David Leavitt: "La elección de Trump nos hizo abrir los ojos y ver que no somos especiales"

El escritor estadounidense dialogó con Infobae Cultura en el marco de su visita al FILBA: el estado de las escuelas de escritura creativa, su próxima novela, el rol de los intelectuales y la importancia de ser un autor “outsider”, entre otros temas

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(David Leavitt)
(David Leavitt)

David Leavitt nación en Pittsburgh en 1961. Estudió en Yale. Se ha consagrado como una de las grandes figuras de la literatura contemporánea norteamericana con novelas como El lenguaje perdido de las grúas, Mientras Inglaterra duerme, El contable hindú y Los dos hoteles Francfort.

Llegó a Buenos Aires para participar del FILBA y dar un curso sobre la escritura de diálogos. Habla italiano y muy poco español aunque reconoce que le encantaría hablar varios idiomas y, por qué no, animarse a escribir en italiano. Agradece haber salido de Estados Unidos por unos días pero parece ser el único tema del que quiere hablar. Trump, el estado de las escuelas de escritura creativa, su propio proceso creador y su nueva novela en este diálogo con Infobae Cultura.

¿Está usted escribiendo en este momento?

—Sí, mucho. Estoy terminando una novela; me estoy acercando al final. Es un trabajo lento. Es difícil decir de qué se trata exactamente, pero estoy escribiendo sobre el presente. Está ambientada en 2017. Me parece que hoy en día si se escribe sobre el presente es un error no incluir una marca de tiempo, porque las cosas cambian mucho. Incluso entre 2017 y 2018 muchas cosas cambiaron. Así que este libro tiene una marca de tiempo.

¿Y por qué eligió 2017?

—Porque el evento catalizador es la elección de Trump.

Anne Carson, Eugenia Zicavo y David Leavitt en FILBA (Rodrigo Ruiz Ciancia)
Anne Carson, Eugenia Zicavo y David Leavitt en FILBA (Rodrigo Ruiz Ciancia)

Leí que usted dijo que en estos tiempos, en tiempos de Trump, hay dos opciones: "esconderse o luchar" Su nuevo libro, ¿es una manera de luchar?

—No explícitamente, porque no creo que esa sea una tarea de la literatura y porque no soy fanático de la literatura explícitamente política. Pero pienso que escribir sobre cómo circunstancias externas a tu vida personal afectan tu vida personal es muy importante. El efecto de esta elección sobre mí ha sido un profundo cambio de vida. Me siento un poco ingenuo al decir esto, porque soy estadounidense; cuando miro a la gente de Argentina, este es un país que ha atravesado tantos cambios, tanta incertidumbre, tanta brutalidad. Y me parece que los estadounidenses tenemos esa fantasía de que somos mejores que eso, que somos inmunes a eso, que Estados Unidos es un país en el que el totalitarismo nunca se va a dar. Creo que la elección de Trump nos hizo abrir los ojos y ver que no somos especiales.

O diferentes.

—O diferentes. Y que hay maldad en el mundo, tanto en Estados Unidos como en cualquier otro lugar. Siempre lo supe, pero nunca lo había sentido tan cerca.

Mucha gente se arrepintió de no haber ido a votar.

—Échele la culpa a los rusos. Había muchas dudas sobre Hillary Clinton; algunas eran legítimas, pero había mucha propaganda perniciosa de los rusos. Y Trump dijo muchas mentiras sobre ella, y eso sigue sucediendo. La versión de la alt-right (derecha alternativa) durante las audiencias de (Brett) Kavanaugh era que Christine Blasey Ford y todo ese tema había sido orquestado por Hillary, que Hillary le había pagado para hacer esa declaración falsa. Quiero decir… esas teorías conspirativas disparatadas son casi como Los protocolos de los sabios de Sion, ahora con Hillary como una especie de enemigo. Pero creo que había tantas dudas sobre ella que mucha gente no pudo votar por ella con entusiasmo. Yo no estaba muy entusiasmado con ella, pero la voté. Creo que Trump es el gran desestabilizador. Escuché una entrevista con Masha Gessen —que es rusa pero se educó en los Estados Unidos, escribe en inglés y es experta en Putin— y habló mucho sobre cómo el método de Putin es desestabilizar constantemente, cambiar constantemente de tema. Y eso es lo que hace Trump, siempre es algo distinto y uno nunca sabe de un día para el otro…

El autor estadounidense dialogó con Infobae Cultura
El autor estadounidense dialogó con Infobae Cultura

Desvía la atención, uno no puede concentrarse.

