La extrema derecha avanza en Suecia, Dinamarca, Holanda y Alemania
La extrema derecha avanza en Suecia, Dinamarca, Holanda y Alemania

Los movimientos políticos de extrema derecha suelen nutrirse de la frustración social ante un deterioro en las condiciones de vida que es percibido como injusto e inexplicable, y frente al cual los partidos tradicionales no ofrecen respuesta. Su éxito se basa en que identifican a los culpables de los problemas, a quienes convierten en enemigos, y proponen soluciones fáciles. Habitualmente, apuntan contra otros países y contra comunidades inmigrantes o culturalmente diferentes, y prometen un idílico reencuentro con la identidad nacional perdida.

El nazismo es el arquetipo. El resentimiento era generalizado en la Alemania de los años 20 y 30, que sufría las duras restricciones impuestas por las potencias que la habían derrotado en la Primera Guerra Mundial, y que padeció al mismo tiempo una de las peores hiperinflaciones de la historia. Hitler cimentó su proyecto en la propagación del odio a los judíos y a todos los que amenazaban la pureza racial, y en la necesidad de restituir el orgullo nacional.

Cuesta encontrar algún paralelismo entre ese escenario tan extremo y el que se vive hoy en Europa. Sin embargo, desde hace algunos años crece peligrosamente en el continente la influencia de partidos de extrema derecha, que si bien tienen un discurso bastante más lavado, apenas disimulan su xenofobia.

Quizás no sorprende tanto que esto ocurra en Hungría y Polonia —donde son gobierno—, o en Italia, Francia y Grecia, ya que todos vienen sufriendo graves problemas sociales y económicos. Lo impactante es que esté sucediendo en algunas de las naciones más prósperas e igualitarias.

Suecia es el sexto país con mayor bienestar del mundo si se toma como medida el Índice de Desarrollo Humano ajustado por desigualdad, que promedia los ingresos, el nivel educativo y la salud de la población, controlando por el grado de equidad en el reparto de los recursos. Suma 0,864 sobre 1. Alemania está séptimo, con 0,861; Dinamarca está noveno, con 0,860; y Holanda está décimo, con 0,857.

No hay paraísos en la Tierra, pero la diferencia entre las condiciones de vida allí y en el resto del planeta son abrumadoras. No obstante, en los cuatro países están en auge movimientos populistas que promueven políticas abiertamente discriminatorias. Aún no han ganado ninguna elección, y están generando un contramovimiento que los rechaza, pero siguen en ascenso y no se sabe hasta dónde pueden llegar.

"La creciente popularidad de los partidos de extrema derecha en el noroeste de Europa y en Escandinavia es verdaderamente algo llamativo. No sólo están entre los países más ricos del mundo, sino también entre los que tienen sistemas bienestar social más generosos. Aunque haya diferencias de riqueza incluso en estos países, los pobres en Suecia siguen siendo ricos comparados con la mayoría de las naciones del mundo", dijo Han Dorussen, profesor del Departamento de Gobierno de la Universidad de Essex, en diálogo con Infobae.

Publicidad antiislámica de AfD en Alemania
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Un avance inquietante

Suecia es el caso más reciente. Tan acelerado fue el crecimiento en los últimos meses de Demócratas de Suecia (SD), un partido de extrema derecha fundado en 1988, que muchos celebraron que "sólo" obtuviera el 17.53% de los votos en las elecciones generales del 9 de septiembre pasado.

Algunas encuestas vaticinaban que podía sumar algunos votos más y salir segundo, pero terminó tercero, detrás del gobernante Partido Socialdemócrata (28.26%) y del Partido Moderado (19.84%). De todos modos, SD creció cinco puntos en relación a los comicios de 2014, en los que había terminado tercero con 12.9%, a más de diez unidades de los moderados y a casi 20 de la socialdemocracia. En 2010 había sumado sólo el 5,7% de los votos.

"Hay explicaciones históricas. Durante mucho tiempo, la identidad sueca estuvo vinculada con una idea, en cierto sentido falsa, de homogeneidad, con un elemento racista que conectaba lo sueco con lo blanco. Luego, eso fue quedando en un segundo plano, y la autocomprensión sueca pasó a asociarse a la excepcionalidad de ser una especie de superpotencia moral y de igualitarismo social. Pero, con la globalización, el debilitamiento del Estado nación, los cambios demográficos y el multiculturalismo oficial, se generó un sentimiento de confusión, de desesperación y un anhelo de retorno a los viejos tiempos", explicó Fredrik Sunnemark, profesor del Programa Internacional de Política y Economía de la Universidad West, en Suecia, consultado por Infobae.

