
La última publicación en redes sociales de Judith Weinstein Haggai fue un haiku. Una imagen mínima, destilada en palabras, colgada en su perfil de Facebook en la madrugada del 7 de octubre de 2023. No sabía que ese sería el día de su muerte. No sabía que su cuerpo, junto al de su esposo, Gadi Haggai, desaparecería en Gaza durante más de un año. Ni que sus hijos y nietos —cuatro y siete, respectivamente— tendrían que aprender a enterrar sin cuerpo. A esperar noticias como si la vida entera dependiera de un parte militar.
Judith tenía 70 años y había nacido en Nueva York. Cuando llegó a Nir Oz, un kibutz al sur de Israel, lo hizo como voluntaria. Se enamoró allí, no del paisaje, sino del sonido de una flauta. Dicen que fue escuchando a Gadi tocar —juguetón, desafinado quizás, pero intenso como un niño que improvisa— cuando decidió quedarse.
“Se complementaban —dijeron desde el kibutz—: él era el payaso feliz, siempre bailando, riendo; ella, la profesora que cuidaba niños, enseñaba inglés y compartía mindfulness.”

En su casa no había carne ni azúcar. Gadi, que había sido músico desde los tres años, también cocinaba. Era chef. Era vegano. Tenía una relación casi espiritual con la comida, según su hija. En las reuniones familiares se encargaba de preparar todo. Tocaba instrumentos de viento y cuando no tocaba, escuchaba jazz. Siempre jazz.
Judith trabajaba con niños con necesidades especiales. Había convertido el trauma cotidiano de vivir a pocos kilómetros de Gaza en un compromiso profesional: enseñaba a respirar, a meditar, a sostenerse con técnicas de atención plena. Algunos de sus alumnos, aún hoy, la recuerdan cerrando los ojos y hablando de cómo el cuerpo puede ser un refugio.
Cada mañana escribía un haiku. Esa forma poética japonesa que no necesita rima ni extensión, sino precisión. Y lo publicaba. En los años, publicó varios libros. Pero aquel 7 de octubre no hubo libro. Solo ese último poema, colgado como una bandera blanca en la red social. Un suspiro antes del desastre.

Amanecía cuando la pareja salió a caminar. Gadi llevaba su flauta. Judith, el celular. Iban juntos. Eran las primeras horas del sábado, un sábado que la historia llamaría luego “Black Sabbath”. Los terroristas de Hamas cruzaron la frontera y entraron a Nir Oz. En las grabaciones se escucha a Judith llamar a emergencias: dice que están heridos, que se esconden. Luego llama a su hija. Después, silencio.
“Escuché su voz, su miedo”, recordó Iris Haggai. “Después no supe más.”
Los cuerpos fueron llevados a Khan Younis, en el sur de la Franja de Gaza. Durante meses, Israel los buscó. En diciembre, Nir Oz los dio por muertos. Pero no fue hasta este jueves, más de 240 días después del ataque, que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) anunciaron la repatriación de sus restos. Una operación conjunta con el Shin Bet, que devolvió a la familia no la esperanza, sino al menos el derecho a enterrar.
“Celebramos el cierre que se nos ha concedido”, dijeron en un comunicado. “Pero nuestros corazones no estarán completos hasta que regresen los 12 rehenes de Nir Oz y los 56 que aún están en Gaza.”

Gadi Haggai tenía 73 años. También era ciudadano estadounidense. También era padre de cuatro hijos. Era, según su kibutz, un “hombre de intelecto agudo”, “un chef talentoso”, “un músico sensible”. Un hombre cuya risa lo precedía. Y cuya muerte —absurda, brutal, innecesaria— dejó una sinfonía inconclusa en su familia.
El primer ministro Benjamin Netanyahu expresó sus condolencias: “Nuestros corazones sufren por esta pérdida terrible. Que su memoria sea bendita.”
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