—Sí. Es imposible concentrarse y los medios parecen estar completamente enganchados con ese modo de actuar. Él siempre miente, no para de hablar de fake news (noticias falsas), pero siento que los medios que él odia hacen lo que él quiere, porque de lo único que hablan es de Trump. Quiero decir, por ejemplo lo de Brasil: hay tan pocas noticias en los Estados Unidos sobre lo que está pasando en Brasil, porque todo está tan enfocado en él, en Trump. Y eso es peligroso, da miedo.

Entrevisté a Paul Auster a principio de año y dijo que los intelectuales en los Estados Unidos no son la voz que la gente escucharía en momentos como este, sino más bien que son las estrellas de televisión o de Hollywood que manifiestan su oposición y se hacen oír las que representan lo que está pasando.

Creo que los intelectuales nunca tuvieron mucha influencia en los Estados Unidos en lo que respecta a la política. Hay una especie de elitismo intelectual… Quizá hacia los años cincuenta hubo ciertos intelectuales que realmente tuvieron mucha influencia. Pero ahora me parece que a los intelectuales se los ve como si vivieran en un mundo propio. Por ejemplo, recientemente hubo un gran escándalo —bueno, quizá no tan grande—, pero echaron al editor de The New York Review of Books luego de haber publicado un texto de un periodista canadiense que había perdido su trabajo porque se lo había acusado de abusos sexuales a mujeres. Era una especie de mea culpa, pero también sobre cómo le habían arruinado la vida. Y aunque era un ensayo muy malo, se lo publicaron y después dio una entrevista en la que era muy lacónico sobre el tema: "Ah sí, bueno, ¿por qué le dan tanta importancia?". Y ese fue su gran error. Hay grandes debates entre intelectuales, entre escritores; he tenido grandes discusiones con mis amigos sobre esto. La gente toma partido por las dos partes, pero es irrelevante para el público en general de los Estados Unidos, porque el 99% de ellos nunca oyó hablar de The New York Review of Books. Es una publicación importante para nosotros…

Es para un nicho.

—Sí, la lee un grupo muy reducido de personas. Ese es el "estilo americano" y lo ha sido desde hace mucho tiempo. Entonces vivimos en una especie de burbuja y tenemos discusiones dentro de esa burbuja. Quiero decir, tengo un amigo, un escritor que vive en Carolina del Sur, y me dijo que hace unas semanas alguien le disparó a su casa. No le apuntaron a él, fue un accidente o algún tipo de tiroteo en el que el arma apuntaba para donde no debía. Y el policía que intervino le dijo: "¿Usted es liberal o conservador?". Y George le contestó que era liberal, y el oficial le dijo: "Entonces se lo merece". Y con eso es con lo que estamos lidiando: con una realidad bastante terrible y es la combinación perfecta de ingredientes para el fascismo. O sea, es aterrador. Y sobre eso escribe Rachel Cusk: que no sabemos qué hacer con nuestra libertad. Debo decir esto: desearía profundamente que los Estados Unidos tuvieran un gobierno parlamentario. Esto realmente me hizo ver la falla en el diseño de los Estados Unidos, en la tan respetada división de poderes… En un Parlamento se puede echar a un líder antes de que termine su mandato. Es lo que desearía que tuviéramos.

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Para ser escritor uno tiene que ser un outsider

En sus libros históricamente usted hace referencia al multiculturalismo y sus personajes son periféricos, estoy pensando en El contable hindú. De alguna manera es muy interesante porque, a pesar de que es el protagonista de su novela, no está escrito desde su punto de vista…

—Bueno, creo que de cierta manera para ser escritor uno tiene que ser un outsider. Porque uno es escéptico de todo. Entonces, si uno pasa a formar parte de una institución como hice yo, para dar clases, es muy incómodo. Porque yo doy clases en la Universidad de Florida y estoy muy involucrado con la universidad; mucho de mi trabajo tiene que ver con la universidad y eso me incomoda, no me gusta la idea de que mi identidad sea subsumida por una entidad mayor. Me parece que hay una cierta pérdida de libertad que va de la mano de convertirse en un insider. Eso es exactamente lo que le pasó a Ramanujan: cuando fue a Cambridge fue aceptado pero seguía siendo un outsider porque era indio. Así que esa tensión es algo que me resulta interesante.

