“Un día lluvioso en Nueva York”: el estreno de la última película de Woody Allen

El jueves se estrena en Argentina Un día lluvioso en Nueva York, la película número 50 de Woody Allen como director. Pero el gran tema no es el hito del medio centenar de películas, ni la persistencia de Woody que sigue filmando a los 83 años, ni que se trate de una comedia romántica en la que los protagonistas son dos jóvenes universitarios (Timotheé Chalamet y Elle Fanning) que se desencuentran, ni que otra vez Nueva York sea retratada por Allen. Tiene en su elenco, además, a Jude Law, Diego Luna, Selena Gomez, Liev Schreiber, Kelly Rohrbach y Cherry Jones.

Producida por Amazon todavía no llegó a las salas en Estados Unidos. Y nadie sabe cuándo lo hará (incluso si lo hará alguna vez). El motivo nada tiene que ver con esta costumbre novedosa de que grandes films de reputados directores sean exclusivos de alguna plataforma de streaming para seducir suscriptores. El contrato millonario que unía por cuatro películas a Allen con Amazon fue disuelto de manera unilateral por la empresa. Woody accionó contra ella por 60 millones de dólares en calidad de resarcimiento por la rescisión.

No es el único problema de Allen. Un musical que estaba planeado basado en su film Disparos sobre Broadway fue cancelado definitivamente, y los cuatro principales grupos editoriales de Estados Unidos rechazaron su libro de memorias.

Selena Gomez
Selena Gomez

Este último es el mejor ejemplo de la situación actual de Allen. Desde hace cuatro décadas que sus libros se convierten en best sellers y obtienen gran consenso crítico (algunas de sus colecciones de cuentos son magníficas). Estas memorias, además de indagar en el proceso creativo, de narrar anécdotas de su carrera, se explayan sobre las acusaciones recibidas por parte de su hija adoptiva, Dylan Farrow. El escándalo y el morbo hacen vislumbrar un seguro éxito de ventas. Pero nadie se anima a editarlo.

Woody Allen y sus productos hoy están envenenados.

El origen es lejano ya. En 1992, en pareja con la actriz Mia Farrow, Woody Allen inició una relación con la hija de esta, Soon-Yi Previn, que entonces tenía 21 años. Él tenía 58 años y estaba casado con la madre de ella, con la que había tenido un hijo biológico y habían obtenido la adopción de otros dos.

Unos meses después de que se diera a conocer esta situación (que llenó las páginas de los diarios con detalles que hacían todavía más escabrosa la situación, como que Mia se enteró de la relación porque encontró en el departamento de Woody, sobre una chimenea, una pila de polaroids de su hija desnuda), Farrow denunció a Woody Allen por abuso sexual cometido contra la hija de ambos, Dylan, de 7 años.

Woody Allen junto a Scarlett Johansson
Woody Allen junto a Scarlett Johansson

Allen siempre negó las acusaciones. La justicia en distintas ocasiones le dio la razón. Los peritajes también. Allen alegó que todo era una maniobra de Mia Farrow, una especie de represalia producto del “despecho por ser abandonada” con el agravante de que su marido se hubiese ido con una de sus hijas.

Woody es uno de los directores más prolíficos y longevos. Sólo Clint Eastwood mantiene un ritmo de filmación como el suyo. Gente talentosa sin edad. Pero son dos casos diferentes. Eastwood va derribando, película a película, recelos por sus posiciones políticas y convenciendo a los pocos indecisos que quedan con su persistencia, su cine clásico y su pasión por contar. Mientras tanto, Woody Allen recibe cada vez mayores rechazos. En los últimos tiempos le costó mantener el ritmo de una película anual por la falta de productores.

En un momento debió dejar de filmar en Nueva York, su ciudad, porque sus películas no eran tan redituables como antes. Con capitales europeos filmó en Inglaterra, Barcelona, París y Roma. En Europa sus acciones se siguieron manteniendo. Un día lluvioso en Nueva York ya se estrenó en algunas capitales del Viejo Continente.

Ronan Farrow es un personaje importante en esta historia. Hijo de Mia y Woody también es periodista. Su investigación sobre Harvey Weinstein para el New Yorker fue determinante para la caída del magnate del cine y para la instauración de la era del #MeToo.

Ronan (antes llamado Satchel) siempre fue un defensor a ultranza de su hermana Dylan y de su madre. Criticó en cada ocasión que pudo a su padre. Cree en su hermana (que mantiene las imputaciones contra su padre como el primer día) y está convencido de que Woody abusó de ella.

El aporte de Ronan fue vital para producir el actual derrumbe de Allen. Su investigación confirmó la fama de niño prodigio que lo acompañó durante años y le proporcionó un Premio Pulitzer. Pero no sólo eso consiguió. La nota periodística, primordialmente, se convirtió en la venganza perfecta contra su padre.

La conexión más obvia es que Weinstein fue el productor que rescató a Woody Allen apenas se produjo el escándalo a principios de los 90. Weinstein produjo Misterioso asesinato en Manhattan en el punto más bajo de la reputación de Allen, en 1993. Luego siguió invirtiendo en sus películas y consiguió que Woody mantuviera su sitio en la industria, estrenando películas de a una por año, con elencos que desbordaban de estrellas que actuaban por el salario mínimo, recibiendo premios y honores.

