
Al norte de México, en la década de los 90, miles de hombres fueron entrenados para usar la inteligencia militar como herramienta para el combate a la muerte. Y así lo hicieron. Pero no aplicaron sus conocimientos a favor de la seguridad de México, sino para engrasar la máquina asesina más feroz en los últimos años: Los Zetas.
La organización criminal, también conocida como el cártel de la última letra, fue formada por desertores de una unidad de élite del Ejército, quienes se convirtieron en la guardia de Osiel Cárdenas Guillén, fundador del Cártel Golfo. Tras el arresto de Cárdenas, esos “guardespaldas” empezaron a actuar por libre y montaron Los Zetas, quienes habían aprendido a obtener información y a utilizarla.
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Heriberto Lazcano Lazcano, fundador de dicha organización criminal, se ocupó de que ese conocimiento se explotase en beneficio del crimen. Los Zetas se expandieron a toda prisa, haciéndose con el control criminal de las localidades que les interesaban, una de ellas Coahuila.
Ahí dirige el sicario identificado como el “Guacho”, que en 2011 fue detenido por las autoridades en Coahuila.
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El “Guacho”, según el periodista Pablo Ferri, es pieza esencial de la historia de ocho militares presos desde 2011 forzados a confesar sus vínculos con el crimen organizado.
De acuerdo con Ferri, este cabecilla de Los Zetas, fue el encargado de entregar una lista que contenía los nombres de quince miembros del Ejército que supuestamente colaboraban con Los Zetas.
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Francisco Javier Soto, uno de ellos, fue condenado a 26 años de prisión. La historia comienza el 13 de marzo de 2011. Sonó el teléfono. “Le llamó el coronel para que fuera al batallón”, cuenta a Ferri la esposa del teniente Soto.
Aunque éste se encontraba de descanso, el coronel, comandante del 69 Batallón de Infantería, no le dejó demasiadas opciones. Soto se uniformó, agarró su auto y se dirigió al batallón. Él, su esposa Tanya y la hija de ambos vivían en un inmueble cercano a la instalación militar, así que no tardó en llegar.
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Acostumbrada a los domingos perdidos, a Tanya no le extrañó la situación. Pasaron las horas y fue un par de veces al batallón. Alrededor de las 17:00 horas, Soto la llamó por teléfono, le dijo: “ve a Soriana y compra pelotas de tenis un cepillo y champú. Yo fuí”, recuerda. —El trabajo de Soto incluía cuidar y adiestrar a los perros del Batallón—.
La urgencia del coronel aquél domingo 13 de marzo respondía, según detalla Ferri, a un perro lastimado. “Le dijo que un binomio canino estaba lastimado, así que se vistió (Soto) y se fue”, declara Tanya.
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Cuando llegó, le esperaba un subordinado del coronel. Soto recuerda que lo primero que hizo fue preguntar por él. En ese momento, el teniente recibió los primeros golpes. Soto dice que lo bajaron a empujones de la comandancia y lo esposaron, le pusieron una camiseta en la cara y lo subieron a un auto.
“Éramos como tres, nos tiraron a unos colchones y nos dejaron en paz”, señala Soto.
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Dice Ferri que aunque Soto se resiste a dar los detalles de su experiencia, sus declaraciones ante las autoridades permiten acercarse a su dolor.
“(…) Al tiempo de unos minutos me quitó la bolsa de la cara y me hizo la pregunta, que quién era TAURO, para quién trabajaba y que me dejara de hacer pendejo (…)”, documenta el periodista sobre el testimonio de Soto.
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Las acusaciones y los supuestos vínculos de Soto con Los Zetas nacen de las declaraciones de dos presuntos miembros del grupo criminal: el “Gerry” y “Guacho”. De acuerdo con éste último, en Saltillo tenían todo controlado.
La versión del sicario apunta que Los Zetas pagaban entre 10,000 y 50,000 pesos a los militares, y el era el encargado de la nómina.
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La versión del “Gerry” es aún más contundente. En su declaración, el criminal inculpa a Soto argumentando que Soto era uno de los enlaces con Los Zetas. Luego, ante un juez militar, el “Gerry” negó la acusación y dijo que los agentes de la SEIDO le obligaron a incriminar al teniente.
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