Para la cosmovisión indígena wichí, las mujeres y la comunidad no viven del monte: son el monte. “El chaguar me da la vida”, remarca a Infobae la cacica wichí Jorgelina Jara, líder de la comunidad.
Las mujeres wichí de Tartagal dependen del chaguar para producir artesanías. Confeccionan tejidos y objetos de uso doméstico, que sostienen la economía familiar. La degradación del bosque chaqueño amenaza de manera directa la disponibilidad de esta fibra nativa y pone en riesgo no solo una fuente de ingresos, sino también conocimientos ancestrales y prácticas culturales transmitidas entre generaciones.
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Una fibra que escasea: el chaguar —Bromelia hieronymi y especies relacionadas— funciona como indicador biológico de la salud del bosque del Gran Chaco Americano.
Para la comunidad, también representa una medida concreta de equilibrio y de futuro: si el chaguar desaparece, no se pierde únicamente una planta. Se compromete una economía, una cultura y un sistema de conocimiento ancestral que la comunidad wichí transmite entre generaciones, con el corazón y el profundo sentido de un legado.
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Nativa del Gran Chaco Americano, la planta de chaguar fue utilizada históricamente por las mujeres wichí para producir fibras textiles. Con ellas elaboran yicas, bolsos, redes, tapices, animales, paneras y diversos objetos o utensilios, así como otras artesanías que representan una fuente importante de ingresos familiares.
Esta crónica, junto al contenido audiovisual, es la segunda entrega de una serie de cuatro episodios que narran cómo mujeres de comunidades indígenas diseñan su futuro con modelos de resiliencia productiva.
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Infobae y la periodista Daniela Blanco recibieron una beca internacional del Pulitzer Center, organización de referencia en apoyo al periodismo de investigación.
Estas narrativas en el Gran Chaco Americano forman parte del proyecto presentado al Pulitzer Center junto a Gabriela Oliván, líder y fundadora de Women’s International News Network (WINN), la red global que impulsa el liderazgo de mujeres periodistas y promueve un periodismo libre, innovador y sin sesgos.
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¿Qué ocurre cuando desaparece la materia prima de la que viven las mujeres wichí?

El chaguar crece asociado al bosque chaqueño y su disponibilidad está vinculada a la salud del ecosistema. En esa relación, el cambio climático aparece como parte del problema, no solo por la escasez de la fibra, sino también por el impacto sobre el hábitat.
Aunque el chaguar no suele cultivarse y depende de la conservación del monte, el desafío ante la escasez es producirlo cerca, fuera de su hábitat natural. En la comunidad de Tichat, un proyecto liderado por la ONG Pronorte impulsa el cultivo de chaguaderales en los fondos de las casas de las mujeres wichí. En Tartagal no crece el chaguar de manera directa; las mujeres lo buscan en el monte. Poder traerlo y cultivarlo en los fondos de las casas es una forma concreta de asegurar la sostenibilidad de las artesanías de la comunidad wichí.
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Estas tejedoras del monte wichí emergen en Pichanal, una localidad seca y árida situada a poco más de 100 kilómetros de Tartagal. La economía de las artesanas depende del chaguar, hoy considerado un ícono como especie amenazada.

Cuando Infobae visitó la comunidad de la tierra wichí, la vulnerabilidad del entorno volvió todo más urgente: el impacto del cambio ambiental sobre los ingresos y la autonomía económica de las mujeres es directo cuando el monte se degrada y el chaguar deja de estar disponible.
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La variabilidad del clima en el Gran Chaco Americano es otra manifestación del cambio climático, con efectos acumulativos sobre el monte y su biodiversidad.
El rol vital del chaguar para la comunidad wichí
Las fibras de la planta chaguar (Bromelia hieronymi) fueron utilizadas históricamente por las artesanas wichí para elaborar artículos de uso cotidiano y piezas para la venta.
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Más allá de su importancia en la economía familiar, Sebastián Gómez, técnico del proyecto Tichat de Fundación Pronorte, explicó a Infobae que la artesanía es “ante todo un modo de expresión, de transmisión y reivindicación cultural”.
Además, advirtió sobre un problema ambiental actual: la escasez de plantas de chaguar de calidad en el bosque nativo.
En el proyecto Tichat, impulsado por la Fundación Pronorte, se combina el cultivo de chaguar a nivel familiar con la recolección tradicional en el monte. La experiencia comenzó en 2018 y se mantiene vigente, con la participación de artesanas, Fundación Niwok y el INTA.
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Sobre el chaguar, hay cuatro puntos clave: no suele cultivarse, depende de la conservación del monte, crece asociado al bosque chaqueño y su disponibilidad está vinculada a la salud del ecosistema. En la intersección entre economía, cultura y ambiente, el cultivo a escala familiar surge como una respuesta posible frente a la escasez, como complemento y no reemplazo de la recolección en el monte.
Jorgelina y el arduo trabajo de tejer la fibra de chaguar

