50 años sin Theodor Adorno: apuntes breves sobre los sueños y monstruos de la razón

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Theodor Adorno
Theodor Adorno

En todas las fotos que le tomaron, ya sea posando o de forma casual, incluso en las que él mismo se sacó, la cara de Theodor Adorno siempre tiene una expresión de explícita aversión por el mundo. La cabeza calva, los anteojos redondos, sus labios apretados y una mirada que parece ubicarse entre el desencanto y el desinterés. La única imagen donde se vislumbra algo parecido a una sonrisa es de 1964. Está en una convención de intelectuales en Heidelberg, al aire libre, todos de traje. Atrás, un joven Jürgen Habermas se rasca la cabeza. En el centro de la escena, Adorno saluda con un amistoso apretón de manos a Max Horkheimer, con quien escribió el emblemático libro Dialéctica del Iluminismo, piedra angular de la Escuela de Frankfurt. Incluso en esa imagen, la sonrisa es a medias; su apatía se impone.

¿Quién fue Adorno y por qué todos los que han leído algunas de sus ideas —ideas como liendres aguerridas— no han podido sacárselas de la cabeza? Algo de todo esto queda claro en Sobre la teoría de la historia y de la libertad, libro que acaba de editar Eterna Cadencia con traducción de Miguel Vedda y que reúne una serie de clases —28 lecciones, para ser preciso— sobre progreso, libertad e historia que dio entre 1964 y 1965. En el prólogo, Mariana Dimópulos da cuenta de una serie de interrogantes claves para pensar el libro y el pensamiento de Adorno ubicándolo entre Hegel y Kant. "El hombre funciona como recordatorio de que la relación entre la parte y el todo no siempre es de perfecta integración", escribe la investigadora argentina dando cuenta de una obsesión de Adorno: la contingencia.

“Sobre la teoría de la historia y de la libertad” (Eterna Cadencia, 2019) de Theodor W. Adorno
“Sobre la teoría de la historia y de la libertad” (Eterna Cadencia, 2019) de Theodor W. Adorno
 

Dialéctica del Iluminismo es, como se dijo, el gran libro de la Escuela de Frankfurt, un grupo de intelectuales marxistas abocados a pensar cómo el capitalismo se fue inmiscuyendo de a poco y (en apariencia) definitivamente en la cultura. Publicado en 1944, los autores detectan "la victoria de la razón tecnológica sobre la verdad", es decir que "la razón misma se ha convertido en un simple accesorio del aparato económico omnicomprensivo". Observan que en el Siglo de las Luces, la Ilustración, la imposición de la razón por sobre la religión no resultó tan armónica como se creía. Pero, ¿qué fue lo que salió mal?

Vayamos atrás, más atrás. En las últimas páginas del siglo XVIII, en 1799 para ser preciso, Francisco de Goya pintó sus Caprichos, una serie de grabados que podríamos calificar rápidamente como turbios. En uno de ellos, el número 43, una persona duerme sobre una mesa y, detrás, proliferan aves que se confunden, entre lechuzas y murciélagos. En un rincón de la imagen, sobre un rincón, una frase: "El sueño de la razón produce monstruos". Es es el título de este grabado y presenta un problema fundamental, no sólo para aquellos turbulentos años donde se aproximaba la Modernidad, sino también para los actuales: si la razón es el valor crítico por excelencia, ¿quién puede criticar a la razón? 

El punto neurálgico de esta cuestión está en la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo. "El surgimiento del sujeto se paga con el reconocimiento del poder como principio de todas las relaciones", escriben Adorno y Horkheimer en el prólogo. Es que la razón es la forma que el hombre —los humanistas ilustrados del siglo XVIII— ha encontrado para dominar a la naturaleza. Si antes todo se explicaba en base a la religión, ahora el propio pensamiento lógico puede dar cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor. Sin embargo, hay una trampa: el hombre forma parte de la naturaleza. Entonces, ¿no es acaso la razón, un instrumento de dominación entre los hombres, es decir, de la clase dominante? El Holocausto, explica Adorno, es el más triste y certero de los ejemplos.

Max Horkheimer y Theodor Adorno en Heidelberg, 1964
Max Horkheimer y Theodor Adorno en Heidelberg, 1964

Es necesario pensar la época. Por aquellos años, la industria cultural es un incipiente negocio que convierte al arte en entretenimiento con el fin de llegar a todos, a la cultura de masas, devenidos en, ya no espectadores, sino consumidores. Entonces "el arte se torna una mercancía preparada, asimilada a la producción industrial, adquirible y fungible". El problema es que "el empobrecimiento de los materiales estéticos (…) podrá mañana triunfar abiertamente, como sarcástica realización del sueño wagneriano de la 'obra de arte total'". ¿No estamos viviendo ahora, extraño milenio "postideológico", esa gran distopía adorniana donde todos los productos culturales dicen más o menos lo mismo? "La vida en el capitalismo tardío es un rito permanente de iniciación. Cada uno debe demostrar que se identifica sin residuos con el poder por el que es golpeado", se lee en Dialéctica del Iluminismo.

