
Un informático ruso que vive en Zúrich, Suiza, decidió cambiar los vagones repletos del transporte público por los canales de la ciudad. Cada mañana, cuando el clima lo permite, Mischa Gurov nada 1,35 kilómetros por el Schanzengraben, el antiguo foso de fortificación, para llegar a su trabajo. Lo que comenzó como una curiosidad se convirtió en una rutina y, al mismo tiempo, en una cruzada personal contra la contaminación de las vías de agua urbanas.
Gurov llegó a Zúrich en 2019 y pronto descubrió que algunos suizos usaban los canales como ruta de traslado diario. Al principio le pareció algo “maravillosamente suizo y un poco loco”, según contó a Euronews. Pero no tardó en sumarse. Toma el transporte público hasta el centro, se pone el traje de baño, coloca sus pertenencias en una bolsa estanca y se lanza al agua. En lo que va del año, acumula más de 60 kilómetros nadados en esa misma ruta.
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El canal esconde un ecosistema urbano que pocos imaginan

La decisión de llevar una cámara submarina en uno de sus trayectos le cambió la perspectiva. Bajo la superficie del Schanzengraben, encontró peces, antiguos muros de piedra y un ecosistema urbano que los transeúntes, a pocos metros por encima, desconocen por completo. “Me di cuenta de que la naturaleza no tiene por qué estar necesariamente lejos, en un océano, una selva tropical o una montaña”, declaró al medio europeo.
Con ayuda de la entidad municipal Entsorgung + Recycling Zürich (ERZ), identificó en las imágenes una trucha común, especie que exige agua limpia, fresca y rica en oxígeno para sobrevivir. Su presencia, según los especialistas del organismo, es un indicador directo de la calidad del agua. Cisnes, peces que nadan junto al bañista durante varios metros y amaneceres sobre el lago componen el paisaje cotidiano de este trayecto poco convencional.
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Más de 500 colillas en 30 metros y 53 millones de francos en limpieza anual

La misma inmersión que le reveló la riqueza del canal también le mostró su fragilidad. A principios de este verano, realizó un ejercicio sencillo: durante 30 minutos, en un tramo de apenas 30 metros junto al Schanzengraben, recogió más de 500 colillas de cigarrillo. El dato no es un caso aislado.
En Suiza se tiran al medio ambiente más de seis mil millones de colillas por año, y su limpieza le cuesta al Estado alrededor de 53 millones de francos suizos (USD 65,78 millones), según el estudio oficial sobre los costos del littering (basura arrojada en espacios públicos). En el agua, las toxinas que liberan pueden ser letales para los peces.
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La preocupación por la basura no es nueva. En 2018, mientras vivía en Londres, impulsó una petición ciudadana para limpiar Richmond Park y el río Támesis. En Zúrich, retira del agua los desechos más grandes que puede alcanzar con seguridad y defiende que las multas por arrojar basura sean más elevadas.
Hoy, esa infracción en Suiza puede costar entre 80 y 250 francos suizos (unos USD 99,29 y 310,29) , un rango que considera insuficiente para disuadir conductas negligentes.
El lago abastece el 70% del agua potable de la ciudad y la sequía agravó la situación

Las vías de agua de Zúrich no son solo un escenario recreativo. El lago de Zúrich provee alrededor del 70% del agua potable de la ciudad. Cada verano, los residentes se refrescan en los 18 Sommerbäder —piscinas de verano— distribuidos entre el lago y el río Limmat, y cerca de 4.500 personas participan en la Limmatschwimmen, una travesía anual de dos kilómetros.
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Sin embargo, el verano más caluroso y seco registrado en el país generó una proliferación de algas en los canales. Cuando Gurov consultó al Ayuntamiento sobre la limpieza del Schanzengraben, la respuesta fue que muy pocas personas nadan en ese tramo como para justificar el costo. La sequía también bajó los niveles del agua y le dio una visión más detallada del fondo del canal durante sus recorridos.
Para el 19 de septiembre de 2026, cuando el Grupo de Interés por un Medio Ambiente Limpio (IGSU) organiza el Día Nacional de Limpieza, Gurov planea nadar todo el Schanzengraben con un casco decorado con mil colillas usadas y una campana suiza. Su objetivo es, en sus palabras, hacer sonar simbólicamente la alarma medioambiental. “Mantener limpia Suiza es una responsabilidad compartida”, concluyó.
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