Infobae entrevistó a Jorgelina Jara, cacica de la comunidad wichí en Tartagal. Las mujeres guardan el saber ancestral y asumen la responsabilidad de transferirlo a la mayor cantidad posible de mujeres, especialmente de las mayores a las más jóvenes, para que tengan en sus manos la posibilidad de desarrollarse y sobrevivir.
“Nosotras somos wichí”, inició la cacica Jorgelina en diálogo con Infobae.
—Es un honor verlas tejer, en una fila intergeneracional. Están tejiendo juntas, cada una con su paño de fibra de chaguar, entramando las fibras; luego viene el teñido. ¿Cuánto tiempo les lleva hacer un paño de chaguar para, por ejemplo, fabricar una cartera?
—Jorgelina: Con este paño estoy desde hace un mes. Se empieza con las espinas, luego hay que machucar y teñir con algarroba y urundel. El proceso no suele reflejarse en el objeto terminado. Es muy laborioso. Parece que no cuesta, pero cuesta mucho. Nosotras somos trabajadoras. Ustedes nos ayudan a abrir la puerta. Ahora se conocerá en todos lados.
—¿De quién aprendiste este saber ancestral? ¿Veías a tu madre, a las mujeres de la familia?
—Vi a todas las mujeres de mi alrededor trabajar el chaguar. A mis nietas les digo: “Hay que aprender”. Yo no sé hasta cuándo voy a estar, esperaré a que Dios eleve mi alma al cielo. Y ellas van a quedar en mi lugar y van a trabajar como yo. Cuando venga gente de afuera, ella te va a conocer como yo. Toda la gente me conoce. Adonde voy, la gente me dice: “Ahí está la que sale en la tele, en celulares”. Me gusta eso, yo no tengo vergüenza.
—Es una manera de que la sociedad conozca lo que hay detrás de una cartera o un paño de chaguar. Cada pieza guarda la historia de vida de todas ustedes, que además enfrentan el desafío de la escasez del chaguar.

—Sí, el chaguar se está terminando. No crece en Tartagal, hay que ir a buscarlo al monte. Cuando viene gente de Chaco, nos trae. Cambiamos por colchas, cambiamos cuatro o cinco polleras nuevas por hojas de chaguar para poder trabajar. El chaguar me da la vida. Cuando usted o alguien compra y ya tengo para el pan, con eso mantengo a mis dos huérfanos. Mis nietos ahora ya son grandes, y tengo más tiempo para salir a buscar chaguar.
Infobae confirmó en el territorio la escasez del chaguar: cuando no existe intercambio para conseguirlo entre los lugareños de la comunidad y alrededores, queda por delante una larga caminata —de al menos cinco a seis horas, ida y vuelta— hasta el monte en busca de chaguaderales.

Luisa, artesana wichí, y la ardua tarea de buscar chaguar en el monte
—¿Cómo es ese proceso arduo de ir a buscar el chaguar al monte, de pincharse los dedos hasta convertirlo en fibra?
—Luisa: El chaguar es muy trabajoso, tiene muchos procesos. Para nosotros, buscarlo es un desafío muy grande porque en esta zona de Tartagal no hay, y tenemos que ir a buscarlo muy lejos. Son horas de caminata, a veces días.
—Una vez que tenés las hojas de la planta frente a vos, ¿qué procesos seguís antes de tener la fibra disponible?
—La fibra se saca de adentro de cada hoja. Luego se remoja. Una vez que la pelás, queda en remojo. Es muy importante y doloroso sacar las espinas para llegar mejor a la fibra. Y con eso se trabaja. Los colores naturales se venden más, y eso también lleva tiempo: buscar la corteza, buscar el árbol, esperar que se seque y molerlo para lograr el color deseado.

