Por Julieta Grosso

Hernán Vanoli (Martín Rosenzveig)
Hernán Vanoli (Martín Rosenzveig)

En un mundo donde la realidad se parece cada vez más más a las distopías de Philip Dick o George Orwell que al realismo de Balzac, la literatura es uno de los últimos rituales solitarios que resiste el embate de las corporaciones de extracción de datos, plantea el escritor Hernán Vanoli en su libro El amor por la literatura en los tiempos de algoritmos.

El ensayo, recién publicado por Siglo XXI, se podría leer como una recuperación en clave analítica de Pyongyang -los cuentos publicados en 2017 que problematizan la relación entre los humanos y la tecnología- pero también como contextualización de la escena en la que despliegan su visión empresaria los siete gurúes que retrató en Los dueños del futuro, obra escrita a cuatro manos junto a Alejandro Galliano.

Con esa misma versatilidad en la mirada y sin caer en cataclismos discursivos, Vanoli propone repensar las condiciones actuales de producción y circulación de la literatura en un mundo donde se diluye la separación entre la experiencia de lo real y lo virtual a partir del avance de los algoritmos y los robots sobre aquello que fue históricamente configurado como lo humano.

“El amor por la literatura en los tiempos de algoritmos” (Siglo XXI), por Hernán Vanoli
“El amor por la literatura en los tiempos de algoritmos” (Siglo XXI), por Hernán Vanoli

El autor de Pinamar y editor de la revista Crisis formula a través de once hipótesis que la ciencia ficción es hoy una de las variantes más firmes del realismo, caracteriza a la literatura como un "ritual solitario de huida de mundo" y asegura que más que nunca la lectura reclama abstraerse del entorno cultural y accionar contra una cultura que antes demandaba producción y hoy reclama "atención dispersa y clicks".

¿Qué posibilidades tiene la literatura de emanciparse de ese clima de época y recuperar su lugar de artefacto incómodo?

– Me parece que es más urgente que nunca tomarse en serio el tema de la tecnología y empezar a pensar qué pueden hacer las políticas públicas respecto a este tema. Hay otros discursos como el de la sociología, la antropología o la filosofía que pueden estudiar estas transformaciones y proponer maneras de abordarlas pero lo que distingue a la literatura es que trabaja con esa materia inasible que es la imaginación, que hoy se hace más urgente o necesaria que nunca.

Los algoritmos permiten establecer hábitos de consumo y predecir algunos comportamientos pero no tienen la facultad de interpretar la subjetividad que está detrás de cada decisión ¿Eso significa que el juicio crítico está a salvo?

– Si uno se pone a pensar cómo funcionan los algoritmos y los predictores de búsqueda se da cuenta de que la idea de inteligencia artificial es un poco polémica. Por un lado, el algoritmo desarrolla un sistema de relaciones entre variables que es mucho más complejo del que puede desarrollar un cerebro humano, pero por otro lado la inteligencia artificial no puede por sí misma producir innovación, no puede captar la ironía, no puede interpretar tonos… Hay algo que tiene que ver con la experiencia, con el doble sentido y con el simulacro que no va a poder ser reemplazado por estas tecnologías. Uno puede poner un bot para que conteste preguntas sobre un producto pero hay un momento donde tenés un problema especifico y ahí siempre vas a tener que hablar con una persona. Eso marca la importancia de estimular las capacidades de lectura, así como la enseñanza de la literatura como un espacio donde el sentido es reversible y se disemina.

(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

Al calor de la velocidad exponencial de los avances tecnológicos, plantea que hoy la realidad tiene más punto de contacto con la ciencia ficción que con las novelas realistas de Balzac y Tolstoi ¿Cómo se reconfigura entonces la relación entre verdad y ficción?

