Diferentes experiencias políticas regionales de destrucción de la sociedad y la economía

Las reglas que gobiernan a las sociedades latinoamericanas obedecen a dinámicas flexibles plagadas de las incertidumbres normales de los países de la región, aunque diferentes comunidades tienen diferentes reglas y diferentes códigos culturales que se superponen en determinados niveles del espacio sistémico y de la acción de las personas

Personas alrededor de una mesa con el mapa de América Latina, una balanza, un puente colgante, aerogeneradores y paneles solares.
Un grupo de personas colabora sobre un mapa de América Latina para instalar maquetas de justicia, infraestructura vial y fuentes de energía renovable. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Los votantes latinoamericanos se han visto forzados de elección en elección a elegir entre malo y peor, a elegir quien va a estar a cargo del próximo descalabro, como entre boom y boom de las commodities las economías fracasan y los sistemas políticos pendulean entre derecha e izquierda en función de las decepciones producidas por el anterior. El fracaso y el subdesarrollo son las únicas constantes.

Las reglas que gobiernan a las sociedades latinoamericanas obedecen a dinámicas flexibles plagadas de las incertidumbres normales de los países de la región, aunque diferentes comunidades tienen diferentes reglas y diferentes códigos culturales que se superponen en determinados niveles del espacio sistémico y de la acción de las personas. Cada sistema ha visto instalarse criterios y comportamientos que le son propios y que depende de patrones de educación dentro y especialmente fuera de los centros educativos, de los liderazgos constituidos sobre diferentes bases de relaciones de poder (en algún caso puede depender del dinero, en otros de la violencia y/o represión, en otros de la propia estructura social).

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Las economías de la región se estructuran en sus dinámicas formales por la construcción sistémica política que establece las reglas del juego, la eficiencia de la regulación y de la deregulación hacen a la eficiencia del sistema y a su mejor o peor funcionamiento. Los esfuerzos de formalización de la economía presentan diferentes grados y niveles dependiendo del país. En el marco de la informalidad podemos ver países que están duramente “impulsados” en sus dinámicas económicas por el crimen organizado y como el mismo hace operar una masa monetaria importante en el comercio y el consumo, pero la informalidad también tiene que ver con vías de escape para regulaciones ineficientes o restrictivas como, por ejemplo, lo es cada mercado negro de la región.

La mejor norma es la que es aplicable en un grado óptimo. La peor regulación es la que no es aplicable en absoluto. Ello quiere decir que la calidad de la norma está determinada por su comprensión de las condiciones sociales para su aplicación, lo cual no quiere decir ser indulgente con las partes corruptas del sistema social/político/económico. Obviamente que, si las partes corruptas del sistema social afectan de manera determinante la acción regulatoria y de aplicación de la normativa por parte de las instituciones entonces se crean ciclos negativos “sustentables”, con sostenibilidad en el tiempo e instalados en las estructuras institucionales, por ello tenemos en la región por ejemplo territorios controlados por grupos ilegales, instituciones cooptadas, falta de independencia judicial o Estado de Derecho agonizantes.

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También existen casos extremos de conjunción absoluta del crimen organizado que incluso argumentan criterios de “soberanía nacional” en su defensa, como podía ocurrir con el cartel de los soles.

El análisis anterior nos lleva a cuestionamientos esenciales en la construcción del sistema. Se trata de retomar respuestas a cuestiones básicas: a quiénes pertenecen el conocimiento, la tecnología, el trabajo, quien goza los derechos humanos y quien no, los recursos minerales, los recursos energéticos y naturales del sistema; quién es el propietario del suelo, del agua, y del subsuelo. Si la respuesta no fuera tan simple, tal vez la implementación de los cambios no sería tan compleja: nos pertenecen a todos.

Nos pertenecen a todos si somos inteligentes y solidarios, si aportamos para construir y hacemos el bien entre todos y para todos. Nos lleva a preguntarnos cómo se construye la inteligencia y la solidaridad entre las personas. El problema de quedar trancado en variables ideológicas obsoletas de derecha o de izquierda es que se está renunciando a la evolución conceptual y científica para tratar que los slogans que alguna vez se dijeron se transformen en dogmas.

Mi poeta favorito, Juan Gelman, en “Citas” (1979), poemario que él dedica “A mi país”, dice algo que es tan profunda y visceralmente real en la “CITA X (SANTA TERESA)”: “si estás escrita alma/ ¿por qué triste no salís de tu pena trabajando?/” Y en la CITA VI (SANTA TERESA) agrega algo que refleja la esencia de nuestros espíritus: “alma que resollás en la mitad del pensamiento/ de la vida como caballo que corrés/ ¿dónde está el pienso para parar estas patas locas?/”

No es posible construir inteligencia colectiva en nuestras sociedades sobre la base del atraso o del odio, no es posible construir solidaridad en el contexto de negar la evolución del conocimiento.

No puede haber nadie que tenga más derechos sobre las riquezas colectivas y menos todavía, si el fundamento de ese derecho esgrimido es exclusivamente económico.