—La fibra del chaguar conoce los colores. Ahí comienza otra técnica ancestral para lograr el teñido y la tonalización de las fibras.
—No es de un día para el otro; a veces hay que esperar toda la noche y al día siguiente volver a lavar y esperar que se seque la fibra para teñirla. Detrás de cada producto, de cada artesanía, hay una historia. Y pensar que ese bolsito, esa carterita, cuando la vendamos, nos permitirá tener lo que nos hace falta.
En la explicación de Pérez, la artesanía no es solo el objeto terminado: es una suma de tiempos —de caminata, de remojo, de secado— y también una forma de sostenerse.
—El desafío de preservar la planta se impone más que nunca. ¿Qué le dirías a un ganadero que, tal vez por desconocimiento, deja un montón de chaguar al costado del camino?

—Cada uno protege lo suyo. Tener ganado también implica cuidarlo. Al mismo tiempo, hay que pensar que ese chaguar tiene valor para nuestra comunidad. Por ejemplo, en estas zonas de comunidades originarias como la wichí, toba y chorote, trabajamos con chaguar. Y ellos —ganaderos o cualquiera que trabaja sus tierras— lo saben.
Luisa insistió en la misma idea: el chaguar garantiza un sistema de trabajo. La escasez obliga a recalcular qué conviene producir con lo que se consigue y a buscar alternativas que no siempre funcionan. Empezó desde chica, a los 12 años, con telar de algodón, de chaguar, con el hilo que tenía a mano.
Hoy Luisa y Jorgelina hacen yicas, que sirven para guardar y transportar pescados y frutos. “Nuestros antepasados —recuerdan ambas— usaban las yicas hechas de chaguar para la tarea de recolección en el monte. También, inspiradas por nuestras hijas y nietas, hacemos paños, carteras y caminos de mesa”.
Cuando la conversación volvió a la escasez, Luisa describió intentos y redes: “Nosotros hemos empezado con nuestros propios medios, a ver cómo y de dónde vamos a sacarlo”. Contó que intentaron cultivar, pero no resulta tan fácil: “Intenté plantar chaguar, pero nunca creció”.

Plantar en el patio
La cacica Jorgelina Jara tuvo mejor suerte al buscar nuevas alternativas y soluciones para la preservación del chaguar: “Plantar en el patio de nuestras casas”, precisó a Infobae. Jorgelina relató que llevó “como cinco” plantas, las sembró y, con el tiempo, crecieron. “Para poder tener trabajo”.
Si el chaguar no alcanza, las mujeres buscan otros materiales para sostener la producción artesanal: “Si no tenemos chaguar, usamos lana para hacer yica. Y hacemos jomba, yica con tapa. Todo esto lo hacemos nosotras”.
Luisa es madre de siete hijos. El monte sigue siendo el lugar de crecimiento natural del chaguar. Y cuando falta el chaguar “natural”, la respuesta vuelve a ser la misma: adaptarse.
Luisa resume el legado ancestral del que forma parte: “Detrás de cada artesanía hay una historia, lo que vivimos día a día. Con ese bolsito, esa carterita que vendemos, vamos a tener lo que nos hace falta. Es un sacrificio seguir siendo artesana. Hay muchísimos artesanos que lo padecen, que lo siguen sufriendo. Algunos piensan que es solamente un bolsito, pero detrás de eso está la historia de nuestros ancestros”.

