Madrid, enviado especial. Del otro lado del vidrio, la Gran Vía de Madrid es un hervidero: turistas con bolsas de tiendas en rebaja, vendedores ambulantes que regatean anteojos, guantes y palitos para selfies en la calle, empleados apurados. Es una avenida en donde todo se mueve rápido y con una banda de sonido compuesta de sirenas de ambulancia, motos acelerando, risas en distintos idiomas —ganan los chinos—, máquinas de obreros. De este lado, en cambio, todo es tranquilidad. Las canciones populares de los años 40 acompañan el movimiento de los pocos comensales.

Estamos en el café del Hotel de Las Letras, donde se aloja el escritor norteamericano James Ellroy, que ha viajado para presentar su novela autobiográfica Mis rincones oscuros (Literatura Random House). A pocos metros, el escritor cubano Leonardo Padura toma un consomé, mientras el sol golpea en un piso de estilo damero que le da un estilo entre moderno y colonial al espacio. En pocos días, ambos participarán del festival Barcelona negra, donde el estadounidense será el invitado de honor.

Ellroy es uno de los más grandes escritores del hard-boiled norteamericano, comparable con Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Le dicen "el perro rabioso de la literatura norteamericana". Sus historias tienen la crudeza de alguien que se crió entre la sangre, y el apodo es preciso: muerde al lector y no lo suelta hasta el final.

James Ellroy (Penguin Random House)
James Ellroy (Penguin Random House)

La fama de hombre duro e impaciente lo precede. En YouTube se lo ve sarcástico, ampuloso, irritable. Pocos días antes de este encuentro, su agente envía tres condiciones estrictas: haber leído sus libros, llegar puntual y no hacer preguntas ni de política ni de actualidad. Con tantas restricciones, parece que uno realmente va a encontrarse con un perro rabioso. Ellroy llega a la hora convenida, saluda con un fuerte apretón de manos y se tira —se desploma— en un sillón. Lleva un saco marrón, una camisa floreada, un sombrero tipo "conotier". Mira con unos ojos punzantes detrás de unos anteojos redondeados. Es alto o da la impresión de serlo. Intimida.

Quería comenzar con una observación antes que con una pregunta: yo creo que usted no escribe género negro.

—Es cierto —dice y se afloja—. Escribo novelas históricas centradas en Los Angeles, con frecuencia entre 1945 y 1960, que es, justamente, la era del cine y la novela negra.

Dicho esto, Ricardo Piglia, un escritor argentino muy importante, alguna vez dijo que todo relato es policial.

—Siempre está el misterio sobre la naturaleza humana: por qué hacemos lo que hacemos. Es una pregunta sin respuestas. La ficción mediocre, sobre todo la ficción policial mediocre, te da un final redondito y, de alguna manera, te permite adscribir un motivo y una culpa precisa. En cambio, la buena ficción, como la que escribo yo, suele dejar un final más ambiguo.

Mis rincones oscuros (Literatura Random House)
Mis rincones oscuros (Literatura Random House)

La obsesión como regalo 

La historia de James Ellroy comienza con dos muertes que todavía hoy son un enigma para la policía de California: las de Elizabeth Short y Jean Ellroy, su propia madre.

La Dalia Negra, tal como le decían a Short, porque era alta, flaca y siempre vestía de negro, era una actriz de Hollywood con una carrera ascendente. Tenía 22 años, era muy joven, bellísima y con una vida tumultuosa. El 15 de enero de 1947 apareció muerta. Violada y torturada durante días, el asesino se ensañó con una brutalidad insoportable: le deformó la cara, la descuartizó —la cortó en dos— y hasta la evisceró. El caso generó un impacto enorme en la opinión pública porque nunca se encontró al culpable. Todas las investigaciones terminaban en nada.

Un año después, James —10 años, único hijo de un matrimonio disuelto— volvía de un fin de semana con el padre cuando, al llegar a su casa, un policía lo detuvo y le dijo que habían asesinado a la madre. Jean era una pelirroja sexy de 40, despótica y a medio camino de volverse alcohólica, que tras el divorcio había tenido algunas parejas inestables. La encontraron en un descampado: la habían violado y la estrangularon con una de sus medias de nylon. La relación entre la madre y el hijo no era saludable —"Mi madre", dijo o escribió Ellroy alguna vez, "creía que yo me convertiría en un tipo débil, perezoso y mentiroso como mi padre"— pero su muerte lo obsesionó hasta tal punto que Jean, como el rey padre de Hamlet, se volvió un fantasma constante.

