James Wiseman, de Tigers, para muchos el mejor universitario y principal candidato a N° 1 del draft 2020, envuelto en un debate sobre el deporte amateur.(AFP)
James Wiseman, de Tigers, para muchos el mejor universitario y principal candidato a N° 1 del draft 2020, envuelto en un debate sobre el deporte amateur.(AFP)

Por Julián Mozo

¿Se acuerdan de Blue Chips, la película protagonizada por Shaquille O’Neal y el actor Nick Nolte que explotó en 1994 y hoy es recordada como una de las mejores relacionadas con el básquet que se haya visto en la historia? En castellano se llamó Ganar de Cualquier Manera y, a tono con el título, su atrapante trama reflejó lo que muchos suponen que sucede seguido en el básquet universitario pero pocas veces ha podido comprobarse: que varias figuras reciben “ayudas” para superar los estipulados estándares académicos o directamente para elegir determinadas universidades a cambio de dinero, pese a que está prohibido que lo reciban, cualquiera sea la forma.

En aquel filme, en el que Nolte hace de coach (Pete Bell) y Shaq, con su impactante físico de 2m16, es la estrella del momento que llega desde el secundario (Neon Bodeaux), todos quedan atrapados –sin ser desleales por naturaleza- en la telaraña oculta de una National Collegiate Athletic Association (NCAA) que tiene un negocio billonario pero pretende que los principales protagonistas, los jugadores, sigan siendo amateurs. La peli gira en torno a cómo el coach, presionado por tener buenos resultados, decide hacer lo que no quiere y nunca hizo: romper las reglas para poder fichar figuras y así responder a las exigencias propias y externas. Casi 25 años después, la historia parece replicarse en la realidad con James Wiseman, para muchos el mejor universitario y principal candidato a N° 1 del draft 2020. La coincidencia es que un involucrado se repite: Anfernee Hardaway, en aquel momento figura emergente en la NBA que actuó en el filme como segunda estrella del equipo y que hoy, como DT de la Universidad de Memphis, es protagonista del escándalo que nuevamente pone en jaque a la NCAA, con sus reglas cada día más perimidas e hipócritas.

Es simple. Hardaway habría hecho algo parecido a lo que permitió Pete Bell en Blue Chips: ayudar a los padres del jugador para que el hijo se alistara en los Tigers. Fue puntualmente un préstamo de 11.500 dólares para que la familia se mudara de Nashville a Memphis. El dato que hace más polémico el caso es que habría sido en 2017, cuando Penny no era entrenador de los Tigers sino de la secundaria Memphis East HS y tenía a Wiseman como su jugador más destacado. Claro, la NCAA ató cabos y aseguró que Hardaway lo hizo sabiendo que su salto a la Universidad de Memphis era inminente y que, cuando eso pasara, lo acompañaría este chico que juega en la misma posición (pivote) y mide lo mismo (2m16) que Shaq, su compañero de película en 1994 y de andanzas en Orlando Magic entre el 93 y 96. Muchas casualidades, ¿no?

El ente que regula a las más de 1.2000 facultades de Estados Unidos aseguró, tras meses de investigaciones, haber conseguido pruebas suficientes para concluir que Hardaway y su préstamo influyeron en la decisión de Wiseman y, por ende, había que suspenderlo por una temporada. La NCAA lo anunció apenas tres días después de iniciada la 19/20. El chico y la facultad desoyeron la sanción, incluso el pivote fue a la Justicia, logrando una medida cautelar que le permitió jugar tres partidos en total (promedió 19.7 puntos y 10.7 rebotes). Pero, claro, las “amenazas” de la NCAA de aplicar sanciones más graves, sobre todo a Memphis, fueron suficientes para que Wiseman retirara la demanda y los Tigers decidieran aceptar la sanción. Acatar la orden les sirvió porque la organización les perdonó la vida: suspendió por sólo 12 partidos al chico, que podrá volver a jugar el 12 de enero y así recuperar el terreno perdido pensando en el draft de la NBA.