El chaguar del futuro
El Gran Chaco Americano (GCA) es un bioma que ocupa más de un millón de kilómetros cuadrados en el corazón de Sudamérica. Entre Argentina, Paraguay, Bolivia y Brasil se extiende este bosque —el segundo más grande de Sudamérica después de la Amazonía—, donde conviven 29 lenguas indígenas, miles de especies animales y vegetales, y cerca de nueve millones de personas.
El territorio del GCA es uno de los más afectados por la deforestación, la pobreza estructural y el avance de modelos extractivos que amenazan su equilibrio ambiental.
En ese contexto, la experiencia del proyecto Tichat busca crear una especie de “chaguar del futuro”, como lo llamó Infobae ante la propia comunidad wichí. A partir de las experiencias de las mujeres wichí, la idea es cultivar chaguaderales fuera del monte, cerca de las casas, como respuesta a la escasez de la fibra.

En diálogo con Infobae, Sebastián Gómez, técnico del proyecto Tichat de Fundación Pronorte, explicó el sentido de esa estrategia y su implementación en el territorio: “Frente a la escasez del chaguar que presenta el monte, las artesanas como Érica, con sus manos, plantaron este chaguar madre y creció, y vemos unos ‘hijitos’ a su alrededor. Por eso, sin duda, el camino es la preservación y la conservación, el mensaje que está dejando el monte frente a la escasez de un elemento fundamental para las artesanas, para que puedan continuar con el legado ancestral”.
Gómez destacó que la experiencia de plantaciones de chaguar se desarrolló “con varias mujeres” en la zona de Tartagal y que la idea es replicarla para que “tengan chaguaderales en su propio territorio”. “El chaguar ha prendido, está teniendo hijos y la idea es ir replicando esto”, describió, y lo definió como “un gran avance” ante la falta de materia prima.
En su análisis, el cultivo cerca de las casas no reemplaza el vínculo cultural con el monte, sino que busca sostenerlo: “La simbiosis que hay de las mujeres con el chaguar está en la esencia del pueblo wichí”. Por eso, el proyecto se apoya en una red: “Es una experiencia que se va replicando en una red de mujeres que están asociadas con ingenieros de recursos naturales”.
Sobre el final, Gómez lo planteó como un objetivo inmediato y concreto: “Ojalá en breve tengamos un chaguaderal en los fondos de la casa de Érica, porque es una manera de continuar con el legado, necesita la planta, y para ello hay que conservarla y multiplicarla. Es una planta sagrada para ellos y esta experiencia está siendo positiva y viable, está dando resultados y nos anima a seguir conservando estos saberes y estas prácticas”.

Chaguar y cambio climático: qué se altera en la fibra y en el monte
Consultada por Infobae, la experta del INTA María Inés Cavallero estudia la relación entre el chaguar y el cambio climático, y advierte que la vulnerabilidad de la especie aumenta ante la degradación del monte. “En la región chaqueña —explicó—, el chaguar crece ligado al bosque nativo y depende de sus condiciones microclimáticas, como la sombra, la humedad y la fertilidad. En ese contexto, cualquier retroceso de la cobertura arbórea expone a los chaguaderales a un ambiente más hostil y reduce su producción”.
Cavallero detalló cambios en la dinámica de lluvias: “No se trata tanto de la disminución de precipitaciones, sino del aumento de eventos más extremos como sequías prolongadas, lluvias muy concentradas y erráticas, y el corrimiento de las fechas habituales. Esto deriva en menos agua disponible para las plantas, más estrés y menor crecimiento”.

Sobre las temperaturas, Cavallero indicó que el chaguar tiene un metabolismo particular, el “CAM” (Metabolismo Ácido de las Crasuláceas), que le permite fotosintetizar con alta temperatura y bajas precipitaciones. Sin embargo, advirtió que cuando las temperaturas se elevan demasiado, su funcionamiento se ve afectado.
El impacto también llega a la calidad de la fibra. Cavallero señaló que el estrés térmico e hídrico afecta el desarrollo de las hojas y que las artesanas reportan que, con mayor radiación o sequía extrema, las plantas producen hojas más cortas, quebradizas y con fibras de menor calidad. Ese deterioro complica el proceso de desfibrado y el hilado, y se observa con mayor claridad en plantas que crecen fuera del monte, en ambientes más restrictivos.
Aun así, Cavallero planteó un matiz central: el cambio climático afecta al chaguar, pero “no es su principal enemigo”. En su diagnóstico, el factor más crítico hoy es el avance y desplazamiento de la frontera agropecuaria, que destruye el hábitat de forma directa.
El chaguar, un seguro contra la crisis del clima

