De Estados Unidos a Bolivia: cuatro grandes impactos políticos del coronavirus en el mundo

En unas pocas semanas, la pandemia trastrocó la política global como ningún otro evento en la historia reciente. Desde elecciones y plebiscitos postergados hasta negociaciones frustradas, estas son algunas de las consecuencias más importantes

dmizrahi@infobae.com
Un votante deposita su boleta en las elecciones primarias celebradas en Ottawa, Illinois, el 17 de marzo de 2020. El centro de votación fue trasladado de un hogar de ancianos cercano a un antiguo supermercado debido a la preocupación por el brote de coronavirus. Luego se suspendieron las primarias en todos los estados (REUTERS/Daniel Acker)
Un votante deposita su boleta en las elecciones primarias celebradas en Ottawa, Illinois, el 17 de marzo de 2020. El centro de votación fue trasladado de un hogar de ancianos cercano a un antiguo supermercado debido a la preocupación por el brote de coronavirus. Luego se suspendieron las primarias en todos los estados (REUTERS/Daniel Acker)

Con cerca de 30.000 muertes, más de 600.000 personas infectadas y casi la mitad de la población mundial en cuarentena total o parcial, la pandemia de coronavirus se convirtió en uno de los sucesos más disruptivos de la humanidad en un siglo. Con efectos sanitarios que aún no se pueden dimensionar y dramáticas consecuencias sociales y económicas, es inevitable que tenga un altísimo impacto político en todo el planeta.

Aún no se cumplieron tres semanas de la decisión del primer ministro Giuseppe Conte de imponer el confinamiento en Italia, que sirvió para constatar que el problema ya no era chino, sino que pasaba a ser global. Así que es muy temprano para saber cuáles pueden ser los alcances de esta crisis.

Sin embargo, hay cuatro eventos políticos que van a marcar a este 2020 y que ya se vieron profundamente afectados por la pandemia. Dos son decisivos para el futuro de la escena mundial, y los otros dos son de enorme importancia para América Latina.

Donald Trump durante una sesión informativa sobre la respuesta de la administración al brote de COVID-19 en la Casa Blanca, el 21 de marzo de 2020 (REUTERS/Joshua Roberts)
Donald Trump durante una sesión informativa sobre la respuesta de la administración al brote de COVID-19 en la Casa Blanca, el 21 de marzo de 2020 (REUTERS/Joshua Roberts)

Donald Trump y una reelección en peligro

En política no hay fórmulas maestras, pero la de Trump suele dar buenos resultados para presidentes que buscan la reelección: mantener la fidelidad de la base electoral y aprovechar el buen humor social que emana de una economía en crecimiento y con pleno empleo.

Hasta comienzos de febrero, todo estaba bien encaminado. El PIB creció 2,4% en 2019 y las proyecciones del Fondo Monetario Internacional auguraban una expansión de 2,1% en 2020. La desocupación bajó el mes pasado a 3,5% y se mantenía en mínimos históricos.

Trump es un presidente atípico, porque nunca gozó de una “luna de miel”. Es una figura tan polarizante que siempre tuvo más detractores que simpatizantes. Sin embargo, a diferencia de otros mandatarios, que experimentaron muchos vaivenes en términos de popularidades, él siempre mantuvo un nivel de apoyo estable, de alrededor del 40% de los estadounidenses.

Personal médico lleva a una paciente enferma de COVID-19 en la ciudad de Nueva York, el 28 de marzo de 2020 (REUTERS/Stefan Jeremiah)
Personal médico lleva a una paciente enferma de COVID-19 en la ciudad de Nueva York, el 28 de marzo de 2020 (REUTERS/Stefan Jeremiah)

En febrero osciló entre 44% y 45%, por encima de la media de estos tres años y tres meses que lleva al mando. Una base sólida que coincide con el núcleo duro de los votantes republicanos, que se sienten muy identificados con él. Un dato crucial, porque es un electorado que tiene una tasa de participación electoral mayor a la del típicamente demócrata, y que está distribuido en estados chicos, decisivos para imponerse en el Colegio Electoral.

Pero la pandemia cambió radicalmente este escenario. En pocas semanas, Estados Unidos se convirtió en el país con mayor número de infectados en el mundo, superando los 100.000 casos confirmados, y en el sexto en cantidad de muertes, con más de 1.700. La propagación del coronavirus forzó a muchos estados a imponer severas medidas de aislamiento.