(Marrion Ettlinger)
(Marrion Ettlinger)

Y la obsesión crecía con cada investigación que se perdía en un callejón sin salida. James empezó a leer como un poseso: novelas policiales, revistas sobre crímenes, declaraciones judiciales. Llevó un registro de las muertes violentas de mujeres —ahora tenemos una palabra para eso: femicidio— que se iban resolviendo. Por las noches se ahogaba en pesadillas donde Jean y la Dalia Negra se mezclaban. Hasta sus primeros deseos sexuales estuvieron teñidos por las imágenes de ellas. Parecía que no iba a poder salir del laberinto. Hasta que empezó a escribir.

Una cita de Mis rincones oscuros: "Mi madre me concedió el don y la maldición de la obsesión". ¿Por qué esa doble caracterización de don y maldición?

—Ella me lo dio, pero no porque hubiese hecho algo, si no por haberme traído al mundo. Me he metido en muchos problemas por culpa de esa obsesión, pero me ha funcionado bien en el sentido de que soy un poeta de la obsesión. Escribo personajes interesantísimos basados en la obsesión. Además, es un regalo que yo le doy también al lector, al obligarlo a leer mis libros de manera obsesiva.

¿Por qué escribe? Es una pregunta que puede tener una respuesta grandilocuente o elíptica, pero, en su caso, apostaría a que la ha pensado y que tiene una respuesta concreta.

—Sí, claro que lo he pensado: "En mi oficio o arte hosco ejercitado en la noche en calma, cuando sólo rabia la luna y los amantes descansan con sus penas en los brazos, yo trabajo cantando a luz, no por lucimiento o simpatías en los escenarios de marfil, sino por el salario común de sus recónditos corazones. No es para el hombre orgulloso que yo escribo en estas páginas rociadas por la espuma del mar, sino para los amantes, sus brazos abarcando las penas de los siglos, que no elogian ni pagan ni hacen caso de mi oficio o arte." Es una cita de Dylan Thomas, aunque no es literal. Cuando alguien me pregunta por qué escribo, mi respuesta es esa.

Sé que usted es un fanático de las citas y que suele responder con citas de sus escritores favoritos.

—Sí, pero sólo tengo media docena. W. H. Auden, A.E. Housman, Dylan Thomas. Tengo 8 o 9 citas en total.

Ellroy, el perro rabioso de la literatura (Penguim Random House)
Ellroy, el perro rabioso de la literatura (Penguim Random House)

Poeta de la obsesión

Autor de más de dos docenas de títulos —entre otras: La colina de los suicidas, América, Perfidia—, su novela más famosa es L.A. Confidential. Considerada un clásico moderno, toma un hecho real —la violenta represión policial sobre un grupo de mexicanos que fue conocida como la Navidad sangrienta de 1951— y elabora a partir de eso una trama de asesinatos, corrupción, pornografía y codicia. L.A. Confidential fue llevada al cine 1997 con la dirección de Curtis Hanson (La mano que mece la cuna) y las actuaciones de Russell Crowe y Kim Basinger —que ganó el Oscar a mejor actriz de reparto.

En 2015, Ellroy recibió el premio Edgar —llamado así en honor a Edgar Allan Poe—, el más prestigioso para los escritores de misterio: "Quienes estamos aquí", dijo ante un auditorio repleto que lo ovacionó de pie, "reconocemos la poesía que hay en el vínculo entre el primer beso y la historia de amor que termina con la cámara de gas, seis cortos meses después".

Ellroy dice de sí mismo que es un poeta de la obsesión. Aquellas ideas, manías, fantasías, recuerdos, inquietudes que tenía cuando merodeaba en torno a la muerte de Elizabeth Short derivó en una novela, La Dalia Negra (1987), que también fue llevada al cine, esta vez por Brian De Palma. Con Jean fue diferente. Ellroy contrató a un policía retirado para que volviera a investigar el caso y escribió un largo artículo en la revista GQ con la esperanza de que algún lector acercara pistas. La experiencia terminó con la necesidad de seguir escribiendo: Mis rincones oscuros (Literatura Random House) trata sobre esta búsqueda inevitable y desesperanzada del asesino de su madre.

Volviendo a Mis rincones oscuros, hay una caracterización de sus padres como mentirosos: uno es torpe y está ansioso por impresionar, la otra es verosímil y utilitaria. ¿Qué clase de mentiroso es usted? Me refiero a su labor como escritor.

—Soy un fantasista de carrera. Soy un imaginador. No tengo un gran conocimiento de la historia de Estados Unidos ni de la ciudad de Los Angeles. Pero tengo un conocimiento utilitario de ambas, tengo unas destrezas innatas y una imaginación extraordinaria. Esa es mi forma de mentir. La mentira que construyo es la historia que invento.

