Tres escenas que retratan infames festejos narco: quemar dinero por diversión, lujos y polvo blanco

La historia que retrata una parte de los festejos narco de los años ochenta y forma parte de una serie de testimonios publicados por el periodista Javier Valdez

(Ilustración: Jovani Pérez)
(Ilustración: Jovani Pérez)

Miguel Ángel Caro Quintero es identificado por las autoridades estadounidenses como el creador del Cártel de Sonora, y aunque tiene una historia delictiva que lo llevó a cumplir una sentencia de 17 años, se le conoce por ser hermano de Rafael Caro Quintero, actualmente el narco mexicano por el que EEUU ofrece la mayor recompensa (USD 20 millones).

El testimonio de una sobrina del clan llamada Carolina para el periodista Javier Valdez, publicado en 2012, permite conocer detalles de cómo fue la boda de Miguel Ángel Caro Quintero, en el municipio de Caborca, en Sonora, a principios de la década de los ochenta.

Javier Valdez, asesinado en 2017, publicó en 2012 libro Miss Narco (Unsot),en el que recopila testimonios de mujeres que voluntaria o involuntariamente se involucraron en el mundo de las drogas.

Miguel Ángel Caro Quintero lideró el extinto Cártel de Sonora. En Estados Unidos purgó una condena de 17 años por traficar 100 toneladas de marihuana a EEUU (Foto: Cuartoscuro)
Miguel Ángel Caro Quintero lideró el extinto Cártel de Sonora. En Estados Unidos purgó una condena de 17 años por traficar 100 toneladas de marihuana a EEUU (Foto: Cuartoscuro)

Cuando se realizó la boda, a principio de los años ochenta, Carolina relató que las mesas estaban cubiertas con manteles blancos de encaje y a la par que las bebidas existían en cada una cantidades “generosas” de cocaína “como si fueran botana o bebida”.

“Los invitados actuaron sin disimulo: en bolsas de plástico o sobres que ellos mismos hacían con pedazos de papel o cartón, se servían del plato, tomaban un poco con alguna cuchara, llenaban sus pequeños depósitos, y se iban al baño o al patio a inhalar”, señala el libro.

Media ciudad, así como el hotel donde se desarrolló el festejo eran propiedad Octavio Páez, uno de los tíos de Carolina. Al día siguiente, se realizó lo que llamaron la posboda junto con un bautizó en el que los padrinos sacaron fajos de billetes de 10 y 20 dólares que aventaron al aire, como bolo, provocando que los asistentes se tiraran al suelo, se empujaran y se rasparan las rodillas en la batalla por conseguir la mayor cantidad de dinero posible.

Casi 40 años después, en Sonora aún  existe la presencia de los Caro Quintero (Foto: Archivo/ Twitter/PespSonora)
Casi 40 años después, en Sonora aún existe la presencia de los Caro Quintero (Foto: Archivo/ Twitter/PespSonora)

Quemar dinero por diversión

Pero esa no fue la única ocasión en la que Carolina observó cómo su parentela que se dedicaba al narco hacía alarde de su riqueza. En diciembre de ese mismo año, pero en el estado de Sinaloa, durante el festejo previo a la cena de navidad, los niños lucían sus regalos actuando como “capitos”, igual que sus padres.

En medio de la descripción sobre los regalos ostentosos que recibían los menores de parte de sus padres, uno de los niños sacó de sus bolsillos un fajo de billetes de 20 pesos a los que uno prendían fuego para luego encender con ellos chifladores, palomas y buscapiés.

El padre de Carolina falleció cuando ella tenía 7 años, ejecutado por sicarios que llegaron a su casa buscando a otro de sus tíos, Lamberto Quintero, quien en ese momento no se encontraba en el domicilio. Sin embargo, eso no fue impedimento para que mientras los niños se divertían quemando dinero, uno de sus tíos se acercara a ella para ofrecerle todo lo que veía a su alrededor, incluyendo las ostentosas fiestas que organizaba su parentela y gracias a las cuales, los invitados guardaban silencio y los políticos “se arrodillaban”.

El dinero es una constante en las fiestas narco. (Foto: EFE/Carlos Jorge Monteiro)
El dinero es una constante en las fiestas narco. (Foto: EFE/Carlos Jorge Monteiro)

No menos ostentosa que las fiestas era la colonia Tierra Blanca, en Culiacán, Sinaloa, donde los narcos de la época tenían mansiones, búnkers y espacios seguros para escapar o guardar dinero y droga, además de lo que el periodista llamó “sótanos para la perdición”.

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