Esto no significa que podamos extraer riqueza de esos recursos con nuestro trabajo; existen algunos cuyas condiciones de trabajo demuestran mayor aptitud para alcanzar objetivos de optimización de la producción y ello debe ser especialmente respetado porque es respetar al trabajo y al trabajador, a la producción y al productor.

Las mayores capacidades en la producción, las aptitudes especiales de gerenciamiento y organización y la mayor inteligencia en las lecturas de la realidad de la economía, son el verdadero motor del crecimiento con una visión humana.

La teoría ideológica no puede negar las leyes de la economía y de funcionamiento del mercado, pues el mismo ordena necesidades de producción en función de la oferta y la demanda. Pero debe afirmarse en ajustar o eliminar las condiciones de explotación y acumulación perjudiciales para el desarrollo humano de la sociedad.

La sociedad debe optimizar con sentido social sus capacidades financieras y productivas. El concepto de libertad, como concepto fundamental, es esencial en la comprensión de esta construcción. Desde la impronta de la libertad, el desarrollo requiere necesariamente del cambio.

El presente nos deja como condición a priori de nuestros proyectos futuros –y sin perjuicio de los logros sociales y económicos- problemas insolubles de miserias, malnutriciones, hacinamientos, desempleo, mortalidad infantil, desigualdades. Ergo, ese sistema requiere un cambio y la única forma de ejecutar el mismo es haciendo.

Hacer es la manera de transformar la realidad.

El hacer político implica necesidades institucionales que en el contexto regional todavía muestra vulnerabilidades, debilidades y deficiencias. La construcción institucional en general ha sido desdeñada por el cortoplacismo de la gestión política que no ha podido desprenderse de la energía de las urgencias políticas y sociales y por lo tanto no ha podido elaborar soluciones sustentables con un marco de certeza jurídica. No es posible hacer sin tener instrumentos adecuados para hacer, cuando la lógica sistémica ha llevado a la construcción de instituciones débiles, ya sea en su construcción jurídica o en su ineficiencia social o económica los resultados han sido negativos. Algunas estrategias de debilitamiento o desmantelamiento institucional para afirmar variables autoritarias, como ser el caso venezolano, ha generado contextos de crisis social y económica permanente sin tener capacidad de respuesta al respecto. Otro caso extremo es el haitiano en el que las instituciones son prácticamente inexistentes y no son instrumentos sobre los cuales se puedan elaborar y ejecutar soluciones.

Obviamente, tenemos casos extremos como lo son las dictaduras. En el caso cubano las instituciones aparentan fortaleza porque tienen enorme capacidad y potencial represivo aun cuando sean instituciones con fines específicos económicos, sociales, financieros o culturales pero que condicionan de tal manera el accionar en esas áreas, con una lógica tan desconectada de las necesidades del país y del potencial de las personas que las mismas terminan siendo absolutamente ineficientes al respecto. Aun cuando sean eficientes en las dinámicas de control represivo instalado. Es obvio tambien que una dictadura con miles de presos políticos no tiene la posibilidad de implementar variables institucionales basadas en el Estado de Derecho, sino que, por el contrario, esas mismas instituciones están a cargo de eliminar las propias certezas jurídicas que necesitan los actores sociales, económicos y políticos. Es decir, reducen la acción económica y social prácticamente a 0. Por eso la famosa frase “Cuba es el único país donde se puede vivir honestamente sin trabajar”, porque el trabajo ha sido desactivado por los mecanismos institucionales. Por otra parte, las instituciones no pueden significar una carga para el pueblo, para la gente, por su tamaño y su desempeño, especialmente el represivo, las instituciones en Cuba son una carga imposible para los sistemas económico, social y político. Es claro también que las instituciones cubanas no están basadas en principios, especialmente principios que hagan a los derechos de las personas; es en esencia un Estado lumpenizado, carente de principios y valores que definen positivamente a una sociedad, como ser libertad y justicia.

Uno de los problemas que sobresale en este tipo de construcción sistémica es la atrofia de la inteligencia colectiva en manos del control absoluto. La sociedad tiene que disponer todo el tiempo de condiciones que le permitan desarrollarse sobre la base de libertad, justicia, Estado de Derecho. Estos conceptos son esenciales para que individuo entienda pertinente y conveniente integrarse a las dinámicas sociales. Para ello la sociedad tiene que ser exitosa como tal, pues nadie quiere verse arrastrado a un fracaso como en los sistemas anteriormente expuestos. La construcción de fortalezas institucionales y la eficiencia regulatoria deben de constituir la base programática para cualquier gestión de gobernanza y gobernabilidad. La solidez y eficiencia en el uso de recursos por parte de las instituciones, asi como la capacidad de ejecución para implementar soluciones, ajustes y cambios es el paradigma funcional para desarrollar.