Leí en muchos artículos que su trabajo es considerado minimalista.

—Eso fue en un principio, sí. Y yo no estoy de acuerdo. No sé por qué, pero no estoy de acuerdo. Creo que es una etiqueta que se le ponía a muchos escritores en los años ochenta. No era cierto; fue a Fernanda Pivano en Italia a la que se le ocurrió ese término. Y creo que no era el caso de ninguno de los escritores a los que llamó minimalistas, quizá con la excepción de Raymond Carver.

Exactamente, pero la elección de palabras, la cantidad de información y la manera en que uno entra a sus libros y siente como si estuviera ahí, los hace muy visuales, están exquisitamente escritos, pero no son minimalistas.

—Bueno, ahora la palabra que la gente está usando incorrectamente es "autoficción", y es una palabra muy de moda ahora que la gente usa todo el tiempo, pero la usa mal. No sé si escribí algo que llamaría autobiografía. Todos los libros que escribí tienen elementos autobiográficos. Probablemente mis primeras obras hayan sido las más autobiográficas, mis primeros relatos.

¿Cree que sea un requisito para los escritores?

—Me parece que uno tiene que de alguna manera trabajar sobre su propia infancia antes de avanzar. El paradigma de la autoficción es Knausgård. Y en su caso tiene sentido ese término. Pero también escuché ese término aplicado a la escritora contemporánea que yo probablemente más admiro, que es Rachel Cusk. Y no creo que sea correcto llamar a su trabajo "autoficción". Porque la autoficción implica que el yo esté en el centro mismo, y lo que es fascinante de su escritura es la total invisibilidad del narrador. El narrador es simplemente alguien que llegamos a conocer a través de lo que ella nos cuenta sobre otras personas. Por eso creo que es un error llamarlo "autoficción".

Rachel Cusk
Rachel Cusk

Cuando enseña escritura creativa, ¿cuánto de lo que enseña es lo que después encuentra difícil en su propia obra?

—Ah, ¡casi todo! Siempre digo "haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago". Quiero decir, enseño ciertas cosas que puedo hacer. Por ejemplo, muchos de mis alumnos no contaban con una cierta educación básica en lengua inglesa. Entonces una determinada cantidad de lo que enseño es gramática.

¿En serio?

—Bueno, porque no se les enseña bien en la secundaria. No saben usar la puntuación. Pero también intento ayudarlos a encontrar sus propias voces, sus preocupaciones e identidades propias. Pero siempre les digo: "No reescriban demasiado".

Y usted sí reescribe.

—Ah sí, como loco. Porque podés quedar atrapado, podés pasarte meses escribiendo el mismo párrafo o la misma página. Y siempre les advierto que no lo hagan, pero después yo lo hago.

Su literatura está íntimamente ligada al mundo homosexual y cómo encarar la homosexualidad en términos personales, sociales, de reacciones y en diferentes épocas. Y creo que ese es un hilo conductor en su obra. ¿Fue una elección consciente o le viene naturalmente que siempre esté el tema, ya sea algo ficticio o histórico?

—Cada vez menos. Definitivamente fue una elección consciente cuando empecé a escribir, porque estaba intentando escribir los libros que hubiera deseado que existieran cuando tenía 17 años.

¿Y qué clase de libros hubieran sido?

—Libros que hablaran sobre la vida de hombres homosexuales de una manera que no me diera ganas de matarme. Porque en los años setenta y ochenta la mayoría de la literatura "gay" era sobre el ambiente de los clubes nocturnos de Nueva York. Y era cínica. Y no era la vida que yo quería o la que podía imaginar. Pero eso cambió, creo que ya no hay necesidad. Así que, como sigo escribiendo, en el libro en el que estoy trabajando ahora hay personajes homosexuales y heterosexuales. Ya no es el conflicto central.