La creciente popularidad de los partidos de extrema derecha en el noroeste de Europa y en Escandinavia es verdaderamente algo llamativo

El caso alemán es todavía más angustiante por la pesada historia que tiene. Apenas unos años atrás, era impensable que un partido político de primera línea tuviera expresiones xenófobas. Pero Alternativa para Alemania (AfD) pulverizó el tabú. Fundado en 2013, experimentó un ascenso meteórico en un lustro.

En las elecciones federales de ese mismo año, consiguió un sorprendente 4,7 por ciento. No le alcanzó para entrar al Bundestag porque es necesario superar un umbral de 5% para acceder, pero fue un potente trampolín. En los comicios de septiembre del año pasado obtuvo 12,6% y quedó tercero, no muy lejos del Partido Socialdemócrata (20,5%) y de la Democracia Cristiana de Angela Merkel (32,9%).

"Los partidos de extrema derecha en Europa Occidental, como el Frente Nacional (Francia), SD o AfD, alientan un discurso que combina el populismo contra el establishment político y cultural, en favor de la 'gente común', con el nativismo, la noción de que los ciudadanos nativos de un país deben tener prioridad absoluta en lo que respecta al empleo y a los beneficios sociales. Pasa tanto por la cultura como por la economía, por la globalización, la desindustrialización, la automatización y el temor por el futuro del Estado de bienestar", dijo a Infobae Hans-Georg Betz, profesor de ciencia política en la Universidad de Zurich e investigador del Centro de Análisis de la Derecha Radical.

La expresión holandesa de este fenómeno llegó un poco más lejos que en Suecia y en Alemania. La mayor fragmentación del sistema político le permitió al Partido de la Libertad (PVV) salir segundo con el 13,1%, haciendo peligrar la continuidad en el cargo del primer ministro Mark Rutte. A diferencia de los otros ejemplos, el PVV es casi una fuerza unipersonal, creada en 2006 por el excéntrico Geert Wilders.

Alice Weidel, líder parlamentaria de AfD (AFP PHOTO / John MACDOUGALL)
Alice Weidel, líder parlamentaria de AfD (AFP PHOTO / John MACDOUGALL)

Si bien creció dos puntos en comparación con los comicios de 2012, en los que había salido tercero, su mejor performance fue en 2010, cuando alcanzó el 15,4%, aunque también quedó en tercer lugar. En esa ocasión terminó apoyando el plan de gobierno de Rutte, aunque sin ingresar en la coalición.

"En muchos casos, estos partidos se presentan como populistas nacionalistas y no como de extrema derecha —dijo Dorussen—. Pudieron distanciarse con éxito de la histórica carga de la extrema derecha que viene de la Segunda Guerra Mundial, y se presentan a sí mismos como parte de un movimiento global cercano a políticos como el presidente Donald Trump y sus políticas de 'Estados Unidos primero'".

El ejemplo más exitoso de populismo de derecha en estos países es, sin dudas, el Partido del Pueblo Danés (DF), fundado en 1995 por Pia Kjærsgaard, y liderado desde 2012 por Kristian Thulesen Dahl. En las últimas elecciones generales, celebradas en 2015, salió segundo con el 21,1% de los votos, detrás de la socialdemocracia.

Aunque esa fue por mucho su mejor elección, lo cierto es que el DF es un partido competitivo desde hace tiempo. Entre 2001 y 2012 osciló entre el 12% y el 13% por ciento, y fue clave para la formación de gobierno, como socio externo de la coalición conformada por el Partido Liberal (Venstre) y el Partido del Pueblo Conservador. En 2015 prestó sus votos para el regreso de la misma alianza al poder, que nombró como primer ministro a Lars Løkke Rasmussen.

Jimmie Akesson, líder del partido derechista Demócratas de Suecia (SD) (TT News Agency/Fredrik Sandberg via REUTERS)
Jimmie Akesson, líder del partido derechista Demócratas de Suecia (SD) (TT News Agency/Fredrik Sandberg via REUTERS)

Cuando el bienestar puede incubar odio

Guerra, destrucción, pobreza, desempleo, desigualdad extrema. Son algunos de los fenómenos capaces de polarizar y alterar a una sociedad lo suficiente como para crear un terreno fértil para el surgimiento del extremismo político. Nada de esto parece estar ocurriendo en ninguno de estos países.

La desocupación, por ejemplo, que fue y sigue siendo uno de los dramas sociales del mundo desarrollado después de la crisis de 2008, casi no es un problema en ellos. En Alemania y Holanda es apenas 3,4% y 3,8%, prácticamente nada. En Dinamarca es 5%, y sólo en Suecia, donde llega a 6,2%, supera lo deseable. De todos modos, está por debajo del promedio de la Unión Europea (UE), que es 6,8 por ciento.

