
En una semana, Boris Johnson, la saeta rubia convertido en primer ministro británico, habrá logrado el tan mentado Brexit. Pero sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea no es suficiente para este extraño líder populista de derecha. Ahora va por una de las grandes instituciones británicas, la mítica BBC. La cadena de televisión estatal es un ejemplo global de mesura y equilibrio en su cobertura noticiosa y de calidad y elegancia en su producción de ficción. Pero a Boris no le gusta porque asegura que no tiene en cuenta “la voz mayoritaria” de los ingleses -que vendría a ser la suya y la de sus seguidores- y que quiere sustituirla por un canal como la Fox estadounidense, el favorito de Donald Trump.
Dominic Cummings, el principal asesor de Johnson e ideólogo del gobierno conservador y del Brexit dijo directamente que “primero hay que debilitar a la BBC y luego liquidarla”. El objetivo es relegar a la tradicional cadena a un mero papel de difusión de documentales y programas culturales. De la información, que se encargue una cadena ideológicamente ultraderechista y sin mayores escrúpulos, al estilo de la Fox en Estados Unidos. El dueño de Fox es Rupert Murdoch, que levantó un imperio de las comunicaciones a través de la presa amarilla y ultraconservadora. Un ídolo de los tories que hace tiempo quieren acabar con el virtual monopolio de la televisión pública y abrir el mercado a los canales del multimillonario.
Tocar a la BBC es meterse con una de las grandes instituciones británicas. Es como ir contra la monarquía, el té de las cinco, los autobuses de dos pisos y hasta contra las cabinas rojas de los teléfonos, aunque ya hayan caído en desgracia ante los celulares. Pero a Boris no le importa ir contra la corriente si lo puede beneficiar políticamente. Durante la última campaña, por ejemplo, se negó a darle una entrevista al durísimo periodista Andrew Sullivan, que es una tradición para cualquier candidato desde hace treinta años. Su rival, el laborista Jeremy Corbyn fue y salió escaldado. Pero se sometió a la entrevista del periodista de la BBC porque es su deber como candidato. Cuando llegó al 10 de Downing St., Boris fue más allá: prohibió a todos sus funcionarios que vayan al programa Today, de la BBC Radio 4, otra institución donde los funcionarios explican por la mañana las decisiones que tomaron en la tarde-noche del día anterior.

El director general de la BBC, lord Tony Hall, no soportó más esa situación y la última semana presentó su renuncia sin comunicárselo antes al gobierno, algo así como una bofetada a Johnson. Hall renunció dos años antes de terminar su mandato y a un salario de más de medio millón de euros al año para no tener que descuartizar el sistema de medios estatal como pretende el gobierno. El principal argumento de los tories para deshacerse de la BBC es que ya nadie quiere en Gran Bretaña seguir pagando un impuesto obligatorio de 175 euros por año para financiar a la tv estatal cuando podría utilizar ese dinero para suscribirse a plataformas como Amazon, Netflix o Apple. Ese es el argumento. Pero lo que realmente buscan Boris y los suyos es controlar la información y el discurso como lo intenta Donald Trump y lo hacen con maestría Vladimir Putin en Rusia y Xi Jinping en China.
La dimisión de Hall abrió la compuerta. Desde el gobierno advirtieron a la BBC que el próximo director general enfrentará un boicot a menos que adopte las reformas que se le están pidiendo. “Estamos listos para actuar si la Corporación elige un sucesor `inadecuado´ para Tony Hall”, dijo un portavoz de Boris. El “grande de la BBC”, el mítico periodista David Dimbleby, le respondió que cualquier sugerencia de que el gobierno pudiera influir en la elección del próximo director era “indignante”. Y agregó que Johnson no puede hacer de la televisión “un sirviente de su gobierno”.
En realidad, a los hombres de Boris lo que les preocupa es que el nuevo director general será bendecido y puesto en funciones por el actual presidente de la BBC, Sir David Clementi, a quién consideran “demasiado liberal”. Los tories querían hacer el enroque cuando Clementi ya no estuviera en ese lugar al finalizar su mandato en febrero del 2021. Se quejan de que Clementi les pondrá “un muro de contención” para evitar las reformas. “Los laborista y liberales quieren seguir dirigiendo la BBC como se les antoja. Los periodistas son en su gran mayoría simpatizantes del socialismo. No tenemos por qué aguantarlos más. Hay que desmantelar toda esa estructura que ya no sirve para nada. Es imperativo hacer las reformas”, dijo una fuente cercana a los tories al Daily Standard.
Dominic Cummings viene trabajando en el tema desde hace años. En 2004, cuando dirigía un influyente centro de estudios firmó un documento en el que pedía “el fin de la BBC en su forma actual” y hablaba de desmantelar “una institución obsoleta ante los avances tecnológicos”. De la financiación de la producción de ficción y entretenimiento hablaba poco y nada. Su preocupación era la división de las noticias. “Ya no sirve para mantener informados a los británicos”, aseguraba. “Es el principal enemigo de los conservadores, al tener prohibida la propaganda política que permite el acceso directo a los votantes y regirse por normas de imparcialidad”, escribió Cummings. A su juicio, “hay que hacer dos cosas: primero, minar su credibilidad, y segundo, una vez debilitada, reemplazarla por el equivalente de la Fox en Estados Unidos”. También sugirió que los ministros deberían evitar el programa Radio 4 Today, ahora una política extraoficial de Downing Street.

Para desmantelar la BBC, el gobierno está pidiendo que se termine con el “impuesto compulsivo” y se busque otro tipo de financiación. Ya presentó un proyecto en el parlamento para despenalizar el impago del impuesto y terminar con las licencias gratuitas para los mayores de 75 años. Si ya no existe la obligación de pagar el impuesto, se acabó la BBC, dicen los defensores de la tv pública. Nunca nadie se había atrevido a llegar tan lejos. En los años de Margaret Thatcher el tema estuvo en el centro de las discusiones. La noche de la tercera reelección, en 1987, los fanáticos conservadores gritaban “¡Privatise the BBC!”. Pero la Thatcher no se atrevió a hacerlo a pesar de que tenía el apoyo parlamentario necesario para hacerlo. La “dama de hierro” creía en las instituciones. Se había criado escuchando y viendo la BBC. Y sabía que su independencia –aunque a ella no le favoreciera- era una marca de agua no sólo dentro de Gran Bretaña sino en todo el mundo. El Servicio Internacional de la BBC y sus numerosas emisiones en diferentes idiomas ayudaron a la lucha por los derechos humanos y la democracia en todo el planeta. Sin la BBC independiente, con supervisión parlamentaria y financiación estatal, Gran Bretaña perdería una de sus grandes instituciones y quedaría aún más aislada de lo que la va a dejar el Brexit. Boris Johnson ya consiguió su primer objetivo, ahora va por el segundo.
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