La brillante vida y el triste final del dandy que hace más de 200 años enseñó a vestirse a los hombres de hoy

Especial para Infobae
George Bryan Brummell, el dandy inglés que creó el canon moderno de la elegancia masculina
George Bryan Brummell, el dandy inglés que creó el canon moderno de la elegancia masculina

Si un hombre de hoy se despierta, se baña, se afeita, se perfuma –optativo–, se viste con un buen traje o saco y pantalón combinados, y remata la faena con una corbata bien anudada, sin saberlo, le ha rendido homenaje a otro hombre que vivió en Inglaterra a caballo de los siglos XVI y XVII.
Sólo en algo se resistirá a imitarlo: bañarse en leche, como Popea, una de las mujeres de Nerón, y lustrar sus zapatos… ¡con champagne!

Aquel hombre, George Bryan Brummell, Beau (bello) de apodo, fue amigo de nobles, militar, deportista…, pero esos fueron pasatiempos, hobbies. Su verdadera profesión, obsesión y brújula de su vida fue ser el perfecto dandy. El mejor vestido. Y el más locuaz y encantador personaje de los grandes salones. Un frívolo, pero no en el peor sentido de esa palabra…

Llegó desnudo a este mundo en Londres, el 7 de julio de 1778, y ya en Eton, su primer y exclusivo colegio, decidió convertir su desnudez natal en el cuerpo adolescente más pulcro y mejor ornado del colegio, a pesar de las limitaciones del severo uniforme.

Hijo menor de William Brummell, de profesión político y de lugar social la clase media, su padre dedicó dinero y esfuerzo para convertirlo en un caballero: algo difícil, en esos tiempos palaciegos, si no se ostentaba un título de nobleza.

Ya en Eton mostró la hilacha y rompió un molde que parecía inquebrantable: las medias cortas y blancas, distintivas y obligatorias de esas aulas desde su fundación en 1440 por el rey Enrique VI, además del frac y la corbata blanca. Les agregó, impresa, una hebilla dorada…
Una osadía que bajo otro rey le habría costado reclusión en la Torre de Londres y posterior decapitación por hacha, pero que acaso por su habla florida y convincente, fue aceptada sin debate.

Terminado a los 18 años su paso por Eton, entró en la universidad de Oxford, no menos rígida que Eton pero sí la más antigua del mundo de habla inglesa. No se conoce la exacta fecha de su fundación, pero sus primeros ecos datan de 1096. ¡Siglo IX!

Una vez debajo de las célebres agujas góticas de la ciudad, se espantó ante las sucias medias de algodón y las no menos sucias corbatas del uniforme universitario, y logró, no sin duras pulseadas, que ambas prendas fueran mejoradas.

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A los 16 años, cuando apenas empezaba sus estudios superiores, abandonó la universidad y se alistó en el Décimo Regimiento Real de Húsares…, pero no como bravío lancero o espadachín: como modesto corneta, el rango más bajo. Sin embargo, un año después ascendió a teniente, murió su padre, y atrapó una herencia de 22 mil libras: la tercera parte del total que dejó el difunto don William. Una fortuna, pero insuficiente para sus homéricos gastos en ropa y afeites, imprescindibles para convertirse en dueño del único título sine nobilita que le importaba: Primer Caballero de Inglaterra sin escudo de armas, mansiones y vastas tierras…

De teniente pasó a capitán. Según sus compañeros, "sin entrenarse, sin desfilar, sin cumplir ninguno de los deberes militares. Haciendo lo que quisiera… Todo se lo consentía el príncipe, nuestro general, gracias a su simpatía, su conversación, su refinamiento".

El Príncipe Regente era nada menos que el futuro rey Jorge IV. Alguien decisivo en la brillante vida del dandy… y también en su caída.

Cierto día, su regimiento recibió la orden de marchar desde Londres hasta Manchester. Pero el bello Brummell se negó con una increíble excusa en boca de un soldado:
–No cuenten conmigo. Manchester tiene pésima reputación y ambiente sin distinción, cultura y cortesía.

Colgado el uniforme en la percha final de su escuálido paso por las armas, ya civil pero amigo y hasta consejero del príncipe, empezó a vivir sus años más gloriosos. Repugnado por la moda masculina en curso, pletórica de botones, adornos, pliegues y abalorios, encargó a su sastre la antítesis: abrigos sobrios y oscuros, pantalones largos en lugar de calzas y medias hasta la rodilla, camisas de lino, y un pañuelo o corbata anudado con arte…
Los pantalones no fueron aceptados. "Son ridículos, parecen chimeneas", fue la más benigna de las críticas. Pero admirados por las damas, lentamente ganaron la partida…

Brummell alquiló una casa en la calle Chesterfield, barrio de Mayfair: lo mejor de Londres. Se alejó del juego de naipes y de otras costumbres de la Corte: sus 22 mil libras no daban para y tanto. Pero no renunció a sus gastos en ropa… Según él, un guardarropa tolerable no debía bajar de 800 libras (52 mil en moneda actual): un despropósito, ya que el salario promedio de un artesano era de 52 libras… ¡por año!