Creo que hay muchas maneras en las cuales la pandemia puede afectar las posibilidades de Trump de ser reelecto. Uno podría empezar por considerar el efecto en la economía, que entrará rápidamente, o ya ha entrado, en recesión, y podría evolucionar en algo peor. En tiempos de malas condiciones materiales, los votantes suelen reaccionar negativamente contra los gobernantes. Aunque el momento que vivimos no tiene precedentes, mi sensación es que la noción de que las crisis económicas benefician a los opositores es el escenario más probable”, dijo a Infobae Jane Junn, profesora de ciencia política de la Universidad del Sur de California.

Personal del Ejército de los Estados Unidos se sienta en el Centro de Convenciones Jacob K. Javits, que se convertirá parcialmente en un hospital para pacientes afectados por la enfermedad en Manhattan, el 27 de marzo de 2020. (REUTERS/Jeenah Moon)
Personal del Ejército de los Estados Unidos se sienta en el Centro de Convenciones Jacob K. Javits, que se convertirá parcialmente en un hospital para pacientes afectados por la enfermedad en Manhattan, el 27 de marzo de 2020. (REUTERS/Jeenah Moon)

Wall Street sufrió su peor derrumbe desde la crisis de 2008. Entre el 20 de febrero y el 27 de marzo el índice Dow Jones cayó un 25 por ciento. Las proyecciones varían según la fuente, pero todos los bancos, consultoras y economistas coinciden en que una fuerte recesión es ahora inevitable. JP Morgan, uno de los más optimistas, estima una contracción de 3% del PIB en el segundo trimestre del año. Goldman Sachs, el más pesimista, anticipa un colapso de 24 por ciento.

Las consecuencias sobre el mercado laboral empezaron a sentirse de inmediato. El Departamento de Trabajo informó el jueves que 3,3 millones de personas solicitaron subsidios por desempleo la semana pasada. Un mes antes, apenas había más de 200.000 solicitudes.

Si la recuperación tarda más de lo previsto, y si hay un nuevo brote en los próximos meses, como temen algunos epidemiólogos, Estados Unidos llegaría a las elecciones del 3 de noviembre en una situación crítica. Consciente del riesgo que corre, Trump empezó a promover la idea de que “el remedio no puede ser peor que la enfermedad”, argumentando que es necesario restablecer cuanto antes el funcionamiento normal de la sociedad para reactivar la economía.

Trabajadores de la salud miran a las personas que hacen cola para entrar en una tienda de campaña que se construyó para hacer pruebas de coronavirus en las afueras del Centro Hospitalario de Brooklyn en la ciudad de Nueva York el 27 de marzo de 2020. (REUTERS/Andrew Kelly)
Trabajadores de la salud miran a las personas que hacen cola para entrar en una tienda de campaña que se construyó para hacer pruebas de coronavirus en las afueras del Centro Hospitalario de Brooklyn en la ciudad de Nueva York el 27 de marzo de 2020. (REUTERS/Andrew Kelly)

El Congreso acaba de aprobar un plan de estímulo de 2,2 billones de dólares, el más grande de la historia. Con semejante inyección de dinero, que irá tanto a los trabajadores, para que puedan seguir consumiendo, como a las empresas, para que no cierren ni despidan personal, el Gobierno espera contrarrestar los efectos económicos del coronavirus. Nadie sabe si será suficiente.

“Otra observación posible es cómo los votantes evalúan la respuesta de Trump ante la pandemia y sus consecuencias —continuó Junn—. Cuando los presidentes son juzgados por su desempeño más allá de la economía, el manejo exitoso de los desastres es algo que puede ayudarlos, si son percibidos como líderes fuertes por los ciudadanos. Si Trump maneja bien la pandemia, podría salir fortalecido, de manera muy similar a como la popularidad de George W. Bush aumentó después de los ataques del 11 de septiembre. Pero, si se considera que ha manejado mal la crisis, será castigado por los electores”.

La autopista M6 se ve vacía, mientras continúa la propagación de coronavirus, cerca de Knutsford, Gran Bretaña, el 28 de marzo de 2020 (REUTERS/Phil Noble)
La autopista M6 se ve vacía, mientras continúa la propagación de coronavirus, cerca de Knutsford, Gran Bretaña, el 28 de marzo de 2020 (REUTERS/Phil Noble)

La reacción de Trump frente a la pandemia fue errática. Al comienzo negó sus riesgos, luego empezó a reconocer su gravedad y aceptó que había que tomar medidas, y finalmente volvió a relativizar sus peligros y las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Ahora culpa a China —habla del “virus chino”— y dice que más gente muere en accidentes de tránsito, aunque no por eso se cierran las fábricas de autos.

