
El reciente anuncio de Taiwán de una compra a EEUU de un sistema de misiles Nasams 2 para reforzar su defensa ante las amenazas aéreas de China puso en relieve la cuestión del apoyo militar de Washington en medio de la invasión rusa a Ucrania. Semanas atrás, a fines de junio, había vendido un paquete de municiones y de repuestos militares por un valor de 440 millones de dólares. Sin embargo, Kiev y Taipéi no están compitiendo a grandes rasgos por la asistencia del Pentágono, ya que sus desafíos son mayormente distintos.
El sistema Nasams 2, de corto y medio alcance, sirve para la defensa terrestre contra diferentes amenazas aéreas como drones, misiles, helicópteros y aviones en un radio de 40 a 50 kilómetros. Ya mostraron su efectividad en la guerra en Ucrania, donde según responsables del Departamento estadounidense de Defensa, se ha logrado una efectividad del 100% a la hora de interceptar misiles rusos.
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Pero la mayoría de la asistencia estadounidense ha estado basada en la evidente diferencia geográfica entre la invasión rusa (con dos países de frontera terrestre, en una guerra de trincheras) y los desafíos que enfrenta la isla de Taiwán frente al régimen de Xi Jinping.
“Ucrania y Taiwán no necesitan lo mismo. Hay una gran categoría de capacidades estadounidenses que son críticas en el Pacífico y que no se han proporcionado a Ucrania. Taiwán es una isla. Para luchar contra una invasión china necesita desarrollar sus propias plataformas submarinas y disponer de minas marinas y naves de ataque rápido”, resumen Michael Allen y Connor Pfeiffer en una columna en el Wall Street Journal.
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Según explican los autores, las necesidades más criticas de Taiwán pasan por bombarderos, submarinos de ataque, misiles hipersónicos y, especialmente, misiles antibuque de largo alcance, mientras que Ucrania ha recibido un arsenal que sería poco útil en un eventual conflicto en Asia: vehículos blindados, radares contraartillería, cohetes aire-tierra y armas ligeras.
“La ayuda a Taiwán y Ucrania no es de suma cero”, enfatizan los autores. Allen fue asistente especial del George W. Bush para asuntos de seguridad nacional, mientras que Pfeiffer es director ejecutivo del Forum for American Leadership.
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Ello no implica que no haya casos de solapamiento. Por ejemplo, Ucrania ha recibido misiles antitanque TOW, los tanques M1 Abrams y los misiles antirradiación de alta velocidad, todos dispositivos que hubiesen sido muy bienvenidos en Taiwán.

Son esos escenarios en los que Washington requiere establecer prioridades en cuanto a las urgencias. Y allí es Kiev, pese a las constantes y amenazantes demostraciones de fuerza del régimen chino, quien necesita las armas lo antes posible en medio de la contraofensiva.
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En tanto, para Taiwán, según ha explicado el Departamento de Estado, las ventas ayudan a “mantener una capacidad defensiva creíble”, sin llegar a modificar “el equilibrio militar de base en la región”, en un escenario de asimetrías gigantescas.

Los autores indican que, para seguir adelanto con el apoyo simultáneo, EEUU cuenta con opciones, como la reducción de las reservas estadounidenses, el aumento de la producción y la priorización de las ventas militares al exterior a Taiwán.
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En ese marco, Estados Unidos ya está aumentando la producción de los sistemas portátiles Javelin y del Sistema de Cohetes de Artillería de Alta Movilidad (o Himars) que han sido un éxito en Ucrania, así como el sistema de defensa antiaérea Patriot.
“El doble imperativo de respaldar a Ucrania y reforzar la disuasión en Asia es factible por ahora. Pero Ucrania necesita urgentemente más armas, y Estados Unidos debe actuar con rapidez para reforzar la disuasión en Asia”, remarcaron los autores en la columna del WSJ. “Aunque Estados Unidos dejara de prestar ayuda a Ucrania hoy mismo, seguirían existiendo los obstáculos más evidentes para la disuasión en el Pacífico, desde buques de superficie y submarinos hasta municiones guiadas de precisión”, añadieron.
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