
"Princesa enamorada y mal correspondida. / Clavel rojo en un valle profundo y desolado. / La tumba que te guarda rezuma tu tristeza / a través de los ojos que ha abierto sobre el mármol"
(Federico García Lorca, Elegía a Doña Juana la Loca)
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Los ojos de la gleba, del pueblo, jamás han visto caravana tan fastuosa. Es agosto de 1496, es el puerto cantábrico de Laredo, y ella es Juana, la hija de los muy católicos reyes Isabel y Fernando, que se embarca en una carraca genovesa, navío de vela redonda para largas travesías, rumbo a Flandes, donde la espera su prometido, Felipe, archiduque de Austria.
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La corona de Castilla y Aragón debe demostrar esplendor en aquellas tierras, de modo que siguen a la carraca real, que manda el capitán Juan Pérez, diecinueve buques, tres mil quinientos hombres a bordo, más sesenta navíos mercantes.
Ya en tierra flamenca, el camino hacia el castillo es una romería… Cientos de juglares, cómicos, bufones, cantan y bailan y baten palmas, y olvidan el drama vivido a treinta días de la partida en Portland, tierra inglesa, una feroz tormenta casi acaba con el presente y el futuro.
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Refugiado ese circo flotante y ambulante, Juana, que apenas ha cumplido 17 años, pierde ropas y alhajas y crucifijos: la carraca que los portaba encalla en una trampa de piedra y arena, y todo se lo traga el mar, acaso como un presagio de que ese dorado viaje tiene destino sombrío…

¿Quién es Juana? Ha visto la luz en Toledo el 6 de noviembre de 1479, donde muchos años después vivirá y pintará el genio de El Greco. Hija de Isabel y Fernando, la sucesión real no la alcanza: esperan turno de trono sus hermanos Juan e Isabel, y su sobrino Miguel de la Paz. Pero la implacable Dama de la Guadaña le abre camino. Se lleva a los tres, en 1504 a su madre, y ese ajedrez o juego de la oca la instalará, no mucho después, en la más poderosa y extensa corona de España.
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Pero todavía está camino a Flandes, "con lo puesto", mientras sus lujosas ropas flotan tal vez hacia una lejana orilla…, y visten a una asombrada campesina.
Su matrimonio con Felipe, llamado El Hermoso –aunque no lo fue tanto– ha sido, como la mayoría en la historia de la realeza, concertado por las cuatro testas coronadas: Maximiliano I de Habsburgo, y su mujer, María de Borgoña, padres de Felipe, e Isabel y Fernando, padres de Juana, para reforzar su poder frente a Francia: cuestión de estrategia política…, y la joven virgen como moneda de cambio.
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Pero, como en una melosa novelita de la asturiana Corín Tellado (1927–2009), el primer minuto de encuentro entre los prometidos fue un verse y amarse. Tanto, que según indiscreciones de palacio, fue perentorio casarlos para evitar sus fogosos encuentros sexuales allí donde se encontraran.
Pero mal podía la muy católica reina Isabel controlar los estallidos hormonales de Juana…, cuando ni siquiera de muy niña, en su sexto año, aceptó rito religioso alguno. Se negó a la oración, al estudio del catecismo, a la confesión, a arrodillarse, a golpearse el pecho. Para su madre, católica de comunión diaria y fiel esclava de la cruz, una rebeldía intolerable. O peor: la obra de Satanás en el cuerpo de su pequeña hija…
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Por fin, la boda… Sucedió en la pequeña y bella ciudad de Lier, Flandes, el 20 de octubre de 1496, en la iglesia colegiata de San Gumaro. Pero la vida en la corte de Borgoña–Flandes era la antípoda de la corte de Castilla y Aragón.
La primera, moderna, festiva, desinhibida, individualista, casi libérrima, y opulenta merced al dominio del mercado de tejidos iniciado un siglo y medio antes. La otra, sobria, religiosa hasta la asfixia, sombría en las fiestas de guardar, y de luto colectivo y obligatorio en Semana Santa.
Choque profundo que pronto extinguió el matrimonio, salvo en los imprescindibles actos sexuales de los que saldrían los seis hijos paridos por Juana, devorada casi desde el vamos por los celos. Porque amaba a Felipe con todas sus fuerzas, y sentía como latigazos su abandono, concretado en encuentros clandestinos –y sin disimulo– con damas de la corte, doncellas, sirvientas…
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Como un espejo femenino de Otelo, el moro de Venecia nacido de la pluma de Shakespeare ("los celos, ese monstruo de ojos verdes que se burla de la carne que lo alimenta"), Juana desespera. Llega al punto extremo de parir a su segundo hijo, Carlos, en el piso de un baño, por seguir a Felipe hasta una fiesta…
Las sucesivas muertes de dos hermanos, un primo, Isabel (su madre, en 1504) y Fernando (su padre, en 1516), la convierten en Juana I, reina de Castilla, Aragón, Valencia, Mallorca, Navarra, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, condesa de Barcelona y duquesa consorte de Borgoña.
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Un poder omnímodo… que nunca llegó a ejercer en el plano de la realidad. Un poder nominal, simbólico… Porque desde el principio, el rey fue su hijo Carlos. Una clara traición, pero alimentada por el lento descenso de Juana a un mundo de silencio, sombras, fidelidad a su rebelión contra la iglesia y sus sacramentos, y capaz de actos desatinados, como aquél del patio de armas del castillo La Mota: furiosa por no ser bien recibida, pasó toda la noche de un invierno impío a la intemperie, descalza, sin abrigo, semidesnuda…
Cuenta la leyenda que el día de su nacimiento en el imponente Alcázar, hogar de la Corte, y no lejos de allí, en una mísera taberna del Arco de la Sangre, una gitana echó cartas y sentenció:
–La recién nacida será reina, pero no reinará. Será madre de reyes y de reinas, pero morirá en soledad.
Profecía estremecedora que se cumplió al pie de la letra…
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Acaso Juana sólo fue feliz en su niñez, con sus hermanas María y Catalina. Beatriz Galindo, La Latina, escritora y humanista, fue su preceptora. El siciliano Lucio Marineo Sículo, historiador y profesor de griego y latín, la adiestró en esas disciplinas. Aprendió a montar, a dominar instrumentos musicales, a danzar, y fue tan precoz como apasionada lectora.
Sólo se resistió a la religión. Férreamente, y hasta el final de su vida. Y soportando monstruosos designios. Carlos, su hijo, llegó a ordenar que si se negaba a recibir los sacramentos, la torturaran con cualquiera de los pavorosos métodos de la Santa Inquisición, hasta que los aceptara.
La España negra en una de sus más atroces versiones…