Lo cierto es que su discurso está siendo bien recibido por el público conservador y también por parte de los independientes. El promedio de encuestas de RealClearPolitics muestra que tiene el apoyo del 47% de los estadounidenses, récord absoluto desde su asunción. Por primera vez desde marzo de 2017, la desaprobación cayó por debajo del 50 por ciento.

“La pandemia podría asegurar su derrota porque es incapaz de cuidar de los demás. Sin embargo, su popularidad es mayor de lo que ha sido durante mucho tiempo. Si el virus se calma y la economía mejora en agosto, se asegurará de atribuirse el mérito, lo que podría conducir a su reelección”, sostuvo Jeff Burnam, profesor de ciencia política de la American University, en diálogo con Infobae.

Personal médico en un centro de pruebas de coronavirus en un aparcamiento en Chessington, Gran Bretaña, 28 de marzo de 2020 (REUTERS/Peter Nicholls)
Personal médico en un centro de pruebas de coronavirus en un aparcamiento en Chessington, Gran Bretaña, 28 de marzo de 2020 (REUTERS/Peter Nicholls)

Brexit, una negociación en cuarentena

Si bien el Reino Unido dejó de formar parte de la Unión Europea (UE) el 31 de enero, fue apenas una ruptura formal. Aunque ya no tenga representantes ni injerencia en sus organismos, sigue atado a las mismas reglas. Tanto para los ciudadanos en su vida cotidiana, como para las empresas en sus vínculos comerciales, es como si el país siguiera perteneciendo al bloque.

La verdadera salida está programada para el 31 de diciembre, cuando culmina el período de transición que pactaron Londres y Bruselas el año pasado. El plan original era que las partes destinaran los próximos meses para acordar cómo van a ser las relaciones económicas a partir de 2021.

La Comisión Europea, presidida por Ursula von der Leyen, sostenía que las conversaciones son demasiado complejas como para llegar a un pacto definitivo en diciembre. Pero el primer ministro Boris Johnson se mostraba inflexible, argumentando que su compromiso era concretar la “independencia” británica este año. Puede que el coronavirus haya frustrado sus planes.

Boris Johnson confirmó que tiene coronavirus

Es muy probable que las negociaciones, que requieren muchos intercambios cara a cara de diversos tipos, se suspendan o se pospongan. Ambos equipos de negociadores han sido afectados por el virus y nada, por el momento, está sucediendo. Las encuestas, realizadas antes de la cuarentena, mostraban una división de 53% a 47% a favor de una suspensión de las negociaciones. Sin embargo, se informa que Johnson ha estado más interesado en el Brexit que en la pandemia. Esta es una crisis que el gobierno puede argumentar que viene de afuera y no del Reino Unido. El virus da una buena cobertura para dejar las negociaciones que, en cualquier caso, siempre parecieron demasiado apresuradas y con un calendario muy poco realista”, explicó David S. Bell, profesor emérito de la Escuela de Política y Estudios Internacionales de la Universidad de Leeds, consultado por Infobae.

Johnson minimizó el impacto del coronavirus en un primer momento e intentó que la vida de los británicos continúe con normalidad, para no afectar la actividad económica. Pero el virus se propagó a gran velocidad en el país, que suma 17.000 infectados y más de 1.000 muertos, y ya es el octavo con más casos en el mundo.

La parálisis en la que se encuentra Europa, que probablemente se extenderá por un tiempo, hace inviable mantener un diálogo bilateral de la complejidad que supone el Brexit. Más aún, luego de que el propio Johnson se contagiara el virus. Antes se habían infectado los dos negociadores: Michel Barnier, el responsable de la UE, y David Frost, su contraparte del lado británico.