La última final del básquet universitario tuvo una audiencia de 19.6 millones de espectadores y generó ingresos publicitarios por 110 millones. Hay universidades que ganan más de 200 millones por año, con contratos de ropa que superan los 20 anuales (como el de UCLA con Under Armour)
La última final del básquet universitario tuvo una audiencia de 19.6 millones de espectadores y generó ingresos publicitarios por 110 millones. Hay universidades que ganan más de 200 millones por año, con contratos de ropa que superan los 20 anuales (como el de UCLA con Under Armour)

De alguna forma, todos quedaron aliviados, aunque este nuevo cimbronazo puede ser la gota que rebase el vaso de una NCAA que es una maquinaria de hacer dinero usando a una mano de obra sin costos. Hablamos de una industria que, como semillero de la NBA, genera más de 1000 millones de dólares anuales, a partir de su millonario acuerdo de TV (19.000 millones y 22 años). La última final del básquet universitario tuvo una audiencia de 19.6 millones de espectadores y generó ingresos publicitarios por 110 millones. Hay universidades que ganan más de 200 millones por año, con contratos de ropa que superan los 20 anuales (como el de UCLA con Under Armour) y tiene un cachet de 1.7m cada vez que pasan una ronda en la Locura de Marzo (donde compiten los 64 mejores equipos del país), unas tres semanas que mueven nada menos que un volumen de 10.500 millones en apuestas. Hay 47 entrenadores que ganan más de 2 millones por año, liderados por Mike Krzyzewski y sus 8.8 millones en Duke. Hasta sus asistentes y ojeadores cobran muy bien. Sólo los jugadores, los ídolos de la gente, la materia prima más importante de la industria, no reciben ni un dólar. Así fue que Zion Williamson, una superestrella global que quintuplicó los ratings e ingresos de la NCAA como nadie en la historia, recién cobró el primer dólar hace un par de semanas, tras firmar con los Pelicans en la NBA. Antes, en Duke, jugaba gratis, pese a que logró que entradas de primera fila en el clásico de fase regular ante North Carolina valieran tanto como un ticket de Superbowl, la final de la NFL.

El artículo 12 del manual de la NCAA es bien explícito, dejando claro que el sistema universitario va más allá de prohibir el cobro de salarios. Para los jugadores, no hay forma de recaudar, al estar “inhabilitados para usar su nombre o imagen en publicidades, recomendar o promocionar la venta o el uso de un producto comercial o un servicio”. La entidad siempre ha confiado en este espíritu amateur, de alguna forma para evitar corromper el alma de los deportistas, cuya primera necesidad debería ser estudiar y luego practicar un deporte. “La competición amateur es el cimiento principal de los deportes colegiales y la NCAA. Mantener el amateurismo es crucial para sostener el ambiente académico en el cual adquirir calidad educativa es la prioridad”, asegura la organización. Para eso establece estándares académicos que los estudiantes deben alcanzar para participar en sus competiciones. Las universidades, a través de decanos, profesores, tutores, directores deportivos y coaches, tienen la obligación de monitorear y controlar el desarrollo de los alumnos-atletas en las aulas. Resumiendo, si no cursan y sacan buenas notas, no pueden jugar. Pero, claro, los programas se terminan “flexibilizando” y el sistema, que busca evitar corromper almas, termina avasallado por la corrupción, como ha quedado demostrado en las sanciones que ha dado la NCAA en los últimos años.