El 25 de septiembre de 1506 muere Felipe el Hermoso. En Burgos, después de jugar un partido de pelota con un capitán vizcaíno, toma una jarra de agua helada y muere a las pocas horas. Tiene apenas 28 años.
Causa aparente: neumonía. Pero también circula la versión "asesinato por veneno". Y hasta la de "primera víctima de la peste". Es posible: ese año se desata una epidemia de peste bubónica o peste negra, como se llamó durante siglos…
Juana está embarazada de su sexto hijo. La muerte de Felipe la derrumba. Insiste en llevar el cadáver a la cripta familiar, en la catedral de Granada. En la cartuja de Burgos ordena abrir el ataúd y obliga a toda la Corte a contemplar el cuerpo, que empieza a corromperse.
Luego lo hace subir a una carreta y empieza la peregrinación hacia Granada. En diciembre, pleno invierno, Juana va a la cabeza de la comitiva: un séquito de frailes y nobles que fatiga la llanura castellana en una procesión interminable. Noche y día, día y noche… alumbrándose con antorchas, mientras el cuerpo sigue la inexorable corrupción.
Y para más horror, la caravana se detiene en la villa de Torquemada para que Juana de a luz a su hija Catalina. Un episodio fantasmal. Rayano en la locura…
En 1509, Fernando, su padre, la recluye como una prisionera en el castillo de Tordesillas ante su extraño comportamiento. Vive hasta 1516, pero no levanta la condena. Carlos, su nieto, es coronado como Carlos I de España. Tiene apenas 16 años, pero ejercerá el poder hasta el punto de no perdonar a su madre, que sigue entre los helados muros de Tordesillas.

Gota a gota, lágrima a lágrima, los cuernos que le prodigaba Felipe, el desplazamiento del poder, la abstención sexual –sólo interrumpida para procrear–, la arrinconaron y la despojaron de su personalidad. Vivió en silencio, soledad, meditación. Pero todavía era la reina…, y había que sacarla del medio.
La prisión de Juana superó todo límite de crueldad. Entró a esa mazmorra a los 30 años. Hasta 1525 la acompañó su hija Catalina. Pero al casarse con Juan III de Portugal, la reina despojada quedó sola y a merced de la brutalidad y la ignorancia de los guardianes, que la castigaron de palabra y obra.
La palabra "loca" resonó en toda España y en todas las cortes de Europa.
Quebrada su mente, el deterioro de su cuerpo, la degradación, fueron el inevitable capítulo siguiente. Las piernas no le respondieron. Sin higiene posible, la suciedad la cubrió como un manto. Le quitaron las velas: oscuridad absoluta. Sus pariente, como pirañas, le robaron las pocas joyas que conservaba.

Tenaz a pesar de todo, siguió negándose a confesarse y a comulgar: pasto para que el clero la acusara de endemoniada.
Murió el Viernes Santo de 1555, a los 76 años. Uno de los carceleros dijo que sus últimas palabras fueron "Jesucristo, crucificado, ayúdame". Tal vez sí, tal vez no…
Los dos, Juana y Felipe, yacen embalsamados en la catedral de Granada. Pero sus cabezas se inclinan, opuestas. Y sus ojos, aún muertos, no se miran. Tal como fueron sus vidas después del breve fuego que los unió. De los días en que sus sangres hirvieron.
(Post scriptum: en tiempos modernos –siglo XX–, psicoanalistas y médicos psiquiatras se empeñaron en encontrar una explicación racional, científica, a la locura de la reina Juana. Argumentaron que pudo tratarse de una esquizofrenia paranoide, un delirio celotípico (celos), una esquizofrenia fantasiosa (fantasiofrenia), una depresión profunda, una psicosis esquizoafectiva, un trastorno bipolar, o un cuadro psicótico. También a un cuadro hereditario: una abuela de Juana murió con los mismos síntomas. Pero, ¿no bastan las palabras amor, o locura de amor? ¿Es una simplificación, una cursilería, un cuento de hadas para almas inocentes? Prefiero adherir a Shakespeare. Nadie supo más que él del alma humana. Llamó "amor" al amor, y "un monstruo de ojos verdes" a los celos. No puede haber mejor final para Juana y Felipe. Tal vez debieron morir después de su primer encuentro sexual en un rincón del palacio de Flandes. Si así hubiera sido, sus cuerpos embalsamados se abrazarían").
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