El jefe negociador de la Unión Europea, Michel Barnier, y el asesor del Primer Ministro británico para Europa, David Frost, al comienzo de la primera ronda de conversaciones del acuerdo comercial post -Brexit entre la UE y el Reino Unido, en Bruselas, Bélgica, el 2 de marzo de 2020. (Oliver Hoslet/Pool vía REUTERS/Archivo Foto)
El jefe negociador de la Unión Europea, Michel Barnier, y el asesor del Primer Ministro británico para Europa, David Frost, al comienzo de la primera ronda de conversaciones del acuerdo comercial post -Brexit entre la UE y el Reino Unido, en Bruselas, Bélgica, el 2 de marzo de 2020. (Oliver Hoslet/Pool vía REUTERS/Archivo Foto)

El Brexit quedó ahora en un segundo plano. El Primer Ministro debió dar marcha atrás ante las críticas a su estrategia inicial y siguió a sus vecinos europeos dictando medidas de aislamiento. Si ya era difícil antes llegar a un acuerdo en diciembre, ahora parece casi imposible. Y la necesidad de destinar recursos fiscales a estimular la economía para que la recesión no sea tan larga torna aún más inviable la posibilidad de que el Reino Unido se anime a romper con Europa sin un acuerdo, como amenazaba meses atrás.

“Es posible que la pandemia le sirva de excusa al gobierno para ceder en una serie de cuestiones que de otro modo causarían alboroto y divisiones —dijo Bell—. Para decirlo crudamente, Downing Street podría arrojar bajo el autobús a diversos grupos, como los productores agrícolas. La agricultura es una actividad que podría proporcionar una victoria fácil para el proceso, en forma de alimentos mucho más baratos. También podría haber concesiones sobre derechos de pesca, que tienen una alta prioridad en el debate del Brexit, pero poca importancia económica. Es evidente que la marginación de estos sectores agitará los alineamientos políticos en el Reino Unido”.

La presidenta interina de Bolivia, Jeanine Áñez, asiste a una ceremonia en el palacio presidencial de La Paz, Bolivia, el 13 de marzo de 2020. (REUTERS/David Mercado)
La presidenta interina de Bolivia, Jeanine Áñez, asiste a una ceremonia en el palacio presidencial de La Paz, Bolivia, el 13 de marzo de 2020. (REUTERS/David Mercado)

Bolivia, sin elección y sin salida

Tras casi 14 años en los que la política giró en torno a la figura de Evo Morales, el país entró el pasado 20 de octubre en un traumático paréntesis. Las elecciones presidenciales, cuya legitimidad estaba viciada porque la candidatura del entonces presidente desafiaba a la Constitución y al resultado de una consulta popular, desataron una crisis que continúa abierta.

El triunfo de Morales en medio de irregularidades muy notorias, que fueron luego confirmadas por la OEA, derivó en multitudinarias protestas, una sublevación policial y “sugerencias” militares que forzaron su renuncia el 10 de noviembre, y su posterior salida del país. Desde ese momento, Bolivia quedó en un limbo en el que ya no está claro qué es legítimo y qué no.

La controversial asunción de Jeanine Áñez, rechazada por los partidarios de Morales, pero aceptada por sus detractores y por el mismo Tribunal Supremo de Justicia que antes había avalado la postulación de su antecesor, tampoco ayudó a contener la crisis. Solo la realización de nuevas elecciones, que sean transparentes y cuyos resultados sean convalidados por todos, puede restablecer plenamente el marco institucional.

Trabajadores locales limpian las calles como medida preventiva debido al brote de la enfermedad en Santa Cruz, Bolivia, el 26 de marzo de 2020 (REUTERS/Rodrigo Urzagasti)
Trabajadores locales limpian las calles como medida preventiva debido al brote de la enfermedad en Santa Cruz, Bolivia, el 26 de marzo de 2020 (REUTERS/Rodrigo Urzagasti)

El proceso venía con altibajos. La conformación de un nuevo Tribunal Electoral (TSE) y el anuncio de que los comicios serían el 3 de mayo fue un buen primer paso. Pero la decisión de Áñez de ser candidata lo hizo trastabillar, porque contraviene uno de los principios básicos de las transiciones: que quien la lidera se abstenga de participar en la nueva etapa. Tampoco ayudó la intención del ex presidente de ser candidato a senador, que fue luego truncada por el órgano electoral.

A pesar de los contratiempos, el país se preparaba para entrar el mes que viene en la fase decisiva de la campaña electoral. El favorito era Luis Arce, el postulante del MAS, de Morales, que suma 33,3% de intención de voto, según una encuesta de la consultora Ciesmori. Peleando por el segundo lugar, que puede implicar el acceso a una eventual segunda vuelta, están el ex presidente Carlos Mesa, con 18,3%, y Áñez, con 16,9 por ciento.

