OPINIÓN: La protesta de los girasoles

Las protestas del estudiantado del ITAM y las reacciones en las redes sociales muestran nuestra incapacidad de reconocer que las aulas son espacios de poder y como tales, en ellos se puede generar influencia intelectual, pero también violencia

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Las recientes protestas encabezadas por los estudiantes del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) provocó diversas reacciones en las redes sociales y entre estudiantes de distintas instituciones educativas. Desde los pronunciamientos solidarios de organizaciones estudiantiles, hasta vituperios, reclamos y reacciones coléricas de profesores, alumnos y exalumnos de distintos centros de investigación. Comparto unas reflexiones sobre esto.

Primero, parte de las reacciones que leímos en las redes sociales muestran la incapacidad social y colectiva de generar empatía con las víctimas. Incapacidad de comprender que la violencia es un proceso subjetivo que ocurre en la intimidad de la persona violentada. De entender que no todos la viven de la misma forma y que no a todos afecta de la misma manera. Incapacidad que se traduce en una forma particular de valorar a la persona afectada: como objetos clasificables que es necesario incluir en tipologías que jerarquizan distintas formas de violencia. Las redes sociales mostraron esta forma de entender a las víctimas como objetos en cuanto a su resistencia al dolor y que están sujetos a una escala de lo permisible. “Eso no es sufrimiento” parecía que se les decía a los jóvenes que se manifestaban.

Segundo, parte de las reacciones que leímos en las redes sociales muestran la incapacidad de entender que las protestas no expresan un reclamo de fin de semestre; no exhiben el capricho o las exigencias inconsecuentes de alumnos; ni son un artilugio para buscar salvar el ciclo escolar. No es así. Las protestas articulan el cansancio y el hartazgo del alumnado. El hartazgo y el cansancio ante un esquema de evaluación y de enseñanza aprendizaje que los ha colocado en situaciones de crisis. Un modelo que no solo produce malestar, perturbación emocional y psicológica, sino también agresiones concretas: verbales y físicas.

Tercero, parte de las reacciones que leímos en las redes sociales muestran nuestra incapacidad de darle su justa dimensión a un reclamo legítimo; de entender el verdadero drama detrás de las protestas. Lo que se traduce en la imposibilidad de interpretar las demandas sin prejuicios de clase, sin moralina y sin maniqueísmos. Las redes sociales mostraron con nitidez que nuestro lenguaje político aun contiene un fuerte sentido paternalista que o se rendía ante los “pobres muchachos” o regañaba a los “revoltosos”. Finalmente, las redes revelaron que nuestra conversación pública mantiene una fuerte impronta patriarcal y machista que no dudó en hacer escarnio de lo “débil” y “frágil” de las y los jóvenes que se manifestaban. Los “hashtags” #MártiresDeStarbucks y #GeneraciónDeCristal son corolario del terrible clasismo y machismo detrás de las críticas a las protestas del ITAM. En fin, se trató de una lectura sumamente simplista y deshumanizada ante el dolor y la angustia de los otros. Una lectura que, por si faltara más, se politizó y buscó convertir un reclamo legítimo, en una queja sin sentido y buscó convertir al ciudadano que se manifestaba, en un sujeto sin derecho, ni legitimidad, para protestar.

Cuarto, las protestas del estudiantado del ITAM y las reacciones en las redes sociales muestran nuestra incapacidad de reconocer que las aulas son espacios de poder y como tales, en ellos se puede generar influencia intelectual, pero también violencia. Las aulas se estructuran en torno a una autoridad, la del profesor o la profesora. Una autoridad con plena legitimidad para impartir conocimiento –es cierto–, pero una autoridad que, en el ejercicio de su cátedra, se posiciona en una relación vertical sobre la alumna y el alumno. Además, como autoridad, el profesor o la profesora poseen diversos recursos no solo para ejercer su influencia intelectual –y en ese sentido enseñar–, sino también, para activar dinámicas de disciplina, vigilancia y castigo. Por si fuera poco, los profesores se hayan sujetos a expectativas de rendimiento institucionalmente estabilizadas que se traducen en prácticas hiperdemandantes y en discursos que legitiman la sobrecarga de trabajo y la autoexplotación. De tal suerte, el profesorado se encuentra en un equilibrio inestable que tanto puede generar beneficios, como también maleficios.

Quinto, las protestas del estudiantado del ITAM muestran nuestra incapacidad de reconocer que las protestas expresan el agotamiento de un modelo pedagógico que en no pocas universidades y centros públicos de investigación es hegemónico. Un modelo que ha institucionalizado formas de evaluación basadas más en resultados cuantificables y verificables, que en el impacto en el estudiante de la experiencia de construcción del conocimiento. Un modelo que parte de entender al alumno, más como receptor de ese conocimiento, que como coproductor. Un modelo que abreva de una acepción técnica del concepto de “calidad educativa”, que se aleja de sus anclajes socioculturales, y que, en contraparte, se acerca a criterios propios del mercado.

Sexto, las protestas del estudiantado del ITAM muestran la necesidad de un sector social por minimizar un movimiento que se les aparece como absurdo. Pero justo ese es el sentido de toda protesta social: levantarse desde las profundidades de la vida cotidiana, desprender un fragmento de nuestro mundo de vida y criticarlo, desnormalizarlo, observarlo desde otro ángulo y transformarlo. Para eso se hicieron las protestas del ITAM: para hacernos ver que los contenidos culturales que nos servían para interpretar cierta forma de enseñanza han cambiado. Para hacernos ver que las normas que prescribían los comportamientos legítimos dentro del aula se han agotado.

Queda claro que la permanencia del régimen punitivo de enseñanza no tiene futuro. Nuestros estudiantes, la masa crítica a la que contribuimos a formar, ha dicho ¡NO MÁS! No es un capricho ni una queja de fin de semestre. Es la expresión de un modelo que se agotó, pero que aun nos invita a repensar nuestras pedagogías, a replantear nuestros paradigmas sobre la docencia. Entender que como docentes nos toca empatizar con humanos, formar personas, compartir conocimientos con alumnos y saberes con pupilos. Debemos ver esto como un triunfo cultural de un proceso de formación al que, como profesores, hemos contribuido.

* Profesor-Investigador al Programa de Política de Drogas del CIDE en su sede Región Centro

Lo aquí escrito es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio

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