
Nápoles, octubre, 1590. Todo está preparado para ese sangriento final de ópera.
La bellísima María de Ávalos, hija del duque de Pescara, 28 años de carne firme y fuego interior siempre encendido, se deja cabalgar –y cabalga también– por su amante Fabrizio Carafa, duque de Andría y conde de Ruvo.
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Son más que amantes de ocasión. Se han enamorado aún a riesgo de sus vidas: en ese tiempo y lugar, la adúltera puede ser asesinada por su esposo sin que éste reciba castigo.
Todo está preparado. El frenético acto de amor en la enorme cama, el silencio que los cortinados tienden como un manto sobre el recinto, y el silencio del castillo.
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Todo está preparado: será la última noche de los amantes. Porque –oculto– su esposo y unos esbirros caen sobre la pareja con la furia de un huracán.
Los masacran. Infinitas puñaladas, piernas y brazos mutilados a golpes de espada, y balazos de arcabuz.
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Terminan descuartizados sobre un vasto lago de sangre.
El honor ha sido vengado.
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Pero el crimen no ha sido in fraganti.
Lo ha urdido, paso a paso, como el argumento de una tragedia musical, Carlo Gesualdo, de 24 años, casado con su prima María de Ávalos desde 1586.
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¿Quién es, quién fue Carlo Gesualdo?

Nacido el 8 de marzo de 1566 en Venosa, Italia, región de Potenza, e hijo de Fabrizio Gesualdo y Geronima Borromeo, fue noble desde la cuna: príncipe de Venosa, conde de Conza, y segundo hijo de una familia de aristócratas con profundas raíces en la iglesia: es sobrino de Alfonso Gesualdo, arzobispo de Nápoles, y sobrino nieto del Papa Pío IV.
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El bestial crimen de María y su amante desató una ola de indignación. Una muchedumbre pidió la cabeza de los asesinos. Pero la ley y la prosapia lo vistieron con la capa de la impunidad.
Vino al mundo con un notable oído musical, muy pronto puesto a prueba en la academia fundada por su padre y piedra angular para notorios personajes tocados por la vara de Euterpe.
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Muy pronto dominó el laúd, y se destacó en las clases de composición dictadas por el maestro Pomponio Nenna, un dios de los secretos del pentagrama.

Tres años después de que su daga, su espada y su arcabuz cayeran sobre el cuerpo de María, se casó con Leonor de Este, hija del marqués Alfonso de Este. Pero la mala semilla, el pájaro negro que volaba sobre él, recrudeció hasta el borde de la locura.
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Infiel hasta la saciedad, el matrimonio se derrumbó poco después.
Quedó a cargo de dos hijos: uno de ese matrimonio, y el otro de madre desconocida.
Más que extrañamente, ambos murieron muy pequeños. El primero, por asfixia, y el segundo por "un mal de la sangre", según los médicos.
Pero otro baldón cayó sobre Gesualdo: toda la comarca lo acusó de haber matado al primogénito…
Hacia el año 1600, trece antes de su muerte, atormentado por la muerte de sus hijos, eligió un horrendo camino de expiación. Rodeado de jóvenes que lo secundaron, se hundió en una vorágine de juegos masoquistas, flagelación, bárbaros ritos para expulsar a los demonios, y acaso sodomía…
Uno de los ecos de esas tenebrosas sesiones fue una acusación de brujería. Que no negó, pero de la que salió indemne gracias a su poderosa parentela.
Aun faltaba, sin embargo, el tercer acto de ese sombrío caleidoscopio que fue su corta vida: apenas 47 años.

Ese tercer acto fue la música. Desafiante, discordante, "de belleza desorientadora, casi de pesadilla", según más de un crítico, y no menos turbulenta que sus actos secretos. Entre ellos, hacerse apalear por los jóvenes de su secreto clan hasta perder el sentido…
Pese a su sufrimiento físico y mental –lo que hoy sería tratado como un cuadro de depresión profunda–, digno de un penitente al borde del Purgatorio, como aparece en algunos cuadros, legó una gran obra musical de carácter religioso: la Responsoria de Tenebrae, composiciones para los jueves, viernes y sábados anteriores a las Pascuas. Además, y no menos importantes, sus seis volúmenes de madrigales a cinco voces sobre textos de Torquato Tasso.
El siglo XX fue su renacimiento: su música fue comparada con las obras de Schoenberg y Stravinsky.
En sus últimos años se encerró en su castillo, cegado por la culpa, aterrado por su seguro descenso al Infierno, y redoblado su ritual de brujerías.
El 8 de septiembre de 1613 lo encontraron muerto en el sótano de su castillo.
Estaba desnudo.
En el Libro de Difuntos se escribió "suicidio". Pero fuertes rumores apostaron a otro naipe: asesinado por alguno de los jóvenes que lo flagelaban en esas bestiales sesiones que, lejos de expiar sus pecados, eran uno de los círculos del Infierno que Dante Alighieri describió tres siglos antes.
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