
El hombre que ahora, 5 de junio de 1968, se desangra por un tiro en la cabeza en el hall del hotel Ambassador de Los Angeles, y morirá al día siguiente, ha nacido como Robert Francis Kennedy, en Massachusetts, hace 42 años.
Un lustro antes, el 22 de noviembre de 1963, en Dallas, Texas, su hermano John Fitzgerald, presidente de los Estados Unidos, ha muerto asesinado del mismo modo, aunque rodeado de enigmas: hasta hoy se ignora si hubo uno, dos o tres tiradores, y quién dio la orden…
Muchos años antes, cuando él, John y Ted correteaban por la mansión del matrimonio Joseph&Rose, imaginaban el futuro como lo bautizó un biógrafo. Esa casa, y más tarde la Casa Blanca, eran una réplica del reino de Camelot, siglo V, y del Castillo del rey Arturo.
Mitad leyenda y mitad verdad histórica, un castillo feliz que albergaba personajes y vidas felices. Lo más parecido al Paraíso terrenal… Pero quizá eludieron –o no quisieron recordar– el sombrío final de Camelot: muertes, derrotas, y un rey fracasado.
Jóvenes, bellos, rubios, de ojos celestes y padres ricos… para ellos, el cielo era el límite. Es decir, todo el oro –también el oropel– del poder.

Pero la semilla paterna era fallida. Joseph, el padre de los tres, era un tirano y un corrupto. Había hecho fortuna con el contrabando de alcohol durante la ley seca, relaciones cuasi carnales con los capomafia de su tiempo, y a pesar de su raigambre católica y su más o menos puntual asistencia a misa… un mujeriego incesante, y atraído por aquellas bellezas de Hollywood, blancas y famosas. La primera, la máxima: Gloria Swanson…
De los tres hermanos, Robert (o Bobby, o Bob) era el más tímido, y por lo tanto el más apegado a su madre, Rose: avara, dura como el diamante, pero protectora hasta "más allá del deber", como se inscribe en las medallas de los héroes de guerra.
Esa versión Made in USA de Camelot, y sus moradores, estaban y estarían en todo tiempo signados por el sexo y el alcohol…, ambos en sobredosis. Father Joseph impulsaba a sus cachorros al pecado, acaso como una complicidad para atenuar su propia basura.
John y Ted se lanzaron pronto al ruedo… de las polleras, pero Bob, retraído, fue obligado por el malvado Joseph a iniciarse en el sexo… con una negra.
Cuando su padre le preguntó cómo habían resultado las cosas, apenas se atrevió a decir "muy bien, pero nada fabuloso": su máximo punto de rebeldía…
Por fortuna (o no: quién puede descifrar eso que llaman destino, azar o casualidad), una Kennedy –Jean– de la innumerable familia, en la Universidad, le presentó a su compañera Ethel Skakel (año 1945), hija de un millonario del negocio del carbón. Y fue amor a primera vista: –Él estaba parado frente a una chimenea. Entré, lo ví, y pensé: okay, éste es el hombre –testimonio propio.
Pero el corazón del tímido Bob latía por la hermana mayor de Ethel: Patricia (N. de la R.: perdón por este párrafo rosa digno de Corín Tellado).
Bob olvidó a Pat, y Ethel lo cazó con red y bichero, como a un pez esquivo.
Se casaron en 1950, ella pasó a ser Ethel Kennedy –en abril pasado cumplió 90 años–, y les nacieron ¡once hijos! Dos de ellos, Michael y Kerry, llegados al mundo después de la muerte de su padre…

Cuando John llegó al Salón Oval de la Casa Blanca, Bob escaló hasta un puesto tan clave como peligroso: Fiscal General del Estado. Sobre todo a sabiendas de que, por influencia de su padre, John logró el triunfo en un par de distritos gracias a los buenos–malos oficios del capomafia Sam Giancana…
Es cierto que John, el impactante presidente, no menos bonito que un galán de Hollywood y tan valiente como para batirse al mando de una torpedera en la Guerra del Pacífico y caer herido en la espalda por esquirlas que lo atormentaron para siempre, era el Hombre del Destino. Demócrata, llegó a la cumbre en un momento de apertura –costumbres sexuales, nueva música, descenso de la discriminación racial–, pero jamás pudo contener su pulsión sexual.
A escondidas, pasaron por su cama Kim Novak, Lee Remick, Claudine Longet…, pero aun le faltaba la máxima, y también su Némesis: Marilyn Monroe.
Una relación confesada nota por nota en la canción "Happy birthday Mister President", envuelta en un vestido color carne como segunda (o casi primera) piel, y a vista y paciencia de Jackie Bouvier de Kennedy, su mujer.
Encrucijada para Bob. Como Fiscal General, defenderlo de la creciente chismografía y del implacable espionaje del FBI y su eterno jefe, el puritano gay Edgar Hoover, que rodeó la casa de Marilyn con micrófonos ultrasensibles y cámaras de última generación…