Zion Williamson, una superestrella global que quintuplicó los ratings e ingresos de la NCAA como nadie en la historia, recién cobró el primer dólar hace un par de semanas, tras firmar con los Pelicans de Nueva Orleans en la NBA
Zion Williamson, una superestrella global que quintuplicó los ratings e ingresos de la NCAA como nadie en la historia, recién cobró el primer dólar hace un par de semanas, tras firmar con los Pelicans de Nueva Orleans en la NBA

Según un estudio que la NCAA encargó a la Universidad de Temple, el básquet fue el deporte que más violaciones a las normas académicas y de reclutamiento realizo entre 1954 y 2014. Hablamos de la friolera de ¡270! Muchas fueron saliendo a la luz, gracias a la investigación de la organización y la ayuda del mismísimo FBI, involucrando a universidades top como Louisville, Southern Mississippi y Syracuse, programas prestigiosos y ganadores, manejados por entrenadores que son leyendas del deporte estadounidense, como Rick Pitino, Larry Brown y Jim Boeheim. Todos ellos rompieron reglas y violaron códigos de ética en su desesperación por lograr el éxito deportivo. Syracuse, por caso, fue declarada culpable en el 2015 por fraude académico entre 2001 y 2012. Le sacaron 108 victorias, 12 becas y suspendieron a Boeheim por nueve partidos. Brown corrió suerte similar en SMU. El legendario coach aseguró desconocer una situación de beneficios para los jugadores pero luego, ante la abrumadora cantidad de testimonios, debió aceptarlo y ofrecer disculpas. Lo suspendieron por nueve partidos y a SMU le quitaron nueve becas y la chance de jugar los playoffs en 2016. A Louisville le fue todavía peor luego de que tres jugadores aceptaran que el director de operaciones contrataba prostitutas para participar de fiestas entre 2010 y 2014, con el objetivo de convencer a figuras del high school de sumarse a la facultad. La NBA fue durísima: le quito el título del 2013, convirtiéndose en el primer equipo de básquet que pierde un campeonato en la División I desde que comenzó la era del Final 4. También le sacó 123 victorias y multó con 600.000 dólares. Los que zafaron fueron North Carolina y Roy Williams, su respetadísimo coach, luego que el jugador Rashad McCants admitiera que “rara vez me presentaba a la clase y mis tutores hacían mi tarea”. La facultad realizó su descargo y la NCAA falló a favor de la facultad en 2017. Un alivio entre tanta mugre.

Un sistema que se ha corrompido en la búsqueda desesperada de los triunfos y el dinero. ¿Por qué se llegó a este punto? El tema es muy sencillo: si los mejores no juegan, no se gana. Y si no se gana, el negocio se cae. Cuando hay éxito, se llenan los estadios, aumentan los derechos de TV y merchandising y se agigantar la matrícula de alumnos (que quieren estudiar donde nacen programas “ganadores”). También, si se gana, los mejores prospectos siguen llegando y la rueda no para de girar. Pero, entonces, quizá haya que parar el circo y pensar. ¿Todo esto se hace para educar y formar jóvenes pensando en el futuro o sólo para generar una gran retribución económica para la facultad, sus directivos y la NCAA?

El negocio ha crecido tanto que este sistema ya no se sostiene sólo con darles una beca de cuatro años a las estrellas en ciernes, sobre todo aquellas de los dos deportes principales en USA, el fútbol americano y el básquet. El único que se atrevió a desafiar el status quo fue nuestro conocido Ed O’ Bannon, ex estrella de UCLA (1991-1995) que tuvo un paso por Boca Juniors y la Liga Nacional en el 2000. Campeón universitario y pick N° 9 del draft, apenas jugó dos temporadas en la NBA pero ya en el ocaso de su carrera, cuando vendía autos en Nevada, le inició acciones legales a la NCAA por violación de la Ley Sherman Anti-Monopolio y también por la utilización de su nombre e imagen. A esta demanda, en 2009, se unieron otros deportistas, incluyendo a leyendas como Bill Russell y Oscar Robertson. La empresa de videos juegos y su licenciataria llegaron a un acuerdo por 40 millones de dólares que se repartieron entre los más de 100.000 demandantes que se sumaron a la cruzada de O’Bannon. La disputa con la NCAA llegó hasta la Corte Suprema de Justicia, que desestimó el caso en el 2016.

