Ray Bradbury
Ray Bradbury

El tercer día de diciembre de 2018 (este año, sí: pero la precisión conviene a la Historia cuando el episodio sea escrito), un lunes, como si comenzara un día de oficina, y después de superar los siete minutos de terror –el instante crítico: todo o nada–, el módulo espacial InSight se acunó en el rojo polvo de Marte.

Su misión, como tantas similares en otros planetas, es otro "atrevimiento del alma humana", según juzgó el parisino Anatole France (1844 -1924).

Más tarde o más temprano, Marte será nuestra casa. Ilusión, verdad o conjetura que (inevitable) a algunos nos remite a Ray Bradbury y su obra (o sueño) más famoso: los veintisete cuentos de Crónicas marcianas, nacido en 1943.

Libro que agotó unos diez millones de copias, y que mereció un deslumbrante prólogo de Borges. Que dice en su último tramo: "Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable (…) el nuevo género narrativo que los americanos del Norte denominan science-fiction tiene un ejemplo admirable en estas Crónicas. Su tema es la conquista y colonización del planeta (…) Ray Bradbury ha preferido –sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio– un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres, y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo –que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos– (…) Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado (…) ¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad? (…) En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street (…) Por virtud de estas Crónicas me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables terrores".

En una posdata de 1974, luego de releer los Relatos de lo grotesco y arabesco (1840), de Poe, Borges imprime un doble homenaje a Bradbury: "Es heredero de la vasta imaginación del maestro".

(AP File Photo)
(AP File Photo)

Desde luego, escrito en 1943, sus historias suceden entre Enero de 1999 y Octubre de 2026. La primera fecha de la narración inaugural, El verano del cohete, nos parece no sólo pasada: en más de un sentido, olvidada. En cuanto a la última, El picnic de un millón de años, está apenas a siete años de estos días, y si los cálculos no son erróneos, el primer viaje tripulado sucederá en 2030…, believe it or not.

Por cierto, ese o esos primeros hombres en nuestro vecino más cercano del Sistema Planetario Solar encontrarán escenarios, riesgos y amenazas muy diferentes de las urdidas por Bradbury, pero no menos estremecedoras.

Quizá, una vez más, la naturaleza imite al arte: sentencia de Oscar Wilde en un artículo de 1889 y en su ensayo La decadencia de la mentira, dos años después.

(AP)
(AP)

En todo caso, sean quienes fueren los homo sapiens destinados a esa colosal aventura, quiera el azar que nada de lo que afronten se parezca a La tercera expedición, sexta crónica marciana que Bradbury instala en abril de 2002.

Los navegantes, al mando del capitán John llegan, son felices todo un día al revivir las emociones de sus días en la Tierra –astuta metamorfosis de los marcianos–, pero…

Dejo el final como incógnita y asombro. No es aventurado suponer que incluso lectores avezados ignoren esta obra mayor. En ese caso, hoy es el momento ideal. Porque la ficción y la posible realidad se tocan con sus dedos índices, como cierta pintura celebérrima que domina el techo de la Capilla Sixtina.

Si la hazaña sucede realmente en 2030, ya empezó la cuenta regresiva. Y también empiezan a agitarse los huesos del hombre de Illinois, que partió hace seis años, a los 91 que le fueron concedidos.

(Wikipedia)
(Wikipedia)

(Post scriptum. La noticia, el InSight en Marte, obliga a la imaginación a llegar hasta la puerta de su casa y estudio en Los Ángeles. Está encerrado, escribiendo. Nadie puede ni debe molestarlo. Ni siquiera Marguerite McClure, su mujer, y menos sus cuatro hijas: Bettina, Alexandra, Susan y Ramona. Bloqueado, para ahuyentar a cualquiera que le haga perder tiempo, ha colgado en la puerta un enorme mono de paño y la leyenda Keep out!
Acaso el único modo de concebir y teclear, entre 1920 y 2013, cuarenta títulos: poemas, cuentos, novelas. Con un estante de imprescindibles: El hombre ilustrado, Las doradas manzanas del sol, Remedio para melancólicos, Las maquinarias de la alegría, El vino del estío, Cementerio para lunáticos…, y en especial, Fahrenheit 451 –la temperatura a la que arde el papel–, novela que figura en el Salón de la Fama de la Ciencia Ficción, Seattle, Washington. De ella dijo Bradbury: 'No he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino advertencias. Es curioso: en mi país, cada vez que surgía un problema de censura, salía a relucir como paradigma de la libertad Fahrenheit 451. Los intelectuales, de derecha o de izquierda, siempre tienen miedo a lo fantástico. Hay que tener mucho miedo de ellos, porque intentan decirte lo que tienes que leer, y lo que no'. Pero Fahrenheit… es tan aterradora como imprescindible. Debiera ser de lectura obligatoria en las escuelas, porque es un monumento contra toda forma de al que homenaje al rebelde que la enfrenta. Pero hay algo mucho más potente, y no menor, en la obra de Bradbury: su alma, carne y sangre de poeta. Y no sólo en sus poemas: en su entero estilo, aun en las historias de horror físico y metafísico. Si en el futuro más de una nave toca Marte, alguna debería honrarlo con su nombre.)

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