Pero son mentiras muy bien documentadas.

Mis rincones oscuros sí está documentada, pero yo juego con la verosimilitud. Si logro que te lo creas, pasa a ser cierto, ¿no? Ese es el brillo de la ficción. Un consejo: nunca muestres a los personajes históricos establecidos como John Fitzgerald Kennedy, Martin Luther King o J. Edgar Hoover en un contexto real. Muéstralos en privado. Porque la mayoría de los hombres, hasta los más célebres, pasan la mayor parte de su tiempo fuera de la vida pública.

Me hace pensar en L.A. Confidencial, donde personas históricas reales, como el capitán de policía William Parker y el traficante Mickey Cohen, son la columna vertebral de la ficción.

—Sí, y se los muestra casi siempre en un contexto ficticio. Esa es la gran arma de mis grandes novelas históricas: te doy la infraestructura secreta de los grandes acontecimientos públicos. Si la vida de estos individuos en privado te conmueve, te impresiona, te deja boquiabierto, yo gano credibilidad y la historia que te presento gana veracidad.

¿Por eso escribió una novela sobre Elizabeth Short y no una investigación de no ficción?

—Son todos hechos de paja. Nadie sabe quién la mató.

¿En qué momento supo que siempre se iba a mover entre los 50 y los 60?

—Tampoco es exactamente así. La Dalia Negra empieza en 1943 y la "trilogía de los bajos fondos" termina en el 72. Después de escribir La Dalia Negra, que termina en 1949, decidí escribir tres novelas más y convertirlas en un cuarteto. Luego decidí irme de Los Angeles y no escribir novelas policiales. Son decisiones creativas muy específicas, muy delineadas.

¿Por qué no le interesa trabajar el presente desde la ficción?

—No hablo del presente, no hablo de nada actual. No tiene ningún atractivo. Yo vivo la historia, me encanta la historia, y las tramas que escribo no tienen ninguna intención de reflejar absolutamente ningún aspecto contemporáneo. Hay que desprenderse de la idea que la historia existe para hablarnos del presente.

James Ellroy (Penguin Random House)
James Ellroy (Penguin Random House)

Me interesaría profundizar en esto, porque cuando uno lee siempre lo hace desde su actualidad. Usted escribe sobre Los Angeles en los 50 y yo lo leo desde Buenos Aires en 2018. Quiero decir: me siento tocado como lector desde mi realidad.

—Gracias por el cumplido. Eso es porque yo lo vivo obsesivamente.

¿Qué cambiaría si hoy se resolviera el crimen de su madre?

—No me lo planteo nunca, porque no va a suceder. Yo nunca pienso hipotéticamente. Nunca vamos a saber quién asesinó a mi madre ni quién mató a la Dalia Negra.

¿Pero la búsqueda de la verdad sobre la muerte de su madre sigue siendo una obsesión?

—No. Ha dejado de serlo. Se terminó. Finito. Lo mismo que la muerte de la Dalia Negra. Son libros que escribí hace muchos años.

¿La obsesión se acaba al terminar de escribir?

—Sí, muere cuando termino de escribir. Yo ya pagué la deuda que tenía con mi madre. Le hice un tributo, un homenaje. Y desde el principio sabía que era muy poco probable encontrar al asesino.

El artículo que escribió para la revista GQ cierra con una frase hermosa: "No voy a disminuir tu poder diciendo que te amo".

—Cuando uno escribe algo así suena bien, ¿no? ¿Siempre la amé? Eso queda abierto a la interpretación. Cuando alguien escribe memorias queda la duda sobre lo que recuerda. ¿Qué es la memoria? ¿La búsqueda del asesino de mi madre puede haber distorsionado su memoria antes que haber echado luz sobre ella? Si tienes las destrezas técnicas que yo tengo y escribes sobre lo que recuerdas, ¿qué es lo que escribes: lo que verdaderamente recuerdas o la historia más fascinante que quieres contar? En ese sentido, las memorias escritas son siempre una distorsión de la memoria.

Curioso: no son verdades sino distorsiones.

—Yo fui tan verosímil como podía serlo con mi mente consciente.

Dice verosímil, no verdadero.

—Lo más cerca de lo que puedes estar es a lo verosímil.

Habiendo escrito tanto sobre Hollywood, con todo lo que está sucediendo hoy en día y el movimiento #MeToo, ¿le interesaría dar su opinión?

—No.

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