Los avances experimentados desde el comienzo del siglo XX en lo que hace a salud pública, saneamiento y alimentación han hecho que el hombre pueda vivir el doble de tiempo que aquellos pertenecientes a generaciones pasadas. Todavía más alentador es el panorama presentado por un reciente estudio que asegura que el ser humano todavía no ha alcanzado el punto máximo de su expectativa de vida.

Una investigación liderada por expertos en demografía de la Universidad de Roma recientemente publicada en la revista Science, indica que todavía queda un largo camino por recorrer para la mayoría de las personas adultas que envejecerán en las próximas décadas.

Los investigadores descubrieron que "la meseta se ha ido hundiendo en los últimos años", haciendo alusión a que todavía no se ha alcanzado el punto máximo de la expectativa de vida en los seres humanos.

Elisabetta Barbi, una de las autoras a cargo el estudio, compartió que "si existe un límite biológico fijado, todavía no se ha alcanzado". El registro actual para el ser humano más longevo fue fijado hace 21 años, cuando una mujer francesa de nombre Jeanne Calment, murió a los 122 años. Desde ese momento, nadie ha vivido más tiempo que ella. O al menos, nadie de quien se tuviera conocimiento.

El caso de la Sra. Calment fue, según los expertos, una anomalía, dado que el límite estipulado para los humanos se ubica en torno a los 115 años. Estudiar a las personas longevas representa un gran desafío para los investigadores dado que estos se deben concentrar en dos variables que representan grandes desafíos a nivel estadístico.

En primer lugar no existen tantas personas que vivan hasta alcanzar edades muy avanzadas y por otro lado muchos pierden la cuenta de cuanto tiempo llevan viviendo debido a su misma edad avanzada y las complicaciones asociadas. "A esta altura, lo más problemático es comprobar que la edad que aseguran tener es real" compartió Barbi.

Gracias el estudio exhaustivo de los certificados de nacimiento de ciudadanos italianos que alcanzaron los 105 años de edad entre 2009 y 2015, la Dra. Barbi y sus colegas pudieron generar una base de datos compuesta por 3.836 ancianos mediante la cual pudieron determinar a que ratio los distintos grupos etários iban falleciendo.

Sus hallazgos fueron reveladores. Mientras que las tasas son relativamente altas durante la infancia, luego descienden durante la juventud, para volver a elevarse a partir de los 30 años de edad y dispararse entre aquellos que tienen entre 70 y 80 años. Pero lo más interesante fue ver que, entre los más ancianos, la tasa de fallecimientos dejaban de crecer, al llegar a una meseta abrupta.

Esto llevó a concluir que las mejoras en lo que hace a las tasas de mortalidad se aplican también a las edades más extremas. Los críticos al estudio aseguran que el mismo es muy limitado dado que solo se concentra en un sólo país y un período de tiempo limitado a solo siete años.

La investigación tampoco logra encontrar las causas del mencionado fenómeno pero una posibilidad sugiere que algunas personas poseen genes que los hacen más frágiles que otras. Estos suelen morir antes que aquellos más resistentes, lo que deja como consecuencia a un colectivo de longevos ancianos.

El estudio concluye que los centenarios no han encontrado la fuente de la juventud y que estos cuentan con más probabilidades de morir que aquellos que sólo tienen 90 años. Otro punto destacable del reporte destaca que ,a medida que la vara continúa corriéndose, resultará más difícil para el ser humano vivir por un mayor período de tiempo.