de reclutamiento y contratación, prestando menos atención a los nombres de las universidades más elitistas en los currículums y haciendo un esfuerzo para buscar talentos entre personas provenientes de características demográficas diferentes a las de los ejecutivos existentes. A nivel gubernamental, un financiamiento más equitativo para las escuelas públicas también ayudaría mucho.
El país está cambiando y la élite debe cambiar con él.
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