Pero esto no detuvo la oleada de críticas contra este sistema no remunerativo que parece a punto de explotar. Hace un año y medio, LeBron llamó directamente corrupta a la NCAA, en un mensaje en el que abogó por sistemas competitivos y de formación distintos a los actuales. “No veo que exista una solución para la NCAA”, dijo el Rey. No es casualidad que lo haya dicho quien, en 2003, decidió dar el salto directamente desde el secundario (sin pasar por la NCAA) en una época en la que todavía se podía (luego se determinó que las estrellas del high school debían pasar al menos un año por otra competencia antes de llegar a la NBA). James cree que el desarrollo de las ligas menores o la expansión de la G-League podrían ser un camino para ofrecerle alternativas que hoy el básquet universitario, con su falso amateurismo, no le otorga a los talentos entre 18 y 22 años. Otros, como LaMelo Ball y R.J. Hampton, dos de los tres mayores prospectos del próximo draft, creen en otra opción y por eso se fueron a jugar (y cobran un salario) al básquet profesional, puntualmente a Australia y Nueva Zelanda, respectivamente.

LeBron James está en contra de un sistema donde cobran todos, menos los jugadores. Sugirió un sistema como el catalán de La Masía y citó el caso de Lionel Messi.
LeBron James está en contra de un sistema donde cobran todos, menos los jugadores. Sugirió un sistema como el catalán de La Masía y citó el caso de Lionel Messi.

“Que la organización sea millonaria, las universidades recauden millones, los entrenadores ganen tanto dinero y los jugadores, en cambio, no tengan nada genera un modelo injusto que sólo fomenta la corrupción”, reflexionó LeBron con dureza. El mejor jugador de los últimos diez años sorprendió cuando consideró interesante el modelo de formación de los clubes europeos. Puntualmente habló del Barcelona, La Masía y puntualizó en el caso de Leo Messi. “Es genial lo que hacen allá, ojalá podamos imitarlos”, dijo. No ha sido el único que ha pedido una reforma filosófica del sistema universitario. El ex presidente Barack Obama, fanático del básquet, fue con su crítica en la misma línea que LeBron. “La NCAA no puede servir como proveedor de la NBA con unos adolescentes a los que no se les paga y que se enfrentan una tremenda presión financiera. Eso no resolvería todos los problemas, pero reduciría la hipocresía”, dijo. El golpe de gracia mediático se lo dio Stan Van Gundy, DT de los Pistons que permaneció 14 años en el básquet universitario. “La NCAA es quizá la peor organización de la historia del deporte. Las últimas personas que les importan son los estudiantes-atletas”, sentenció.

El apoyo de tantas personalidades y el apoyo de la opinión pública desembocó en el sacudón que faltaba: el gobernador de California, el progresista Gavin Newsom, dio el paso restante para iniciar el verdadero cambio que tantos esperan: firmó un acta llamada Fair Pay to Play que propone, desde 2023, que las universidades de su estado no puedan seguir castigando a sus estudiantes-atletas por percibir dinero. En el camino, otros estados demostraron en interés en seguir ese camino, en especial Washington.

La NCAA, entonces, se vio cercada por la opinión pública y la voz influyente de referentes sociales y deportivos. Pero también por las mismas sanciones que arbitró por el incumplimiento de muchos programas universitarios. Entonces, a su manera, decidió escuchar el reclamo: primero le dio vía libre a su Comisión de Investigación liderada por la ex Secretaria de Estado Condoleezza Rice y, ya con el informe (de tantas violaciones a las reglas) en sus manos, lanzó una votación interna que, de forma unánime, resolvió modificar el reglamento recién desde 2021 para permitir que los deportistas puedan hacer explotar sus derechos de imagen, lo cual abre la puerta a que reciban dinero de patrocinadores y agentes. Se trata de un cambio histórico porque supone abandonar la estricta filosofía amateur que la NCAA ha mantenido durante décadas. En estos dos años iremos conociendo las maneras, los detalles y las reglas que se discutirán, pero está claro que es un valioso comienzo para modificar la historia del deporte universitario estadounidense. Ya es hora de que se termine la hipocresía. Si un negocio da ganancia, no puede ser para unos pocos.

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