Pero entonces llegó el coronavirus. Bolivia tiene 74 casos confirmados y, por el momento, ninguna muerte. Pero el Gobierno decidió tomar medidas radicales. El domingo decretó una cuarentena total de 14 días, que fue luego extendida hasta el 15 de abril. Horas antes, el TSE anunció la postergación de los comicios sin definir un nuevo día, para lo cual tiene que intervenir el Congreso, donde el MAS tiene mayoría.

Soldados bolivianos hacen guardia en el palacio presidencial de La Paz, después de que el gobierno pidiera a los residentes que se quedaran en casa para prevenir la propagación de coronavirus , el 19 de marzo de 2020 (REUTERS/David Mercado)
Soldados bolivianos hacen guardia en el palacio presidencial de La Paz, después de que el gobierno pidiera a los residentes que se quedaran en casa para prevenir la propagación de coronavirus , el 19 de marzo de 2020 (REUTERS/David Mercado)

“Bolivia regresa a una incertidumbre sobre la legitimidad del gobierno de transición, que debería quedarse en el poder hasta julio de 2020, y respecto de los mecanismos institucionales para instalar un nuevo gobierno democrático, que retome la estabilidad política. Todo este panorama ahora se desvanece. Mucho más con una presidenta transitoria que, al mismo tiempo, está cumpliendo tres funciones contradictorias: candidata, garante del proceso electoral y líder circunstancial de las políticas de salud para enfrentar la pandemia, que requieren de una administración estable, con ministerios e instituciones que no sean de paso”, dijo a Infobae el sociólogo político boliviano Franco Gamboa Rocabado.

Salvador Romero, presidente del TSE, informó que todos los partidos aceptaron la suspensión de las elecciones y dijo que presentará al Parlamento distintas fechas alternativas entre el 7 de junio y el 6 de septiembre. Pero esto aporta aún más dudas e incertidumbre a una historia muy compleja, con el agravante de que extiende el mandato de Áñez.

El ex presidente boliviano Evo Morales le habla al candidato presidencial por el Movimiento Al Socialismo (MAS), Luis Arce Catacora, durante un encuentro partidario en Buenos Aires, Argentina, en febrero (REUTERS/Agustín Marcarian)
El ex presidente boliviano Evo Morales le habla al candidato presidencial por el Movimiento Al Socialismo (MAS), Luis Arce Catacora, durante un encuentro partidario en Buenos Aires, Argentina, en febrero (REUTERS/Agustín Marcarian)

No serán fáciles los próximos meses en Bolivia, que deberá hacer frente a una potencial emergencia sanitaria con recursos muy escasos, y que desde el lunes asiste al regreso de los militares a las calles para controlar que nadie vulnere el confinamiento sin justificación.

“La postergación de las elecciones tendrá dos efectos profundamente negativos —dijo Gamboa Rocabado—. Primero, la discusión sobre cuánto tiempo más podrá extenderse el gobierno transitorio. Segundo, el clima económico está haciendo peligrar la poca confianza que tiene la población en el sistema democrático, luego de sufrir enfrentamientos violentos y la terrible ingobernabilidad que desató la renuncia de Evo Morales, las elecciones fraudulentas que tiraron por la borda la estabilidad de todo el sistema y el llamamiento a una guerra civil que Morales impulsó”.

Imagen de archivo del presidente chileno Sebastián Piñera durante un discurso en Santiago, Chile, el 29 de enero de 2020. REUTERS/Edgard Garrido
Imagen de archivo del presidente chileno Sebastián Piñera durante un discurso en Santiago, Chile, el 29 de enero de 2020. REUTERS/Edgard Garrido

Chile y el plebiscito que tendrá que esperar

La pandemia es el segundo gran sacudón que padece la sociedad chilena en menos de seis meses. De un momento a otro, en octubre de 2019 pasó de ser el país más estable de la región —junto con Uruguay— a sumergirse en una fenomenal crisis social y política. Ahora, el brote de coronavirus sembró nuevos temores y aumentó la incertidumbre, que ya era demasiado grande.

Más allá de todos los avances experimentados por Chile en términos de crecimiento y reducción de la pobreza, gran parte de la sociedad no se siente representada por el orden político y económico vigente. El rechazo se expresó en una multitudinaria furia callejera que se prolongó por varias semanas.

A los cientos de miles de ciudadanos cansados de los privilegios de las elites, que demandaban pacíficamente un cambio, se sumaron miles de jóvenes desclasados, que apostaron con mucho éxito al caos y a la destrucción. La respuesta del Estado fue brutal en muchos casos, con más de 30 manifestantes muertos y denuncias de violaciones a los derechos humanos.

