
Por Juan Dillon, desde París
En un instante, París se detuvo. La nube que comenzó a cruzar la capital francesa, a media tarde de un día soleado de la flamante primavera, fue señal suficiente para saber que algo sucedía. Las caras comenzaron a palidecer, tanto de los parisinos como de los turistas, todos estupefactos mientras se anoticiaban que la Catedral de Notre Dame sufría un incendio de magnitud.
"El techo de la catedral de Notre Dame de París arde en llamas", explicaba un comerciante de las cercanías del distrito 4 parisino cuando un turista preguntaba por qué tanta alarma. Durante más de 850 años, la gran dama blanca reina sobre los corazones de los parisinos, y es símbolo inequívoco de la cristianidad.

Al correr la información, los rostros de sorpresa comenzaron a mutar hacía un silencio crepuscular, una tristeza que quemaba a todos. Un cielo gris comenzaba a teñir a la ciudad de las luces. Pese al esfuerzo de los bomberos, y la desesperación por querer colaborar, para hacer algo por la iglesia, la aguja colapsaba hora después del inicio del incendio en el ático.
El perímetro de seguridad, alrededor de la Catedral, se extendía. Las fuerzas de seguridad se multiplicaban. Mientras las cenizas y las brasas caían sobre los espectadores boquiabiertos, los bomberos y los agentes de la ley pedían a los transeúntes que retrocedieran y se protegieran. El fuego era intenso y demoledor.

Otras cientos de personas comenzaban a reunirse en la Place de l'Hotel de Ville y en el Pont Saint-Michel. Desde la escena, eran testigos del colapso de los techos, y la gente no paraba de llorar. Las terrazas eran palcos privilegiados y sus ocupantes espectadores de la tragedia. Incluso alguno de los barcos turísticos que recorren cotidianamente el Sena parecían estáticos en las aguas.
La sensación ya era una sola. No se encuentra palabra suficientemente fuerte como para describir el dolor que siente esta ciudad, sentimientos devastados por los fuegos. Dolor que atraviesa al mundo.

Como si fuera una escena más de Nuestra Señora de París, la novela de Víctor Hugo, hoy los huesos del jorobado Quasimodo y la bella Esmeralda, hechos polvo, se mezclan con las cenizas de uno de los patrimonios de la humanidad.
La leyenda dice que las gárgolas de Notre Dame, esas extrañas figuras de piedra sobre la cima de la Catedral, despertaron la noche que Juana de Arco era quemada en la hoguera. Despertaron de un largo sueño y arrasaron con la ciudad. Lejos de esta historia, hoy son otras llamas las que arrasan las almas de París.
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