
Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el cambio climático “ha transformado los ecosistemas marinos, terrestres y de agua dulce en todo el mundo. Ha provocado la pérdida de especies locales, el aumento de enfermedades y ha impulsado la mortalidad masiva de plantas y animales, dando lugar a las primeras extinciones provocadas por el clima".
En ese sentido, un pronóstico científico advirtió que las poblaciones de renos y caribúes del Ártico podrían reducirse hasta en un 80% para el año 2100, especialmente en América del Norte, como consecuencia directa del cambio climático. El estudio fue publicado en la revista Science.
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Esta proyección, basada en un análisis exhaustivo de datos paleontológicos, genéticos y modelos climáticos, pone en jaque no solo la supervivencia de una de las especies más emblemáticas del norte, sino también la estabilidad ecológica de toda la región, según los científicos.
El estudio, realizado por un equipo internacional de investigadores, señaló que Rangifer tarandus, conocido como reno en Eurasia y caribú en América del Norte, enfrenta un futuro incierto. Bajo escenarios de altas emisiones de gases de efecto invernadero, las simulaciones anticipan una disminución del 84% en la abundancia y el área de distribución de la especie en América del Norte para finales de siglo, mientras que a nivel holártico la reducción alcanzaría el 58%.
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Los científicos que realizaron el estudio pertenecen a la Universidad de Adelaida (Australia), la Universidad de California en Davis (Estados Unidos), la Universidad de Aarhus (Dinamarca) y la Universidad de Copenhague (Dinamarca).
Incluso en escenarios intermedios, los autores postularon que las pérdidas proyectadas resultan importantes. En ese sentido, subrayan que estas tasas de declive no tienen precedentes en los últimos 21.000 años, lo que supera ampliamente las fluctuaciones registradas tras la última glaciación.
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Importancia ecológica de renos y caribúes
La importancia de los renos y caribúes en el Ártico trasciende lo biológico, siempre según estos expertos. Como único cérvido adaptado a estas latitudes extremas, Rangifer tarandus desempeña un papel central en la regulación de los ecosistemas de tundra, tal como indicaron los autores. Su presencia mantiene la diversidad vegetal, influye en el crecimiento de distintas especies de plantas y contribuye al equilibrio del ciclo del carbono.
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores reconstruyeron la dinámica poblacional y de distribución de Rangifer tarandus a lo largo de los últimos 21.000 años. Utilizaron fósiles datados por radiocarbono, ADN antiguo y reconstrucciones paleoclimáticas, integrando estos datos en modelos computacionales validados con información empírica independiente.
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Según divulgaron los autores, esta metodología permitió comparar la resiliencia de la especie frente a eventos de calentamiento abrupto en el pasado con su vulnerabilidad ante el calentamiento global proyectado para el siglo XXI.
Consecuencias del declive poblacional y retos para la conservación
Los resultados históricos muestran que, tras la última glaciación, Rangifer tarandus logró sobrevivir a episodios de calentamiento gracias a su versatilidad ecológica, su capacidad de dispersión y su tolerancia a bajas densidades poblacionales.
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Durante el Holoceno, la especie experimentó una contracción de su distribución hacia el norte, con extinciones regionales en Europa y fusiones poblacionales en América del Norte. Sin embargo, las características que permitieron su supervivencia en el pasado no bastarán para evitar un declive masivo bajo las condiciones climáticas previstas para las próximas décadas.

El impacto ecológico de esta disminución poblacional se prevé profundo. La desaparición de renos y caribúes provocaría una reducción de la diversidad vegetal en la tundra, alterando el funcionamiento de los ecosistemas y disminuyendo la capacidad de los suelos árticos para almacenar carbono.
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Según los investigadores, este proceso podría agravar aún más el calentamiento global, ya que la liberación de carbono almacenado en el suelo contribuiría a intensificar el cambio climático, generando un círculo vicioso de retroalimentación negativa para la especie y para el propio ser humano.
La pérdida de esta especie emblemática amenaza con desestabilizar modos de vida ancestrales y debilitar el tejido social de regiones enteras del Ártico.
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