La paleta temática de Adorno es enorme. Le interesaba puntualmente el arte —componía música de cámara vanguardista y atonal—, por eso su Teoría estética. Sobre este libro, la investigadora Susan Buck-Morss ha dicho que "hay algo muy cuidadoso en el modo en que está escrita; un cuidado por las palabras que es propio de una obra de arte". ¿Un estilo narrativo académico? En una entrevista de 1968 a Herbert Marcuse, su amigo y compañero de la Escuela de Frankfurt, el entrevistador le pregunta porqué Adorno escribía "demasiado pomposo". Allí Marcuse responde esto: 

"En gran medida estoy de acuerdo. Confieso que hay muchos pasajes de Adorno que yo mismo no entiendo. Pero quiero decir al menos algunas palabras para justificarlo. El lenguaje ordinario, la prosa corriente, incluso aquella que es un poco sofisticada, ha sido tan penetrada por el establishment, expresan tanto el control y la manipulación del individuo a manos de la clase dominante, que incluso en el lenguaje que utilizamos debe manifestarse una ruptura con la conformidad. De ahí el intento de verbalizar esta ruptura en la sintaxis, en la gramática, en el vocabulario, etc. Ahora, si esto es aceptable, no lo sé. Se puede incurrir en un riesgo igual de peligroso en la popularización precipitada de los problemas tremendamente complejos que enfrentamos actualmente".

Theodor Adorno (Shutterstock)
Theodor Adorno (Shutterstock)

Es cierto. Su lenguaje es imbricado y complejo. Sin embargo, necesario. Se verá también que sus temas tienen un interés genuino en cuestiones cotidianas. Por ejemplo, en Minima moralia: reflexiones desde la vida dañada (1951), reflexiona sobre el regalo. Dice: "El verdadero regalar tenía su nota feliz en la imaginación de la felicidad del obsequio. Significaba elegir, emplear tiempo, salirse de las propias preferencias, pensar al otro como sujeto: todo lo contrario del olvido. Apenas es ya alguien capaz de eso. En el caso más favorable se regalan lo que desearían para sí mismos, aunque con algunos detalles de menor calidad. La decadencia del regalar se refleja en el triste invento de los artículos de regalo, ya creados contando con que no se se sabe qué regalar, porque en el fondo no se quiere".

Algo similar ocurre con el tiempo libre. En el breve texto donde habla de lo que se denomina extrañamente hobbie —que se traduce al español como pasatiempo y significa "actividad que sirve para entretenerse y pasar el rato"—, explica cómo ese tiempo libre se acopla a la lógica productiva con el único fin de que no salgamos de ella, que no nos atrevamos a imaginar un disfrute y un goce que no esté dentro del consumo. Ahora, en este 2019, cincuenta años después de la muerte de quien detectó esta paradoja, ¿hay grietas por las cuales filtranos y escapar, al menos por unas horas, de eso que Marcuse llamaba el "pensamiento unidemensional"?

Theodor Adorno
Theodor Adorno

Esta tarde, a las 19 horas en el Centro Cultural Paco Urondo, se presentará Sobre la teoría de la historia y de la libertad. Estarán Miguel Vedda (su traductor), Mariana Dimópulos (quien realizó el prólogo) junto a Pablo Gianera, Silvia Schwarzböck y María Belforte. Si bien el libro tiene ese lenguaje "pomposo", está marcado por la oralidad, lo cual lo envuelve en una lectura muy agradable. Allí, Adorno dispara conceptos profundos e inquietantes con nutridas argumentaciones. Por ejemplo: "Incluso en la esfera del consumo, como significativamente se denomina aquello que antes se llamaba goce, [los seres humanos] se han convertido ahora en apéndices de la máquina (…) La libertad se convierte insignificante, mísera, escasamente en posibilidad de conservar la propia vida".

"Donde parece existir un grado óptimo de libertad, la gente no hace ningún uso de ella", se lee, y más adelante: "La libertad es, al mismo tiempo, un ámbito de experiencia subjetiva; es decir, no debe ser considerada solo según la medida que le es prescripta a uno objetivamente. Cuando falta este interés, esta conciencia, no hay tampoco libertad". Sus palabras son agudas, potentes, molestas, sin embargo tienen el mismo propósito de cualquier marxista: despertar conciencias y transformar el mundo. En el fondo de su pesimismo, hay una esperanza inquebrantable.

Tenía apenas 66 años durante aquel verano suizo cuando murió. La situación es extraña, aunque no por eso menos real. Corría el mes de julio de 1969 —había concluido en Mayo Francés pero las movilizaciones estudiantiles y obreras no cesaban— y este filósofo judío alemán había decidido tomarse unas vacaciones en Viège. Hacía tiempo que venía obsesionado con el alpinismo. Los médicos le habían recomendado que no se expusiera a ese tipo de climas y menos a ese tipo de actividades. No hizo caso. No le interesaba hacer caso. En una excursión rumbo a las montañas padeció ataques de arritmia y palpitaciones que lo afectaron al punto tal de tener que internarse. Unos días después, el 6 de agosto para ser preciso, tuvo un infarto agudo de miocardio. Hoy se cumplen cincuenta años de su muerte. 

 

* Presentación de "Sobre la teoría de la historia y de la libertad"
Hoy, 6 de agosto, a las 19 horas
Centro Cultural Paco Urondo – 25 de mayo 201 – CABA
Entrada libre y gratuita

 

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