***

Nuestras responsabilidades como sociedad en la propia sociedad de naciones no pueden ser soslayadas, pues parte de esos problemas surgen como resultado natural de las condiciones y características de las relaciones entre los Estados. La creatividad de las sociedades que integramos es el punto de partida para nuestro mejor funcionamiento en la sociedad internacional.

El contexto internacional tiende a concentrar riqueza, eficiencias y competitividades y no tiene mecanismos que vuelvan a reasignar los recursos de manera justa y eficiente, que faciliten un techo a cada desamparado, un plato de comida a cada hambriento o salud a los enfermos. Nuestras sociedades llevan su naturaleza a la interacción con las demás. Ello implica nuestras dinámicas psicológicas sociales y nuestra inteligencia colectiva puestas en interacción con los demás actores.

La sociedad de países no es al presente una sociedad con inteligencia colectiva, de alguna manera vemos esto no solamente en el funcionamiento de los sistemas multilaterales sino también respecto a las relaciones más básicas entre Estados. El sistema internacional se basa en la lucha de los intereses nacionales para posicionarse mejor en función del poder que lo instrumente. Tampoco es una sociedad justa. Ello hace que la concentración de poder sea cada vez mayor en la medida que los desafíos planteados por otros miembros de la comunidad internacional no sean acertados ni en las dimensiones política, ni social, ni económica.

La globalización implica justamente eso: la posibilidad de acceso inmediato a cualquier rincón del planeta para resolver o radicalizar una situación de conflicto o la explotación de un recurso, por ejemplo, lo cual trae la posibilidad cierta de control inmediato y, por lo tanto, variables de competencia notorias por alcanzar supremacías.

Hoy la tecnología permite la omnipresencia de pautas culturales, políticas y económicas. Las grandes ideas de desarrollo social han sido desplazadas por pequeñas ideas que representan grandes intereses. Es así como las sociedades se estructuran sobre irrelevantes dinámicas sociales que apelan a lo más superficial del consumo como sistema nervioso social. Es cuando el discurso de libertad es en realidad absolutamente anti-libertario porque muestra al individuo condicionado a esquemas de intereses superfluos.

Preocupados en defender o posicionar nuestros intereses en el marco de la economía global, a los sistemas en desarrollo nos ha faltado solidaridad orgánica, capacidades compartidas y visión política, social y económica para la creación de riqueza. Un gran déficit.

No sabemos ayudarnos, no aprendimos a hacerlo, a apoyarnos de forma tal que llevar adelante nuestro proyecto implique que nuestros pueblos sean cada vez más democráticos y más democratizados, en el sentido de igualitarios y en el sentido de des-necesitados; cada vez más justos con cada uno, con cada familia, con cada grupo humano, con cada sistema. Mas bien se ha hecho lo contrario, maltratando a la Democracia de la peor forma posible.

No podemos esperar que el sistema financiero internacional resuelva estos problemas; su estructura y su funcionamiento son formas de parálisis, no han tenido ideas y menos ejecución. Sus lógicas han sido de funcionar como consultoras gigantes. Han diseñado y siguen diseñando, en otras latitudes, políticas que han llevado a que cada vez transfiriéramos más recursos al que más tiene y más necesidades a los más necesitados.

El sistema comercial internacional no es parte de la solución sino del problema. Ha demostrado ir por los mismos caminos de fracaso, acentuando en su avance las dificultades que tienen los sistemas en desarrollo para acceder a los principales mercados y las dificultades de desarrollo tecnológico e industrial. El comercio internacional que es el principal instrumento de desarrollo no se encuentra disponible porque la implementación permanente de malas prácticas y de prácticas restrictivas ha llevado a condiciones de incertidumbres continuas.

En su mejor funcionamiento la obra civilizadora del comercio internacional constituye un motor al conocimiento, al desarrollo tecnológico y a las buenas prácticas de políticas transversales que extienden las dinámicas de derechos.

Para poder avanzar es necesario analizar y comprender lo que queremos transformar: queremos cambiar el sistema económico y social para alcanzar el desarrollo.

Necesitamos un nuevo enfoque para el Estado y para el funcionamiento de las instituciones. Tenemos que establecer en qué etapa de su desarrollo se encuentra el Estado y como puede alcanzar eficiencia siglo XXI.

Entenderlo sin prejuicios ni aproximaciones clásicas: qué aspiraciones propone, con qué pertenencias invita, qué ofrece a cambio de lo que sustrae. Para desafiarlo y cambiarlo, debemos comprenderlo.

La comprensión del andamio sobre el que se sostiene su hegemonía, el conocimiento de sus actuales contradicciones internas, la dialéctica de sus movimientos es lo que nos permitirá desarrollar una teoría y un proyecto de cambio coherente.

Ese enfoque ha sido esquivo en todos los procesos latinoamericanos, sean de derecha o de izquierda, simplemente se ha aprendido a administrar la macroeconomía hasta neutralizar sus efectos más nocivos en casi todos los sistemas. Sin embargo, ni esto siquiera ha sido para todos, ya que hay algunos que todavía no han aprendido a hacerlo.

Luis Almagro/Instituto CASLA

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