Srinivasa Ramanujan
Srinivasa Ramanujan

De una u otra manera, usted alude a lo mismo, desde un punto de vista histórico, en diferentes momentos del siglo XX. Y eso creo que es una especie de historia de la salida del clóset.

—Sí, sí. Bueno, cuando estaba escribiendo El contable hindú conocí a un matemático que enseñaba en la misma universidad en la que trabajo y que era un gran experto en Ramanujan. Entonces almorcé con él y me dijo: "Bueno, circulan muchas historias de que Hardy era homosexual, pero no va a hablar de eso, ¿no?". Y le dije: "¿Por qué no?". Y me dijo: "Porque no es relevante para la historia, su relación con Ramanujan no era una historia de amor". Y yo le dije: "No, pero…". De todas maneras lo incomodaba. Era indio también, lo que quizá en parte tenga que ver. Pero para mí era esencial: era un aspecto tan esencial de la identidad de Hardy como su ateísmo. Eso era igual de importante.

Como lector uno lo siente y lo aprecia. El contable hindú comienza con Hardy dando una conferencia y refiriéndose al fallecimiento de Ramanujan.

—Ese fue un hecho real y empiezo con el texto real de su discurso.

Exacto. Pero después nunca termina su discurso.

—Bueno, de alguna manera dejé que se convirtiera en un monólogo interior.

“El contable hindú” (Anagrama), de David Leavitt
“El contable hindú” (Anagrama), de David Leavitt

¿Por qué eligió hacer eso? Es una decisión hermosa, me gusta, pero todo el tiempo intentando…

—Fue porque sentí que quería tener una voz distinta. La mayor parte del libro está en la tercera persona del presente, y quería tener una voz más reflexiva y retrospectiva que una voz en primera persona. Decidí transformar a Hardy en un elemento contrastante en la narración, lo cual es algo que nunca había hecho antes, eso de tener dos voces en el mismo libro. En general no soy muy fanático de eso.

No, pero en lo que usted hace, si no entendí mal, hay una voz pública y después estos monólogos interiores que muchas veces contradicen lo que la persona de hecho está diciendo, ¿no?

—La mayoría de nosotros tiene una vida pública y una vida privada, y creo que existe la idea de que de alguna manera están completamente separadas, pero no es así. No están separadas en lo más mínimo. Y, siguiendo el mismo criterio, conozco a muchas personas que intentan actuar como si la situación política actual no les hubiera afectado la vida. Pero no les creo. Me parece que básicamente es intentar no ver.

Y eso es peligroso.

—Es peligroso de la misma manera que es peligroso mirar demasiado. Quiero decir, estas últimas dos semanas estuve mirando las audiencias de Kavanaugh, y literalmente me hizo descomponer. Era demasiado para ver. Creo que lo que hace única a la presidencia de Trump y lo que lo distingue de otros dictadores es que —como vivimos en una era de medios masivos y noticias al instante— no hay tiempo entre el momento en el que pasa algo y el momento en el que se informa sobre eso, entonces no hay tiempo para procesarlo y la gente inmediatamente empieza a hacer predicciones. Cuando Kavanaugh ganó, instantáneamente, literalmente ni bien Susan Collins terminó de dar su discurso —yo estaba mirando CNN—, todos empezaron a predecir: "Entonces, ¿qué creen que va a significar esto? ¿Qué va a pasar ahora? ¿Qué van a hacer los demócratas?". Y me dieron ganas de decirles: "Simplemente tómense 24 horas y respiren". Y tuve que apagar el televisor, no pude seguir mirando.

Ivy Compton-Burnett
Ivy Compton-Burnett

Este año estará dando una especie de clase magistral de escritura de diálogos.

Bueno, esa es mi obsesión del momento, mi obsesión técnica.

¿Por qué?

—Probablemente porque me cautivó por completo una escritora británica muy poco conocida llamada Ivy Compton-Burnett, cuyas novelas estaban escritas casi por completo en forma de diálogo. Entonces me interesa mucho la idea del diálogo como una manera de hacer avanzar una narración y, en especial, el diálogo con no mucho más. Hasta casi un 80% de sus novelas son diálogos. Es una escritora virtuosa: hay una escena en una de sus novelas con catorce personajes que hablan en una cena y en todo momento te das cuenta de cuál es cada uno. Es sorprendente.

Fotos: Guillermo Llamos

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