
Tiene un doctorado en ingeniería energética, se levanta a las 4 de la mañana para enviar mensajes a funcionarios de todos los rangos y nunca se hace pruebas de vestuario, ni siquiera para el vestido de su boda. Claudia Sheinbaum, presidenta de México desde 2024, es descrita por la revista The Guardian como una de las líderes democráticamente elegidas más populares del mundo, con un índice de aprobación que ronda el 70%.
Pero el extenso perfil publicado esta semana por la periodista Rachel Nolan revela las tensiones profundas que definen su gobierno: la misma mujer que a los 15 años pasó su primera noche fuera de casa acompañando a madres de desaparecidos políticos, hoy encabeza un Estado al que organizaciones de derechos humanos acusan de obstaculizar la búsqueda de más de 130,000 personas desaparecidas.
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De activista universitaria a comandante en jefe
El recorrido de Sheinbaum no es el de una política tradicional. Nieta de inmigrantes judíos que huyeron de Europa, creció en una familia donde, según ella misma relató a su biógrafo autorizado, “se hablaba de política en el desayuno, el almuerzo y la cena”. Su padre escondía ejemplares de Karl Marx ante posibles registros de la inteligencia del Estado.
Durante sus años en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), protestó contra la privatización y la austeridad. Más tarde completó un doctorado en Berkeley y regresó a México para incorporarse al profesorado universitario, donde recuerda aquella época como una lucha constante: trabajo extra, tráfico, recoger a los hijos a tiempo. “Así es la vida de las mujeres”, declaró con una sonrisa que, según The Guardian, “se asemeja más a una mueca”.
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Su encuentro con Andrés Manuel López Obrador (AMLO) llegó a través de reuniones políticas en su propia casa. En 2000, él la invitó a un desayuno en Sanborns y le preguntó si podría resolver la contaminación de la Ciudad de México. Ella aceptó. El resto es historia conocida.

La grieta entre el pasado y el presente
El punto más incómodo del perfil de The Guardian llega durante la rueda de prensa diaria —la mañanera— que la periodista Nolan cubrió en marzo. Al ser interrogada sobre las desapariciones forzadas y el papel de las fuerzas de seguridad, Sheinbaum estableció una distinción que generó reacciones encontradas: las desapariciones de los años 70, afirmó, eran “muy diferentes” a las actuales, que atribuyó principalmente al crimen organizado y, en menor medida, a lo que denominó “crímenes pasionales”.
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La publicación señala que ese argumento históricamente fue utilizado por regímenes militares en América Latina para minimizar las búsquedas de desaparecidos. Las familias de víctimas que marchan cada 26 de cada mes por el Paseo de la Reforma —herederas de las mismas protestas a las que Sheinbaum asistía de adolescente— lo tienen claro: “¡Ahora Claudia Sheinbaum encubre el pasado!”, corearon en febrero.
Trump, los cárteles y la soberanía como bandera
En el plano internacional, The Guardian retrata a una presidenta que ha debido gestionar simultáneamente las amenazas de intervención militar de Donald Trump y la muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, “El Mencho”, en una operación que desató bloqueos en 20 estados y dejó más de 70 muertos.
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La militarización creciente del país —incluyendo la integración de la Guardia Nacional a las fuerzas armadas en 2025— es señalada por la ONU y organizaciones de derechos humanos como un riesgo para las libertades civiles. Sheinbaum lo rechaza: “Soy el comandante en jefe, y soy yo quien toma las decisiones”, afirmó ante los periodistas.
De activista universitaria a comandante en jefe
El recorrido de Sheinbaum no es el de una política tradicional. Nieta de inmigrantes judíos que huyeron de Europa, creció en una familia donde, según ella misma relató a su biógrafo autorizado, “se hablaba de política en el desayuno, el almuerzo y la cena”. Su padre escondía ejemplares de Karl Marx ante posibles registros de la inteligencia del Estado.
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Durante sus años en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), protestó contra la privatización y la austeridad. Más tarde completó un doctorado en Berkeley y regresó a México para incorporarse al profesorado universitario, donde recuerda aquella época como una lucha constante: trabajo extra, tráfico, recoger a los hijos a tiempo. “Así es la vida de las mujeres”, declaró con una sonrisa que, según The Guardian, “se asemeja más a una mueca”.
Su encuentro con Andrés Manuel López Obrador (AMLO) llegó a través de reuniones políticas en su propia casa. En 2000, él la invitó a un desayuno en Sanborns y le preguntó si podría resolver la contaminación de la Ciudad de México. Ella aceptó. El resto es historia conocida.
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La grieta entre el pasado y el presente
El punto más incómodo del perfil de The Guardian llega durante la rueda de prensa diaria —la mañanera— que la periodista Nolan cubrió en marzo. Al ser interrogada sobre las desapariciones forzadas y el papel de las fuerzas de seguridad, Sheinbaum estableció una distinción que generó reacciones encontradas: las desapariciones de los años 70, afirmó, eran “muy diferentes” a las actuales, que atribuyó principalmente al crimen organizado y, en menor medida, a lo que denominó “crímenes pasionales”.
La publicación señala que ese argumento históricamente fue utilizado por regímenes militares en América Latina para minimizar las búsquedas de desaparecidos. Las familias de víctimas que marchan cada 26 de cada mes por el Paseo de la Reforma —herederas de las mismas protestas a las que Sheinbaum asistía de adolescente— lo tienen claro: “¡Ahora Claudia Sheinbaum encubre el pasado!”, corearon en febrero.
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Trump, los cárteles y la soberanía como bandera
En el plano internacional, The Guardian retrata a una presidenta que ha debido gestionar simultáneamente las amenazas de intervención militar de Donald Trump y la muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, “El Mencho”, en una operación que desató bloqueos en 20 estados y dejó más de 70 muertos.
La militarización creciente del país —incluyendo la integración de la Guardia Nacional a las fuerzas armadas en 2025— es señalada por la ONU y organizaciones de derechos humanos como un riesgo para las libertades civiles. Sheinbaum lo rechaza: “Soy el comandante en jefe, y soy yo quien toma las decisiones”, afirmó ante los periodistas.
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La pregunta que queda abierta
Con una ropa hecha por una modista de barrio obrero, presentaciones de PowerPoint en sus ruedas de prensa y un estilo que combina austeridad académica con pragmatismo político, Sheinbaum ha construido una imagen coherente. Lo que permanece en disputa, según el perfil de The Guardian, es si esa coherencia alcanza también a sus convicciones más tempranas.
“Uno no llega al poder por el poder mismo”, dijo ella misma en un documental. “Hay que saber seguir siendo una persona sencilla”.
Las madres que marchan cada mes en La Reforma esperan ver si esa persona sencilla todavía recuerda por qué salió a la calle por primera vez.
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