Un grupo de mujeres se enfrentan con Carabineros durante una protesta por el Día Internacional de la Mujer en Santiago de Chile el 8 de marzo de 2020 (REUTERS/Sebastián Silva)
Un grupo de mujeres se enfrentan con Carabineros durante una protesta por el Día Internacional de la Mujer en Santiago de Chile el 8 de marzo de 2020 (REUTERS/Sebastián Silva)

El sentimiento generalizado de que el sistema es injusto e ilegítimo se debe, en gran medida, a que sus pilares económicos y políticos fueron establecidos durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973—1990). De hecho, la constitución chilena actual fue sancionada por el régimen en 1980. Por eso, una de las principales demandas de quienes quieren un cambio en Chile es una nueva constitución.

El alcance inusitado de las protestas convenció al gobierno de Sebastián Piñera y a casi toda la oposición de que era imperioso avanzar con una reforma, en un intento de calmar a la ciudadanía. El primer paso se iba a dar el 26 de abril, con la realización de un plebiscito, para preguntar a los chilenos si quieren una nueva constitución y si prefieren que la redacte una convención constituyente tradicional o una mixta, que incluya a miembros del Parlamento. Pero la pandemia frustró el plan.

Chile acumula 1.610 casos confirmados y cinco muertos por coronavirus. Es el tercer país de América Latina en pacientes confirmados, detrás de Brasil y Ecuador. El Gobierno decretó el estado de catástrofe por 90 días, que le otorgó facultades excepcionales para desplegar a las Fuerzas Armadas, y el Congreso pospuso el plebiscito hasta el 25 de octubre.

Soldados hacen guardia afuera de un centro de salud local después de que el presidente chileno Sebastián Piñera ordenó el estado de catástrofe debido al brote de COVID-19, en Concepción, el 19 de marzo de 2020 (REUTERS/Jose Luis Saavedra)
Soldados hacen guardia afuera de un centro de salud local después de que el presidente chileno Sebastián Piñera ordenó el estado de catástrofe debido al brote de COVID-19, en Concepción, el 19 de marzo de 2020 (REUTERS/Jose Luis Saavedra)

Creo que mientras más tiempo pase, más tensión habrá después. Al momento, la evaluación del gobierno en materia de respuesta a la crisis sanitaria es muy mala. Sobre todo, en términos de igualdad: cobro de exámenes, arriendo de espacios privados para posibles enfermos, medidas de transporte público. Esto probablemente añadirá más energía a la protesta social”, dijo a Infobae Mireya Dávila, profesora del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile.

Era una incógnita si una nueva constitución iba a servir para aplacar el descontento. Pero la magnitud de las manifestaciones había disminuido y era una forma de canalizar institucionalmente la crisis. Su inevitable postergación y la presencia de los militares en las ciudades para asegurar el cumplimiento de las cuarentenas amenazan con exacerbar el enojo de la población.

Por otro lado, también es cierto que el temor al avance del virus puede hacer que la mayoría de las personas deje por un tiempo de lado sus reclamos y concentre su atención en la pandemia. En cualquier caso, aplaza por varios meses más la posibilidad de que Chile recupere un cauce de cierta normalidad.

Trabajadores vestidos de forma preventiva se paran junto a la tumba de una persona que murió de COVID-19 en el cementerio de Chiguayante, en Concepción, el 26 de marzo de 2020 (REUTERS/Juan Gonzalez)
Trabajadores vestidos de forma preventiva se paran junto a la tumba de una persona que murió de COVID-19 en el cementerio de Chiguayante, en Concepción, el 26 de marzo de 2020 (REUTERS/Juan Gonzalez)

“En el corto plazo, va a haber un desplazamiento del tema porque no hay más espacio en la agenda pública ni capacidad de las organizaciones sociales. Pasada la crisis, creo que volverá con más fuerza, porque las iniquidades van adquirir relevancia a la hora del acceso a la salud y a una educación a distancia. Si no hay una respuesta desde el sistema político, las movilizaciones resurgirán”, sostuvo María Cristina Escudero, profesora del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile, en diálogo con Infobae.

“Sin perjuicio de esto —agregó—, si la crisis económica posterior es muy grande y la necesidad de recuperación toma tiempo, las personas pueden tener más temor al cambio. Aunque es muy pronto para saber cuál será la respuesta de la gente a crecientes grados de incertidumbre”.

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