Pero el efecto de las denuncias contra Weinstein no fue sólo la detención y el desprestigio del productor, sino la instauración de un nuevo orden. Fue así que la imagen de Woody Allen se deterioró como no lo había hecho en el cuarto de siglo que medió entre las denuncias y su caída. Ronan fue una pieza clave para instaurar un clima de época en el que uno de los principales perjudicados fue su padre.

Cada vez que Woody Allen recibió un reconocimiento en estos últimos años (un premio, la posibilidad de abrir el Festival de Cannes, una estatua en España), Ronan y Dylan hicieron conocer (en realidad, recordaron) su historia con cartas de lectores, columnas y entrevistas.

Luego de conocida la acusación contra él, Woody Allen estrenó la friolera de 25 películas (la mitad de su filmografía). A nadie pareció molestarle durante dos décadas y media. Todos estuvieron dispuestos a creerle, a olvidar, o al menos a pensar que había que crear una división entre la obra y el artista. Pero con la instalación del #MeToo, en la era Post Weinstein, todos recordaron las acusaciones que olvidaron o desecharon durante 25 años.

Una larga fila de actores y actrices se mostraron arrepentidos de haber participado en sus películas (sus elencos siempre reunieron a los mejores actores que acudían a ser dirigidos por él a cambio del pago mínimo que establece el sindicato: la experiencia valía más que el dinero). Sólo unos pocos siguieron apoyándolo.

Nadie puede decirle a otro qué puede o qué debe sentir frente a una obra artística. Esas imposiciones nunca conducen a nada positivo. Ni siquiera a nada legítimo. Tal vez como ningún otro, el caso de Woody Allen muestra esta impostura y el fenómeno de statements públicos que no representan una posición que se deriva de la convicción ni que impliquen algún compromiso personal.

Los hechos que se le imputan (y de los cuales la justicia lo absolvió: aquí se debería aclarar que este tipo de delitos por sus características de comisión son de prueba casi imposible en el tradicional sistema penal a menos que dejen secuelas físicas muy tangibles) tienen una antigüedad de 25 años.

Muchos de los que ahora se niegan a actuar para Woody Allen, no estrenan sus películas o “lo cancelan”, ganaron prestigio actuando para él, produjeron sus films o se beneficiaron de algún modo. No hubo hechos nuevos en la causa. No aparecieron pruebas o testimonios que iluminen los sucesos ni que aporten elementos que se desconocían e incriminen al director.

Lo que se modificó fue el clima de época. Como sostuvo el periodista Gustavo Noriega al hablar de Michael Jackson y Leaving Neverland, el documental que expone los abusos a los que sometía a niños: “Últimamente ante los hechos no hay reacciones personales, prudencia ni análisis: hay statements. Para el periodista argentino, los hechos son poca cosa, es necesario dejar sentada su posición. Ante cualquier tema, se sacan fotos todos juntos sosteniendo cartelitos con su statement; por su parte, ante el develamiento de conductas impropias por parte de un artista, los sellos discográficos, las radios, los programas de televisión, lo eliminan de la programación. Hacen su statement: condenan el episodio y a su responsable, pero tienen que hacerlo públicamente, porque así hacen su declaración de principios. El statement es ideal para mostrarse superior al condenado. Es un baño gratis de satisfacción moral”.

Esta actitud de condena social a Woody Allen que, por ejemplo, impide que se estrene su película o se publiquen sus memorias, es extemporánea. Dado que nada ha cambiado en su situación personal en estos 25 años en los que estrenó 25 películas. Sólo se modificó la manera en que los otros pueden ser juzgados al relacionarse con él y su obra.

Woody Allen puede causar asco o admiración. Es más, es posible (y probable) que ambas sensaciones convivan. No es extraño que la confusión se apodere, que haya situaciones que sean complicadas de encuadrar, en las que nuestras contradicciones se manifiesten abiertamente.

Una antigua discusión. ¿Se puede separar la obra del artista? Naturalmente, la obra de un artista está signada por sus vivencias, que se filtran y manifiestan en sus creaciones. La historia del arte está poblada de obras maestras producidas por seres despreciables. Misóginos, abusadores, nazis, asesinos. Pablo Picasso, Martin Heidegger, William Burroughs, Louis Ferdinand Celine y cientos más. Y están aquellos de los cuales no conocemos sus crímenes, perversiones o fallas morales. Sin embargo sus obras permanecen más allá de la capacidad delictiva o las debilidades éticas del autor. En el caso de Woody Allen, ahí están, invictas, películas como Manhattan, Annie Hall, Crímenes y Pecados, Broadway Danny Rose, Hannah y sus Hermanas, los cuentos de Sin Plumas y cientos de perfectos one-liners.

El daño que ha hecho a su familia sólo lo pueden mensurar sus hijos. Aunque podamos imaginar sin esfuerzo su magnitud al leer la frase que alguna vez escribió Ronan Farrow: “Mi papá se casó con mi hermana. Eso además de en su hijo, me convierte en su cuñado. Eso es una transgresión moral”.

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