
Por Diana Zavala
Hernán Cortés decidió su destino desde el momento en que pisó territorio americano en 1519 y ordenó quemar las naves: conquistar o morir en el lugar, pero nunca dar marcha atrás.
Aunque las circunstancias políticas de su país lo hicieron regresar a España en 1541, en donde falleció, no abandonó la idea de volver al nuevo continente y jamás salir de ahí.
La última petición que Hernán Cortés escribió en su testamento fue que su cuerpo descansara para siempre en la Nueva España, ahora México, pese a ser una nación que lejos de alabarlo y honrarlo, lo cataloga como un personaje invasor.
Su deseo se cumplió. A pesar de las amenazas del pueblo de destruir sus restos o enviarlos al extranjero, han permanecido durante tres siglos en México, tierra en donde él se sintió triunfador, en la que se derramó sangre, en donde lloró y hasta se enamoró.

La "tumba" de Cortés es un muro de la iglesia de Jesús de Nazareno ubicada en República del Salvador 119, recinto que pasa inadvertido en el trajín de la Ciudad de México, a pesar de ser un compendio de momentos históricos del país.
A tres calles del Zócalo, la parroquia también posee la fachada de la primer catedral del país, y un mural poco apreciado de José Clemente Orozco.
Fue el mismo Hernán Cortés quien ordenó la construcción del sitio en donde sin saberlo, quedarían sus restos.
La iglesia acompañaría al Hospital de la Inmaculada Concepción de María, ahora de Jesús de Nazareno, que fundó en 1522 en el centro de la Nueva España, explicó a Infobae México el historiador Rodrigo Martínez Baracs, director de la Academia Mexicana de la Lengua e historiador del Instituto Nacional de Antropología.

Pero Cortés no logró ver la obra edificada. Falleció en 1547 y el templo comenzó a construirse medio siglo después, por el arquitecto Alonso Pérez de Castañeda, quien también participó en el diseño de la Catedral Metropolitana del Centro Histórico.
Después, al ya no haber un líder que vigilara el cumplimiento de las órdenes al pie de la letra, la obra fue abandonada durante décadas. Hasta que, en 1662, el capellán Antonio de Calderón Benavides ordenó que se reanudara su construcción.
La primer catedral que se creyó perdida
Para entonces, la primer catedral de México que los españoles decidieron construir en 1525 encima de las edificaciones que usaban los aztecas para adorar a sus dioses, había sido demolida.
Se creyó que ya no quedaba nada de esta construcción que tenía gran valor en la historia de la evangelización en América, pero en 1985 la historiadora María Concepción Amerlinck descubrió que la fachada se conservó.

En unos documentos se declaró que fue comprada por el convento de Santa Teresa la Antigua, que aún se encuentra en la calle Loreto del centro de la ciudad. Allí fue instalada en 1625.
Setenta años después, se decidió que el frente se trasladaría piedra por piedra a la ya terminada iglesia de Jesús de Nazareno, donde se conserva en la actualidad.
Este es el único vestigio que queda de la catedral más antigua del país.
Los ocho destinos de los restos de Hernán Cortés
En 1541, Hernán Cortés regresó a regañadientes a España: había sido llamado a juicio por problemas con su residencia en el nuevo continente. De manera obligada y sin dinero ni reconocimiento en su país natal, vivió en casa de un amigo durante seis años hasta su muerte.
Martínes Baracs dijo que a partir de ese momento su cuerpo fue exhumado y movido de lugar en ocho ocasiones, hasta que nueve años después su deseo de permanecer en la Nueva España se cumplió.
El primer lugar en el que fue enterrado, fue la Cripta del duque de Medina Sidonia en la capilla del monasterio de San Isidoro del Campo en España. En 1550 los restos de Cortés fueron trasladados dentro de la misma iglesia, junto al altar de Santa Catarina.
Quince años después su familia decidió cumplir con la petición en su testamento. En 1556 sus restos fueron enviados a la todavía Nueva España para ser enterrados en la Iglesia de San Francisco en Texcoco.
Había decretado que el lugar de su sepultura fuera una parroquia que mandó a construir en Coyoacán, pero su edificación nunca se llevó a cabo, por lo que los restos de Cortés nunca llegaron ahí.
En 1716 los restos de Hernán Cortés fueron movidos de lugar otra vez, al retablo mayor de la misma capilla.
En medio de la oposición de gran parte de la población a la opresión española, la familia Pignatelli, heredera de Cortés, decidió en 1794 que se trasladarían sus restos al lugar en donde se encuentran ahora, para protegerlos de la secularización de las doctrinas de fines del siglo XVIII, explicó Baracs.
Pero en la Iglesia de Jesús de Nazareno tampoco estuvieron a salvo. En 1823 después de la Independencia de México, los pobladores querían quemar los restos de Cortés. El empresario conservador Lucas Alamán, que era cercano a los Pignatelli, decidió esconderlos.
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