
El aire guarda una memoria invisible que rara vez ocupa el centro de la atención pública. Cada entorno, desde un bosque húmedo hasta una calle urbana o una flor en apertura, emite una combinación única de moléculas que el cerebro traduce en olor.
Investigaciones recientes advirtieron que el cambio climático, la contaminación y la pérdida de biodiversidad están alterando el paisaje olfativo del planeta. Muchos aromas característicos podrían desaparecer, con implicancias que afectan la salud, el bienestar y la identidad cultural.
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Un sentido clave, pero subestimado
El olfato establece una vía directa entre el entorno y el sistema cerebral. La nariz humana puede identificar más de mil millones de olores, que se detectan cuando moléculas químicas ingresan al sistema olfativo y activan receptores en la cavidad nasal. Estas señales llegan a regiones cerebrales relacionadas con la emoción y la memoria.
Lucia Jacobs, psicóloga especializada en olfato de la Universidad de California en Berkeley, enfatizó en diálogo con Smithsonian Magazine: “El sistema olfativo es la única parte del cerebro que está en contacto directo con el mundo exterior”. Esta característica permite que ciertos aromas evoquen recuerdos inmediatos y generen respuestas emocionales intensas.
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Aunque su función es relevante, el olfato suele ceder protagonismo frente a otros sentidos. Gregory Bratman, investigador del Laboratorio de Medio Ambiente y Bienestar de la Universidad de Washington, mencionó que “estamos inmersos en entornos olfativos invisibles en los que, al menos en el mundo occidental, tendemos a no pensar demasiado”.
El impacto del calentamiento en el aire que se respira
El aumento de las temperaturas modifica la composición química del aire y cambia cómo se generan y perciben los olores. El ingeniero químico Idelfonso Nogueira señaló que incluso variaciones térmicas leves pueden modificar el perfil aromático de un entorno: “Si esa temperatura sube un poco, cambias el perfil de los componentes químicos del aire”.
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El calor incrementa la liberación de moléculas desde superficies naturales y artificiales. En ciudades, materiales como el asfalto o las viviendas desprenden con mayor intensidad compuestos orgánicos volátiles, entre ellos formaldehído y benceno.
Jieling Xiao, de la Universidad de Birmingham City, explicó a Smithsonian Magazine que “si la temperatura es más alta y las moléculas se mueven más rápido, es más probable que se perciban olores provenientes de los materiales”.

Esto no solo intensifica olores ya presentes, sino que también cambia su calidad. La nieve, por ejemplo, absorbe diferentes sustancias químicas en condiciones más cálidas, lo cual altera su olor habitual.
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Aromas en riesgo de desaparición
La pérdida de biodiversidad representa un factor crucial. Muchas plantas responsables de fragancias comunes atraviesan condiciones ambientales adversas; es el caso del sándalo, la vainilla, la lavanda y la bergamota, cuya producción se concentra en regiones específicas como Calabria, en el sur de Italia.
El deterioro de especies también condiciona productos con valor histórico documentado. El incienso, resina de árboles del género Boswellia, enfrenta amenazas como la fragmentación de bosques y el cambio climático.

Cecilia Bembibre, vinculada al proyecto Odeuropa y al University College de Londres, institución académica británica, advirtió: “No es solo un olor, son 3.000 años de historia que estamos perdiendo”.
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Consecuencias para la salud y el bienestar
El entorno olfativo impacta la percepción sensorial, así como el estado físico y emocional. La neurocientífica Rachel Herz expuso en diálogo con Smithsonian Magazine que “el aumento de la contaminación y del ozono está dañando el sistema olfativo periférico y nuestra capacidad de oler”. Investigaciones citadas muestran que las personas expuestas a altos niveles de contaminación tienen mayores dificultades para diferenciar olores.
La pérdida de olfato, o anosmia, adquirió notoriedad durante la pandemia de Covid-19. Una encuesta relevada a 322 personas, identificada en el marco de estudios recientes, reveló que el 56% experimentó una disminución en la calidad de vida, mientras el 43% reportó depresión vinculada a la alteración sensorial.
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El contacto con aromas naturales ofrece beneficios demostrables. Las sustancias conocidas como fitoncidas, liberadas por los árboles, ayudan a reducir el estrés y favorecer la relajación. Estas observaciones fundamentan el desarrollo de prácticas como el shinrin-yoku, o baño de bosque, originado en Japón.
Identidad cultural en riesgo
El olfato tiene un papel central en prácticas culturales y religiosas. En Brasil, el ritual Lavagem do Bonfim integra flores y agua perfumada como parte del ceremonial. Datos del equipo de SCENTinel muestran que estas tradiciones se mantuvieron durante generaciones incluso en situaciones adversas.
Nogueira considera que “el elemento que sobrevivió a esta triste historia fue precisamente el olfato”, en relación con comunidades afrobrasileñas. Sin embargo, la obtención de los ingredientes básicos para estos rituales se enfrenta a crecientes restricciones.
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En la Amazonía, comunidades indígenas observan cambios en el olor del río, relacionados con la contaminación. Este fenómeno no solo expone el deterioro ambiental, también repercute en creencias espirituales y formas tradicionales de vida.
Preservación y nuevas tecnologías
Instituciones científicas desarrollan iniciativas para documentar y reconstruir olores en peligro. Proyectos como Odeuropa trabajan junto a perfumistas y químicos en la recreación de fragancias históricas, mientras SCENTinel desarrolla sistemas de inteligencia artificial capaces de predecir la composición molecular de paisajes olfativos, tanto en el pasado como en el futuro.

Jacobs destacó la carencia de información precisa: “No sabemos lo que estamos perdiendo”, comentó sobre la rapidez de los cambios comparada con la investigación científica.
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Estas estrategias buscan registrar un patrimonio intangible cuya desaparición, de otra manera, quedaría sin vestigio documentado.
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