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En las tertulias de salón, donde brilló por su lenguaje, su gracia, su poder de seducción, confesó que "vestirme de pies a cabeza me toma cinco horas", y recomendó a los caballeros su método para lustrar las botas: "No hay nada mejor que hacerlo con champagne". En cuanto al baño diario –otra costumbre que impuso entre los hombres, por entonces más afectos al perfume que al agua y al jabón–, no era fácil imitarlo: se sumergía cada mañana en una bañera llena de leche de vaca, aquella extravagancia de Popea Sabina, la segunda mujer de Nerón…

De a poco, todos los altos personajes de su sexo lo consultaron como al Gran Gurú de la moda sobre tipos de tela, cortes, combinación de colores, calzado, sombreros. Es leyenda que, con total impertinencia, tocó las solapas de una prenda del duque de Bedford, y entre alarmado y burlón le dijo:
–Duque, ¿usted llama a esto un abrigo?

Y también fue un pionero en otros hábitos desconocidos o jamás practicados: la limpieza cotidiana de los dientes, la minuciosa afeitada al ras, y la eliminación de los pelos propios de la nariz y las orejas. Aunque en esto se anticipó Publio Ovidio Nasón (43 antes de Cristo–17 después de Cristo) en su libro El arte de amar…

Los deportes no lo seducían ("detesto sudar", comentaba), pero en 1807 se lució jugando al cricket como bateador. Aunque esa módica hazaña sobre el césped no se equiparaba a su despliegue de ropaje avant-garde, sus modales, sus anécdotas contadas con refinado lenguaje, y toda la batería que, como un poderoso imán, cautivaba a las damas. Algo más que meritorio para el nieto de un tendero de Saint James, y el hijo del secretario privado de Lord North y luego gobernador de Berkshire: cargos que le permitieron reunir más de 65 mil libras. Menos que un cofre lleno de monedas de oro, pero sí un pasaje a la vida opulenta.

Ese carácter y esa popularidad le permitían la insolencia. Su amigo el regente, príncipe de Gales y futuro rey, se avergonzó cuando Brummell le dijo con desprecio:
–No me gusta su chaqueta de cola…
O cuando humilló a la duquesa de Rutland en pleno baile:
–Su vestido es una ofensa al buen gusto. Pediré a los lacayos que la acompañen a su casa ahora mismo…

La estatua de Brummell en el centro de Londres
La estatua de Brummell en el centro de Londres

Por fin, el príncipe fue el rey Jorge IV. Una decepción. Inútil y egocéntrico, desplegaba banquetes de hasta un centenar de platos, se hartaba al punto de casi reventar, y era todo cuanto su amigo Brummell odiaba: obeso, mujeriego, empolvado, vestido de satén rosa o celeste, y en su cabeza sombreros saturados de lentejuelas. Un real mamarracho…

Brummell intentó moderarlo, y algo logró. En pago, el rey lo instaló en lo más alto del mundo social de Londres. Pero, díscolo, inestable, megalómano, acabó por perder la paciencia ante los consejos de su elegante amigo, discutieron fogosamente, y llegó la ruptura. Estaba escrito…

El árbitro de la moda y el astro de las tertulias no sólo perdió la protección real. Dejó en las mesas de juego cantidades criminales para su ya casi agotada bolsa, y apenas a sus 38 años se encerró en su casa, acosado por sastres, zapateros, almaceneros a quienes les debía miles de libras. La cárcel por deudas era el próximo paso, pero lo eludió. Y en 1816, amparado por la noche, huyó a Calais, Francia.

Vivió allí diez años sin pasaporte y tratando de vestir, al menos, con dignidad.

Ya en las diez de últimas, su amigo Lord Alvanley, ya durante el reinado de Guillermo IV, lo nombró cónsul de Caen con un sueldo suficiente para sobrevivir.

Pero en Calais ya se había endeudado –nunca fue capaz de renunciar a sus costosos hábitos–, los acreedores lo arrastraron a la cárcel.

Lo sacaron de ese gris espanto con rejas algunos de sus amigos ingleses, y deslizaron en su bolsillo algunas libras.

Se refugió en una miserable pensión.

Lo cercó lo que más odiaba: el abandono. Dejó de bañarse, de afeitarse, de vestirse.

De noche, obsesivo, recordaba los grandes días hablando solo: la sífilis empezaba su trabajo final.

Murió loco, en el asilo de caridad pública del Bon Saveur, Caen, el 30 de marzo de 1840.

Tenía apenas 61 años.

Está enterrado en el Cementerio Protestante de esa ciudad.

Sin embargo, el estilo brummelliano no se apagó.

Libros, placas, estatuas –una, de 2002, está en la calle Jermyn de Londres– caricaturas, películas, piezas de teatro, cuadros, el auto Oldsmobile de 1931 pintado de color Beau Brummel Brown, el reloj LeCoultre de 1948 con su nombre, una opereta, un poema de T.S. Eliot y hasta bandas de rock… llevan su nombre.

Y todavía nosotros, los hombres que atravesamos medio siglo XX y lo que va del XXI –y acaso por mucho tiempo más–, nos vestiremos como él nos enseñó.

Los pantalones podrán ser anchos como el estilo Oxford o prietos como la onda chupín, pero su esencia sigue pura.

Y lo más importante: El Bello Brummell demostró que la historia no la escriben sólo los poetas y los guerreros.

También un hombre que enseñó el abecé del buen gusto y la elegancia: que no se note. Que pase inadvertida.

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