Hasta que a ella, el mayor sex symbol del siglo XX, le llegó la muerte. Nunca aclarada. ¿Sobredosis de droga o crimen de alto interés y participación del Estado?
Es más: muchos biógrafos juran que Bob, el tímido, en lucha íntima entre el deseo hacia Marilyn y el resguardo de su hermano John, no habría sido ajeno a esa muerte…
Cierto o falso, luego del asesinato de John, no tardó en ocupar su lugar en la cama King size de la rubia…
El primer síntoma –el más doloroso– fue un luto y un dolor con marca de eternidad.
El segundo paso –indomable–, una duradera depression que lo derrumbó. Muerto su célebre hermano, no era nadie…
En los meses siguientes, mientras la Nación entera debatía las razones del magnicidio, Bob instaló a John en un altar.
Se rodeo de sus fotos, de sus libros, de sus fetiches de escritorio, y hasta lució la campera de batalla del uniforme del hermano caído.
Día a día puso proa al cementerio de Arlington y pasó varias horas sobre la losa irregular de piedra y la llama eterna de la tumba.
Con inevitables secuelas: perdió muchos kilos, hablaba solo, y en la lápida interrogaba a John como si éste pudiera oírlo…

Y en ese punto, no está claro si por dolor mutuo o por larga pasión reprimida, Jackie, la viuda de América, y Bob, el amante marido de Ethel y padre de sus muchos hijos…, terminaron en la cama.
La semilla: tal vez la primera noche después del funeral, en que fueron a Arlington tomados de la mano…
Extraño heredero, Bob… Porque después del asesinato de John, también se acostó con la doliente viuda hasta que apareció Aristóteles Sócrates Onassis, el filósofo del petróleo, y la embarcó en su fastuoso yate Christina rumbo a Skorpios: su propia isla. Otra versión de Camelot… y con igual y sombrío final. Su hijo Alejandro, el heredero, se mató piloteando su avión, y Onassis, aniquilado, murió de miastenia gravis en un hospital de París.
En realidad, y si no le mintió a Truman Capote, su confesor social, Jackie estuvo enamorada (¡al mismo tiempo!) de Bob y Ted. Aunque también desfilaron por su room Marlon Brando, Paul Newman, Warren Beatty, Gregory Peck, y Frank Sinatra…
Ni en eso Bob, el tímido apegado a su madre y temeroso de su padre, pudo tener un peldaño de exclusividad.
En cuanto a Ethel, la madraza de once hijos, soportó esas vidas, esas infidelidades y esas trágicas muertes a pie firme. Sólo después del asesinato de Bob cayó en la trampa del alcohol, pero su voluntad pudo más.

El hotel Ambassador fue demolido.
Marilyn y Jackie son tumbas y recuerdos.
La lámpara votiva que recuerda a John en Arlington sigue ardiendo noche y día.
Pero la maldición de los Kennedy fue hasta mucho más allá.
La mujer de Robert Kennedy Jr., hijo de Bob, Mary Richardson (52), se ahorcó en su granja de Bedford, Nueva York. Problemas de alcohol, se dijo…
Dos hijos de Bob también murieron: Michael en un accidente de esquí (Aspen, Colorado), y David, sobredosis de cocaine y barbitúricos.
John–John, el niño que en una histórica foto hace la venia al ver pasar el cortejo fúnebre de su padre, el presidente, se mató con su mujer, Carolyn Bessette, al caer su avioneta cerca de la isla de Manhattan.
Ted Kennedy murió de cáncer a los 77 años preguntándose:
–¿Será cierto que una terrible maldición flota sobre los Kennedy?
Pero nadie pudo responderle.
Sólo los hechos, y la inevitable y arbitraria interpretación de los hechos.
Porque tampoco el poder, el sexo y el alcohol explican el misterio de dos
Camelot extinguidos con mil quinientos años de diferencia.
Y acaso sea mejor así.
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