
La reciente intensificación de la presión hostil diplomática de China sobre Japón ha generado un efecto inesperado en Europa, que, lejos de alinearse con la narrativa del régimen de Beijing, avanza de forma discreta hacia una mayor distancia estratégica respecto al gigante asiático. Este distanciamiento se produce en un contexto en el que la imagen de China como un Estado autoritario que recurre a la coerción económica se consolida en el continente, mientras la estabilidad en las relaciones entre Japón y Corea del Sur adquiere una importancia central para los europeos.
En los últimos meses, Beijing ha multiplicado los encuentros con líderes europeos, recibiendo en noviembre al vicecanciller y ministro de Finanzas alemán Lars Klingbeil, y posteriormente al presidente francés Emmanuel Macron y al ministro de Asuntos Exteriores alemán Johann Wadephul. Se prevé que el primer ministro británico Keir Starmer visite China a comienzos del próximo año, y que el canciller alemán Friedrich Merz lo haga antes de la primavera. Estas visitas, según el medio Nikkei, se planificaron en su mayoría antes de la llegada al poder de la primera ministra japonesa Sanae Takaichi, cuyas recientes declaraciones sobre una posible emergencia en Taiwán provocaron una airada reacción de la autocracia de conducida por Xi Jinping.
Durante estos encuentros, el ministro de Asuntos Exteriores chino Wang Yi ha aprovechado para exponer la postura de su país sobre el conflicto con Japón. Según la cancillería china, Wang Yi transmitió a Wadephul que, a diferencia de Alemania, Japón no ha reflexionado a fondo sobre su pasado de agresión, incluso ochenta años después de la Segunda Guerra Mundial.
En su reunión con el ministro francés Jean-Noel Barrot, Wang expresó su confianza en que Francia comprenderá y apoyará la posición legítima de China. Las autoridades europeas han evitado pronunciarse directamente sobre estas afirmaciones, lo que puede interpretarse como una aprobación tácita, aunque en la práctica Europa mantiene una postura de equilibrio y distancia.
La estrategia europea en Asia se caracteriza por un delicado balance: Japón es considerado un socio con el que se comparten valores democráticos y el respeto al Estado de derecho, mientras que con China se prioriza el diálogo, aunque este no siempre produzca resultados tangibles.
Según Nikkei, los responsables de política exterior de las principales economías europeas intercambian información y coordinan sus enfoques hacia China, aunque existen matices entre los distintos países. Se están elaborando planes a largo plazo para reducir la dependencia económica de China, endurecer la regulación sobre las empresas chinas en el mercado europeo y controlar la entrada de productos chinos.
El endurecimiento de la imagen de China en Europa se ha visto reforzado por episodios como la recomendación del gobierno chino a sus ciudadanos de no viajar a Japón y el uso de restricciones a la exportación de tierras raras para presionar a empresas europeas. Estos hechos, sumados a la percepción de que China utiliza la coerción económica como arma, han generado una creciente desconfianza incluso entre sectores tradicionalmente más cercanos a Beijing, como el socialdemócrata Klingbeil, quien, según Nikkei, procuró mantener una distancia prudente durante su visita a China.
A pesar de la presión china, Europa se muestra reacia a involucrarse abiertamente en la disputa entre Beijing y Tokio. Uno de los motivos principales es el temor a verse arrastrada a un conflicto diplomático que podría perjudicar sus intereses económicos. Un ejemplo de esta cautela se produjo en octubre, cuando Wadephul criticó las ambiciones hegemónicas de China durante un evento de Nikkei, lo que llevó a Beijing a exigir una retractación y a posponer la visita prevista del ministro alemán. Finalmente, Wadephul viajó a China tras una desescalada de tensiones, pero Berlín no puede permitirse provocar a Beijing, dado que China comprará este año bienes alemanes por un valor estimado de USD 95.000 millones.
La prioridad para Europa sigue siendo la negociación de un alto el fuego en Ucrania. En medio de la pugna de poder entre Estados Unidos y Rusia, el continente busca evitar fricciones con China que puedan fortalecer la alianza entre el régimen y Moscú. Además, la proximidad de elecciones en varios países europeos y la fuerte dependencia de sectores como el automotriz, químico y financiero respecto al mercado chino refuerzan la tendencia a minimizar los roces diplomáticos con China, ya que cualquier impacto negativo en la economía podría traducirse en pérdida de votos para los partidos gobernantes.
En este contexto, la falta de una explicación detallada por parte de Japón sobre los motivos de su enfrentamiento con China dificulta que Europa adopte una posición más activa. Según Nikkei, Japón debe demostrar de forma clara que es un país basado en el Estado de derecho, una sociedad abierta y un defensor de la democracia liberal y la economía de mercado. Si la primera ministra Takaichi utiliza foros como el Grupo de los Siete para exponer estos argumentos, Europa estará dispuesta a escuchar.
Mientras tanto, la narrativa china que acusa a Japón de regresar a posturas militaristas no convence a los responsables europeos, quienes consideran que las ambiciones hegemónicas de la autocracia comunista incrementan el riesgo de un conflicto en Taiwán y obligan a Japón a prepararse. La decisión de Corea del Sur de no sumarse a las advertencias chinas sobre el militarismo japonés deja a China como la única voz crítica entre los países que sufrieron el imperialismo nipón durante la Segunda Guerra Mundial.
Europa avanza hacia una autonomía estratégica, buscando distanciarse tanto de Washington como de Beijing y reducir riesgos en su relación con ambas potencias. Este proceso se desarrolla de manera silenciosa, pero sostenida, como parte de una estrategia a largo plazo para fortalecer su posición como bloque económico.
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