"Esta ola de movilización populista de derecha no tiene que ver con el trabajo, sino con el impacto de los inmigrantes y refugiados en el Estado de bienestar y en la identidad nacional —dijo Betz—. Tiene que ser analizada en el contexto de un aumento de la ansiedad en Europa Occidental por la creciente visibilidad de la inmigración musulmana y por la naturaleza del islam en general. Una cuestión central es si el islam puede formar parte o no del país. Según las encuestas, muchos dicen que no, aunque las elites dicen que sí".

Alientan un discurso que combina el populismo con el nativismo, la noción de que los ciudadanos nativos de un país deben tener prioridad

El problema tampoco parece proceder de una distribución desigual del ingreso. Si se compara cuántas veces más gana el 20% más rico que el 20% más pobre, la relación es de 3,9 veces en Holanda; 4,1 en Dinamarca; 4,3 en Suecia; y 4,6 en Alemania. En todos los casos es menos que las 5,2 veces que promedian los miembros de la UE y —a modo de referencia— menos de la mitad que las 9,4 de Estados Unidos.

"No creo que haya ninguna correlación entre los estándares de vida y el fortalecimiento de los partidos de extrema derecha", afirmó Klaus Neumann, investigador de la Fundación de Hamburgo para la Promoción de la Ciencia y la Cultura, consultado por Infobae. "Lo que tienen en común Suecia, Holanda y Alemania es que esos partidos lograron beneficiarse de un generalizado sentido de inseguridad, que es resultado de la globalización más que de una crisis económica".

Sin embargo, hay muchos analistas que sí encuentran una raíz económica en este fenómeno. Por supuesto, nadie plantea que es la causa excluyente, ya que sería difícil de argumentar eso en estas naciones. Pero, por más que las condiciones de vida sean muy elevadas, en los últimos años empezaron a surgir problemas que antes eran inexistentes.

Protesta contra un acto de SD en Suecia (TT News Agency/Johan Nilsson/via REUTERS)
Protesta contra un acto de SD en Suecia (TT News Agency/Johan Nilsson/via REUTERS)

"Entre 2006 y 2014 —dijo Sunnemark—, Suecia tuvo un gobierno que realizó grandes recortes impositivos, que fueron compensados por una reducción de los beneficios sociales. A eso hay que agregar la crisis de 2008. Hay estudios que muestran que, entre los votantes de SD, hay una sobrerrepresentación de personas afectadas por esos cambios".

Es que no se pueden perder de vistas los problemas presupuestarios que atraviesan todos los países desarrollados, especialmente en el rubro de la seguridad social, que se ve muy afectado por el envejecimiento de la población. La necesidad de hacer pequeños ajustes, o el temor a que se realicen en un futuro cercano, impuso que el sistema benefactor que durante tantas décadas se daba por sentado, pasara a considerarse cada vez más frágil.

Estos miedos se potenciaron en un período en el que aumentó la llegada de inmigrantes, sobre todo, de refugiados, que son vistos por muchos como potenciales receptores de recursos sociales escasos. Vale la pena recordar que casualmente Alemania y Suecia están entre las naciones europeas que más solicitantes de asilo recibieron desde 2014.

"Los partidos populistas de derecha se convirtieron en los grandes defensores del Estado de bienestar existente, con el énfasis de que los beneficios deben ser primero para los residentes, y que deben reducirse severamente los destinados a inmigrantes y refugiados, para dejar de incentivar su llegada a Europa", dijo Betz.

Geert Wilders, del Partido por la Libertad holandés (Reuters)
Geert Wilders, del Partido por la Libertad holandés (Reuters)

Por otro carril corre la cuestión identitaria, que también es vital para entender el éxito de estos movimientos. Si el sentido de pertenencia nacional y comunitario está en crisis en un contexto global en el que las diferencias culturales se desdibujan, la llegada masiva de inmigrantes puede exacerbar las emociones.

"Al mismo tiempo —continuó Betz—, estos partidos se postulan como defensores de la herencia judeocristiana de Europa, de los valores de la Ilustración y de los principios liberales, frente a la 'invasión islámica'. Por eso algunos, como Wilders, defienden los derechos LGTB. El islam, que es caracterizado no como una religión sino como una ideología política, es acusado de ser incompatible con los valores occidentales y con la democracia, por su intolerancia y particularmente por su tratamiento de las mujeres. Como resultado, sostienen que debe ser prohibido".

Así se comprende mejor la paradoja de que segmentos de la población que antes tendían a votar a la izquierda, como los trabajadores y las mujeres, puedan terminar apoyando a la extrema derecha. De hecho, muchos de sus líderes partidarios son mujeres, como Marine Le Pen en el Frente Nacional francés, Alice Weidel en AfD y Pia Kjærsgaard en DF. Esta tendencia da una idea de hasta qué punto son movimientos con rasgos contradictorios y difíciles de clasificar.