Vivimos en una época de revolución permanente no de la sociedad ni de los partidos políticos pero sí de la tecnología. Y eso hace que la ciencia ficción represente el nuevo realismo: todo el tiempo está cambiando nuestra relación con Internet y con las prótesis. Si uno ve el cambio operado desde "Black Mirror" -la serie que produjo un cimbronazo en la manera de pensar la tecnología- y la actual "Years and Years", lo que se puede detectar es que esta nueva serie, a diferencia de la otra, plantea un realismo futurista. Y además se da como una continuidad histórica entre ambas. "Black Mirror" estaba como fuera de la historia y producía una narración que era como una alegoría donde irrumpía el Primer Ministro británico pero sin que aparezca mencionado su nombre real. En cambio "Years and Years" es como una especie de actualización con mucha conexión con la realidad: se habla directamente de la segunda presidencia de Trump, hay un episodio nuclear entre China y los Estados Unidos, etc… Hoy los protocolos de enunciación de la ciencia ficción también tienen que ser problematizados. Hablar alegórica o cifradamente sobre las transformaciones tecnológicas en un época en la cual esas transformaciones suceden a una velocidad apabullante genera cierto ruido. Lo que se da entonces es como un panrealismo que está atravesado por la tecnología y que tiene un poco de ciencia ficción.

Las transformaciones vertiginosas que la tecnología y el procesamiento algorítmico de datos está produciendo sobre la literatura obligan a repensar el ecosistema editorial, el rol de los escritores y el aporte de los sellos independientes, que según el escritor, guionista y editor Vanoli funcionan como el último reducto de producción de sentido y son la apuesta fuerte para salvaguardar la cultura literaria.

¿Por qué creés que las editoriales independientes son como el último reducto de producción de sentido y de qué manera eso es viable cuando funcionan para un nicho acotado?

Las editoriales independientes o alternativas tienen que ver con cómo pensamos la democracia, en el sentido de que por un lado tienen algo conmovedor e inspirador, a la vez que por lo general son impulsadas por un grupo de personas que se juntan porque encuentran textos que les gustan y los ponen a circular en un contexto de crisis económica prolongada y en un marco en el cual de por sí el negocio editorial no es muy rentable. Los que editamos libros tenemos en claro que económicamente nos hubiera ido mejor comprando Leliq que editando libros. Hay que distinguir esa vocación que para mí es militante en el mejor sentido de la palabra, porque tiene que ver con jugarse por lo que uno cree y por lo que considera valioso. El libro es un objeto tan misterioso y maravilloso que pese a que ya se decretó muchas veces su muerte, nunca termina de ser reemplazado.

Hernán Vanoli (Margarita Solé / Ministerio de Cultura de la Nación)
Hernán Vanoli (Margarita Solé / Ministerio de Cultura de la Nación)

–  ¿La irrupción del escritor "nanoactivista" que enuncia reinvindicaciones individuales está vinculado al descreimiento hacia la política y el fracaso de las utopías colectivas?

– Ahí hay una paradoja: por un lado en los últimos años se ha dado un descreimiento de la política y a su vez se dio también un fenómeno de sobrepolitización. Hoy politizarse es muy fácil, de hecho todo el tiempo cuando estamos en las redes estamos produciendo enunciados políticos. Un escritor tiene una cuenta personal en las redes desde la que debe construirse estéticamente y mostrar lo que hace. Las redes sociales no son inocuas y están hechas de una manera que impiden algunas acciones y fortalecen otras, ocultan algunos datos y muestran otros, capturan cosas y las monetarizan: todo eso impacta en nuestra imaginación.

¿El reemplazo de la figura del intelectual por la del influencer como paradigma de representación está en línea con audiencias más condescendientes y menos cuestionadoras?

El intelectual siempre tuvo un rol más crítico de señalar las contradicciones y el influencer por el contrario genera aspiracionalidad: un lugar al que la gente quiere ir. Otra cosa que los diferencia es que el intelectual tenía una vocación medianamente generalista. Era el tipo que manejaba una especialidad pero podía hablar de todo, mientras que el influencer de lo único que puede hablar es de sí mismo. Su gran tema de expertise es lo que le pasa a él y cómo muestra las cosas. Ahí hay una transición que puede ser peligrosa pero que al mismo tiempo obliga a los intelectuales a repensar su rol y su manera de comunicar.

Fuente: Télam

 

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