
Durante la infancia, mientras crecía en Tijuana, Sergio Sandoval se sintió mal en ocasiones por no ser "completamente mexicano". No tenía idea de por qué su madre quiso cruzar la frontera y alumbrarlo en San Diego, si apenas le dieron el alta del hospital regresó con él a México.
La madre tampoco tenía un plan. Solo quería que el bebé tuviera nacionalidad estadounidense para que contara con una opción más en la vida.
Eso le permite hoy a Sandoval, un joven de 24 años, hacer una maestría en ingeniería aeroespacial en la Universidad Estatal de San Diego (SDSU) en los Estados Unidos y vivir su sueño: trabaja en la NASA desde que se graduó en el Instituto de Tecnología de Georgia y consiguió una pasantía, según contó a Los Angeles Times.

Su identidad transfronteriza implicó sacrificios: para sus primeros estudios, en el Terciario de la Ciudad de San Diego, se levantaba a las 3 de la mañana para que su padre lo llevara en automóvil hasta la frontera. Allí esperaba en la larga fila para cruzar, y cuando terminaba, tomaba el trolley hasta el campus, donde solía llegar a las 8. Si alguna vez pasaba más rápido la frontera y llegaba antes, dormía sobre el césped hasta que abría la institución .
Cuando terminó el secundario en Tijuana, Sandoval no sabía a qué dedicarse. "Era un buen estudiante, pero no tenía una pasión", dijo al diario de California. Alguien lo ayudó a explorar sus intereses: era bueno en matemática, podía ser un buen ingeniero. Investigó un poco y le gustó que sonara difícil: "Nunca había pensado en cómo vuelan los aviones".

Cerca de su casa había una universidad que ofrecía la carrera. Pero no estaba en México, sino en la vecina San Diego. Pensó que si aprendía inglés y comprendía cómo funcionaba el sistema de educación superior en los Estados Unidos podría ser una buena opción.
Primero cursó el programa de Matemática, Ingeniería y Logros en Ciencia (MESA), y vivió en casa de su tía en San Diego. Pero prefirió regresar a su casa y viajar todos los días para asistir a clase. "Me enseñó mucho", dijo, sobre la rutina agotadora. "Implicó mucha paciencia y me hizo comprender que estaba seguro sobre lo que quería hacer".

Para muchas personas que escuchan su historia es algo asombroso. Sin embargo, la gente que vive en la cultura de la frontera está acostumbrada. "Es normal. La frontera siempre ha estado allí".
Aprendió a ser puntual, a organizarse y a no tener vergüenza de hablar en inglés. "Creo que me llevó un año entero aprender a pronunciar 'engineering' (ingeniería)". En tres años logró comunicarse con fluidez.

En 2013 lo aceptaron en una de las universidades más importantes de su materia, el Georgia Tech. Se mudó a Atlanta, donde no había tía ni paso fronterizo a su casa. "Desde el primer día estás solo", recordó. Pero cuando, mientras todavía cursaba, comenzó su pasantía en el Laboratorio de Propulsión Jet de la NASA, y luego en el Centro Espacial Johnson, se olvidó de la soledad.
En diciembre de 2017 toda la familia viajó para celebrar su graduación: fue el primero de los Sandoval que terminó la universidad. Recibió además un premio, el Annual Tower. Ahora se dispone a tomar un trabajo durante el verano boreal en el Centro Espacial de Houston antes de regresar a San Diego para su máster. Su conclusión sobre su propia historia es que cada persona tiene que encontrar la pasión que la mueve. "Encuentra aquello que te lleva a hacer las cosas más locas, y hazlas", dijo.
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