Por último, sería equivocado soslayar el impacto de los atentados terroristas, cuyo principal efecto es hacer más verosímiles algunas de las acusaciones de los voceros xenófobos contra la población musulmana. "Los ataques islamistas en Nueva York, Londres, Madrid, París, etc, hicieron que mucha gente se preocupara —dijo Dorussen—. Los partidos populistas también se benefician de asociar la inmigración con el crimen. Claramente, el riesgo de ser víctima de un ataque sigue siendo muy bajo, pero muchas personas se sienten inseguras".

Kristian Thulesen Dahl, líder del Partido del Pueblo Danés (DF)
Kristian Thulesen Dahl, líder del Partido del Pueblo Danés (DF)

Un fenómeno de alcances imprevisibles

"Es difícil predecir cuánto pueden crecer estos partidos, depende de muchos factores. Claramente, los sentimientos nacionalistas y la lógica del 'ellos contra nosotros' son muy comunes en muchos países, y es poco probable que la inmigración disminuya notablemente", reflexionó Dorussen. "Pero, por otro lado, los jóvenes y las personas más educadas se sienten mucho menos atraídas por estos movimientos, y muchas de las políticas que promocionan no son tan populares. En la medida en que los partidos tradicionales puedan atender algunas de las preocupaciones de sus votantes, es posible limitar el atractivo electoral de la extrema derecha".

Uno de los grandes interrogantes es si pueden llegar a ser gobierno. En soledad, como ocurre en la Hungría de Viktor Orban, parece casi imposible en el corto plazo, por las características del sistema parlamentario, que exige el acompañamiento directo o indirecto de la mitad más uno de los legisladores. Pero no se puede descartar que integren coaliciones.

"Todavía falta para ver si estos partidos van a ser invitados a formar alianzas de gobierno en Suecia, Alemania y Holanda —dijo Neumann—. En este último, aunque no ingresó, Wilders dio su apoyo entre 2010 y 2012 a los democristianos, que no descartaban la posibilidad de hacer una coalición con él. En Suecia aún no está claro si los conservadores van a cumplir su promesa de no coaligarse con SD, y en Alemania cuesta imaginar, por el momento, que se incluya a AfD en las negociaciones".

Sin embargo, aún sin llegar al control del Poder Ejecutivo en ninguno de estos países, su impacto puede ser crucial para el sistema político. La razón principal es que, al sacarles votos a las fuerzas tradicionales, éstas se ven obligadas a hacer acuerdos que en otras épocas no habrían hecho para alcanzar el respaldo legislativo necesario para gobernar.

Esta ola de movilización populista de derecha no tiene que ver con el trabajo, sino con el impacto de los inmigrantes y refugiados en el Estado de bienestar y en la identidad nacional

"Con el creciente apoyo hacia la derecha populista, se volvió cada vez más difícil reunir las mayorías requeridas para formar gobierno, porque hay que juntar a la centroderecha con la centroizquierda. Es posible hacerlo, como lo demuestra la gran coalición alemana (entre la Democracia Cristiana y el Partido Socialdemócrata). Pero generalmente lleva a un mayor descontento entre los votantes, porque crea la sensación de que no hay alternativas. Por eso es posible que la derecha radical empiece a ser aceptada como potencial aliado de coalición", afirmó Betz.

En cualquier caso, basta con que se mantengan en estos niveles de adhesión popular para propinarle un duro golpe al proyecto liberal que se había consolidado en la Europa Occidental de posguerra. Que la apertura de Alemania y de Sucia a los refugiados que huyen de distintos desastres humanitarios haya tenido como correlato un debilitamiento de los gobiernos que tomaron la decisión, y un salto de la extrema derecha, es una evidencia incontrastable.

"Ciertamente, los partidos populistas de derecha tienden a convertirse en jugadores influyentes y a unirse a los gobiernos. Pero el problema es más profundo", dijo a Infobae Ulrike M. Vieten, investigadora de estudios europeos y transnacionales de la Universidad de la Reina de Belfast.

"La política tradicional, los partidos del centro democrático, y también los medios nacionales, aceptaron y normalizaron a estos movimientos. El anhelo de mantener el poder del gobierno, y no haberle hecho frente al aumento del empobrecimiento y de la injusticia estructural desde 2008, modificó el consenso socialdemócrata y liberal que existía en todos estos países por un alarmante proyecto neopopulista y etnonacionalista. La Unión Europea también está en peligro por esto, mucho más de lo que los políticos están dispuestos a aceptar", concluyó Vieten.

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