La especialista del INTA sugirió que el chaguar podría considerarse un “seguro” ante el cambio climático: una planta resiliente, con menores requerimientos que otras especies, que podría seguir contribuyendo al ingreso de las mujeres artesanas si se logra sostener la producción de fibra y el entramado social y cultural que la rodea.
En diálogo con Infobae, Fernando Semenza, técnico ambiental de ACDI, indicó que el chaguar es una bromelia, una forma de vida vegetal nativa del Gran Chaco Americano. Las artesanas wichí de Tartagal, explicó, utilizan la especie Iern-iernoymi.
Su importancia en el territorio va más allá de lo botánico: “Para las mujeres wichí de Tartagal y de otras zonas del Chaco Seco y el norte de Salta, el chaguar no es solamente una fibra textil, sino que forma parte de una identidad cultural y de un conocimiento que atraviesa distintas generaciones”.

“Las mujeres van al monte y recolectan las hojas —hoy con machetes, antes con palos u horquetas—, extraen la fibra, la hilan con un procedimiento que Semenza definió como ‘bastante complejo’ y elaboran artesanías”.
En su diagnóstico, Semenza señaló que el principal problema actual es la pérdida del monte nativo, un conflicto que se manifiesta en el desmonte y en los incendios. Aunque el chaguar está adaptado a ambientes secos, depende del microclima que genera el bosque y de un sistema de interacciones —desde microorganismos del suelo hasta depredadores— que se altera cuando suben las temperaturas y se prolongan las sequías.
En ese escenario, afirmó que “se reduce el crecimiento de la planta y se vuelve más lenta su regeneración. Se reproduce principalmente por hijuelos y, con las alteraciones —la mayoría extremas— del clima, se generan menos hijuelos”.

Ese deterioro tiene una consecuencia directa para las mujeres: cada vez hay menos plantas disponibles y deben recorrer mayores distancias para encontrarlas. Semenza añadió que hoy el territorio indígena “está delimitado” y que, si el chaguar no aparece dentro de esos límites, la búsqueda empuja hacia otras fronteras “con dueños”, lo que genera un conflicto adicional: “Para la cosmovisión indígena, la tierra no tiene dueño”.
Una beca internacional que reconoce el periodismo de investigación
Cada uno de los cuatro reportajes —estrenados el 13 de julio y publicados durante cuatro lunes consecutivos— profundiza en historias de mujeres de comunidades indígenas y un clima que cambia, a partir de un trabajo en el territorio del Gran Chaco Americano, una región estratégica para la biodiversidad de Sudamérica y especialmente expuesta a los efectos del cambio climático.
Como se detalló en la primera nota de la serie, las siguientes organizaciones de la sociedad civil fueron determinantes para la investigación de Infobae en el territorio: Redes Chaco e Impacto Verde (que articula a seis organizaciones: Fundación Pronorte, Pata Pila, ACDI Argentina, Fundación Proyungas, Fundación Gran Chaco y Avina).

Sobre el Pulitzer Center
Fundado en 2006 en Washington D.C., el Pulitzer Center es una organización sin fines de lucro que apoya el periodismo de calidad sobre desafíos globales mediante becas, alianzas con medios y programas educativos. Su foco está en investigaciones y coberturas de profundidad sobre cambio climático, salud, derechos humanos, migraciones, democracia, economía y desarrollo sostenible. Cada año selecciona proyectos de distintos países a través de convocatorias competitivas. Sus becas han respaldado trabajos publicados en medios de referencia y visibilizado historias que suelen quedar fuera de la agenda informativa tradicional.
*Fotos y realización en el territorio: Matías Arbotto
*Director de los episodios audiovisuales: Alejo García Sosa y equipo Media Lab Infobae
*Este artículo fue producido gracias al apoyo de Pulitzer Center
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