
El sueño de gloria fue también su tragedia.
El rey Luis XIV de Francia (1638–1715), que se hizo llamar El Rey Sol porque todo (nobles, cortesanos, súbditos y hasta la gleba) giraban en torno de él, como los planetas de nuestro sistema, en 1661 ordenó la construcción del palacio más fastuoso del mundo no sólo por soberbia o muestra de poderío: en esencia, para que toda su corte –nobles, aristócratas, funcionarios, sacerdotes– vivieran eternamente entre sus paredes. Pero el ardid político que le dictó su tan célebre como peligrosa frase ("L'État cést moi": El Estado soy yo), síntesis del absolutismo, más allá del control ejercido sobre cada cabeza se corrompió hasta que ese Paraíso fuera el Infierno…
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Versalles, antes de su magnificencia y su leyenda, fue un pequeño pabellón de caza de la familia real. Pero Luis XIV puso a trabajar noche y día a 36 mil albañiles y operarios de toda laya, y en 1682 instaló allí la sede de la Corona, arrastrando con él a sus amigos, y a quienes no lo eran.
Tenerlos a todos en esa jaula de oro, con los jardines más grandes y bellos de Europa, fuentes de aguas musicales, el asombroso Salón de los Espejos, la Plaza de Armas, las incontables estatuas alegóricas…, y apenas a 18 kilómetros de París, fue (o la creyó) su garantía de inmortalidad.
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El costo de mantener ese monstruo y sus habitantes fue colosal. El pueblo gemía bajo impuestos leoninos. Y para colmo, como todo intento mesiánico, el frente empezó a resquebrajarse entre intrigas, luchas internas, amoríos clandestinos, odios de clase, envidias, venganzas…
Si algo olía podrido en Dinamarca, según Shakespeare en Hamlet, en Versalles empezaba a apestar.

De pronto, en medio de la regalada vida de fiestas, bailes, cacerías del zorro, infinitas partidas de naipes y furtivos amantes –de ambos sexos– deslizándose hacia camas ajenas, una serie de muertes se sucedieron sin móvil aparente, y siempre por veneno: acaso el más doloroso y literario de los modos de dejar este mundo…
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Cuando "el asunto de los venenos", como se lo llamaba en voz baja, cobró demasiadas víctimas, en 1679 entró en acción Nicolas de la Reynie (1640–1709), el Jefe de la Policía de París (un outsider en el Palacio pero con los poderosos fueros de su cargo), sabueso temible, reveló que "luego de una larga investigación, descubrí que ciertos prominentes aristócratas y burgueses, a través de una red de supuestos adivinos y clarividentes, vendían drogas y venenos para matar a sus enemigos".
Para desazón y desdicha de Luis XIV, Versalles no era inexpugnable…
Entre los culpables, la figura más notoria fue Madame de Montespan (1640–1707), amante del rey, acusada de habitué a misas negras y de intento de envenenar a su rival en la corte, la muy joven Mademoiselle de Fontanges (1661–1681).
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Los cargos contra ella nunca fueron probados. Pero de trescientos sospechosos detenidos, treinta y seis murieron en la horca.
Sin embargo, no fue la única tela de seda o brocato para cortar: la negra historia recién abría sus puertas…
En 1675, cuatro años antes del escándalo, "el asunto de los venenos" fue destapado a raíz del juicio contra la Marquesa de Brinvilliers, compinche de su amante Godin de Sainte–Croix, que habría envenenado a su padre y a sus dos hermanos para heredar la fortuna de la familia.
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La mujer fue ejecutada. Los periódicos franceses tuvieron tema para rato. Y, mucho peor, una ola de paranoia se instaló en el reino: quien más, quien menos, temblaban ante el terror de morir envenenados. Y hasta Luis XIV, El Intocable, resucitó el espantoso oficio de catador de venenos (probador de comida y bebida), que no se usaba desde la Edad Media…

Por cierto, el obsesivo policía Nicolas de la Reynie no cesó en su cruzada, y ganó el premio mayor cuando atrapó a la pitonisa Magdelaine de la Grange, más que sospechosa de liderar una aterradora red de supuestos magos y hechiceros que, además del inocente juego de leer las manos o los naipes, o vender absurdos afrodisíacos…, habían establecido la industria de los venenos. Potentes, infalibles, urdidos en cuevas clandestinas, clasificados según su rapidez o lentitud para matar, y vendidos entre la realeza y la burguesía a precio de oro.
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La pitonisa de la Grange intentó ser absuelta apelando al Marqués de Louvois, su gran amigo, pero no le sirvió.
Murió en la horca.
Y su confesión final fue el tsunami que arrasó con la red de envenenadores. . La segunda en caer fue Catherine Deshayes Monvoisin, conocida como "La Voisin", que soltó la lengua sin parar… Entre los personajes de la corte de Versalles que compraron sus mortales pócimas estaban Olympe Mancini, Condesa de Soissons y antigua amante del rey. Su hermana Marie Anne Mancini, Duquesa de Bouillon. François Henri de Montmorency–Bouteville, Duque de Luxemburgo. Y… ¡la amante oficial del rey, Françoise–Athénais, Marquesa de Montespan!
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Ésta, un extraordonario caso aparte…
En febrero de 1663 se casó con Luis Enrique de Pardaillan, Marqués de Montespan, muerto en 1701 y padre de los dos primeros hijos de la Marquesa. Que en el otoño de 1666 conoció a Luis XIV –ya harto de su amante Luisa de la Vallière–, lo acompañó como favorita oficial hasta 1679… ¡y le dio siete hijos!
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La Voisin juró, en los interrogatorios, que la Marquesa de Montspan le compró todo tipo de afrodisíacos para que el rey no la abandonara. Pero no le sirvió: murió en la hoguera.

En cuanto a Montespan, que fue por años la mujer más poderosa de la corte, fue reemplazada en la alcoba y la cama del rey por Madame de Maintenon (1635–1719). Pero siguió viviendo en Versalles y ofreciendo fiestas por todo lo alto… hasta que las sospechas acerca de sus maquinaciones la confinaron en el convento de las Hijas de San José, París, hasta sus 66 años, cuando dejó este mundo.
(Post scriptum. Versalles, más allá de su incomparable belleza y de los millones de euros que allí dejan año a año los turistas, fue uno de los más claros símbolos del poder… pero también de la estupidez, la frivolidad y el desprecio de las monarquías absolutistas –todas–, que vivieron en un mundo brutalmente desigual y opulento a costa de expoliar sin piedad, con impuestos leoninos, a la gleba. Y seguramente por eso se corrompieron y se desplomaron, a diferencia de aquellas que cambiaron de actitud y levantaron, de a poco, el muro que los separaba de los comunes humanos.
Por fortuna, y en el caso de la Francia del siglo XVII, vivieron y pensaron Molière, Racine, Voltaire, Montesquieu, Descartes…, a espaldas de las fuentes de aguas musicales y sin reflejar su imagen en el Salón de los Espejos. En todo aquello que dictó la sabia sentencia del Eclesiastés: "Vanitas vanitatum omnia vanitas". (Vanidad de vanidades, todo es vanidad).
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