
Hace 83 años, México se despidió de una mujer que abrió camino al paso de las mujeres en la medicina. El 26 de enero de 1938 falleció la reconocida Matilde Montoya, primer doctora del país.
Su vida ha sido contada por generaciones, ya que su valentía y determinación se convirtieron en un ejemplo para desafiar obstáculos impuestos por el machismo en la sociedad.
Matilde nació en una época complicada para que las mujeres estudiaran. Había profesiones que eran exclusivas para los hombres, pero ella no se conformó con esta imposición. Desde niña tuvo un sueño que no hizo a un lado y se empeñó en cumplir.
Estudiar fue un gran gusto para ella desde pequeña. Nació en la Ciudad de México, aprendió a leer a los cuatro años y a los 12 ya estaba lista para estudiar la educación superior, pero su edad y los impedimentos por su género la retrasaron algunos años.

A los 17 deseaba convertirse en doctora y ayudar a las personas, pero en la época no era posible. Las mujeres no les permitían estudiar medicina, sólo obstetricia.
Ante las negativas de las autoridades, Montoya cedió un poco. Se convirtió en partera y pronto se hizo popular. Aunque estudió en la Ciudad de México, la mayor parte de su trabajo lo realizó en Puebla. Ayudaba a escondidas a mujeres solteras que se habían embarazado y daba servicios gratuitos a las personas de bajos recursos.
Esto no provocó que a Matilde se le quitara la idea de ser médica, al contrario. Al ver que podía ser un apoyo para muchas personas, creció su deseo de cumplir su meta. Trabajó como aprendiz de los doctores Luis Muñoz y Manuel Soriano en el área de cirugía, lo que molesto a colegas. Comenzaron y una campaña para desacreditarla y se encargaron de que el resto la llamarla mandona y quejosa, pero no la desalentaron.
Su madre, Soledad Lafruaga, vio que su hija aún tenía el deseo de convertirse en doctora. Ella tampoco creía que las mujeres no pudieran dedicarse a lo que desearan sólo por su género, así que la motivó a que intentara aplicar de nuevo para estudiar y convertirse en doctora. Por lo que regresó a la Ciudad de México y de nuevo solicitó poder inscribirse a la Escuela Nacional de Medicina.

En 1882 por fin fue aceptada, aunque en contra de las opiniones de la comunidad estudiantil que era totalmente masculina. Sin embargo, hubo personas, académicos y políticos que la apoyaron y fueron llamados “Los Montoyos”.
Desde el inicio mostró un gran desempeño académico, pero los profesores y compañeros le comenzaron a poner trabas. Una de ellas fueron que la institución no validó que hubiera terminado con algunas materias de la educación preparatoria, por lo que a la par de estudiar medicina, tenía que ir al Colegio de San Ildefonso a recursarlas.
En 1887 terminó la carrera, pero las autoridades le dijeron que no podía graduarse. No le dieron razones claras, pero ella lo sabía: no querían que se convirtiera en doctora por ser mujer. Montoya no se detuvo. Ella y su mamá lucharon hasta conseguir comunicarse con el entonces presidente Porfirio Díaz, quien las apoyó. Así que ese mismo año recibió su título de la Facultad de Medicina.
Después, aunque aún con obstáculos en su vida profesional, se dedicó por completo a la profesión que tanto había querido ejercer. Ayudó a los más necesitados y pronto otras mujeres que tenían el mismo sueño que ella, comenzaron a hacerlo realidad.
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