
Probablemente no exista nación en el mundo que se asocie de manera más poderosa que Alemania a la noción del respeto por las leyes, el orden y la disciplina. Es tal vez por ello que resulta tan llamativo el enfoque pedagógico que desde fines de la década del sesenta se aplica en los jardines de infantes de gran parte del territorio germánico.
Contrario a lo que podría suponerse, en los kindergarten de origen teutón reina lo que muchos podrían catalogar como una anarquía planificada, donde se fomentan las actividades lúdicas, pero no se espera que los niños cumplan con asignaturas como la lectura o la resolución de problemas matemáticos básicos, sino que simplemente interactúen con otros pares de la forma más libre posible.

Es que tanto en los jardines de infantes como los kitas o guarderías, los niños tienen permitido correr a los gritos y jugar a lo que ellos decidan con quienes ellos deseen, bajo la atenta pero invisible supervisión de adultos a cargo que ante todo le darán prioridad a las interacciones espontáneas entre los pequeños, incluso ante el estallido de una disputa entre dos o más niños.
Más allá de que existen ciertas reglas básicas de comportamiento como no golpear a otros o treparse a los muebles, los maestros jardineros rara vez intervienen en el proceso de socialización de los niños, todo parte de una corriente nacida en 1968 cuando el movimiento antiautoritario comenzó a tomar fuerza en todo el país y llegó incluso a modificar el concepto de educación infantil para siempre.

A pesar de que en un primer momento se llegó a considerar la idea de kinders completamente faltos de normas, con el correr del tiempo los educadores alemanes llegaron al término medio que reina en la actualidad, donde en la gran mayoría de los casos se intenta alejarse de un modelo centrado en la disciplina estricta.
Una de las particularidades de los institutos alemanes, tanto públicos como privados, es que se fomenta a los maestros a dejar que los niños resuelvan sus rencillas por su propios medios, es decir que básicamente se los deja discutir hasta que ellos mismo resuelvan sus diferencias, sin la intervención de adultos a cargo.

A diferencia de los que podría ser la norma en Latinoamérica o los EEUU, los maestros alemanes no corren a intervenir entre los involucrados en busca de calmar los ánimos y descomprimir la situación, salvo que la integridad de alguno de los niños esté comprometida.
El paradigma se centra en el convencimiento de que los niños deben aprender a lidiar con las diferencias que irremediablemente seguirán teniendo con otros a medida que pasan los años, y el hecho de tener a un adulto que intervenga ante el más mínimo intercambio de palabras no representaría ser la estrategia más adecuada para que los infantes aprendan la mejor forma de interactuar con otros.
Tampoco castigan a los niños por mal comportamiento, entregan notificaciones a los padres, señalan a los alumnos más problemáticos frente a sus compañeros, sino que simplemente los observan a una distancia segura. En algunos casos, separan a los niños que se encuentran en medio de una trifulca para que lo hagan alejados del resto, pero el protocolo habitual generalmente invita a no hacer nada.

Uno de los manuales más consultados por los educadores infantiles alemanes los alienta a "dejar que los niños discutan incluso si esto le genera dificultades a sus maestros o pares" y destaca la importancia de las discusiones para el desarrollo social de los más pequeños.
Los expertos aseguran que los niños pelean por una variedad de motivos, ya sea para marcar límites, poner a prueba su fortaleza tanto física como social, llamar la atención o simplemente porque no les gusta perder una disputa, al igual que muchos adultos. Por lo que resulta de vital importancia dejar que, en la gran mayoría de los casos, utilicen esas riñas para forjar su carácter ante los desafíos que les deparará el futuro.
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