"La guerra es una lucha por sobrevivir; para que no te maten a fusil o para que no pierdas la cordura". Eso que dice Emilio lo aprendió a punta de fuego y sangre. Aunque cuando ingresó a las filas de las FARC era demasiado inocente para siquiera imaginarlo. Luego de casi 6 años defendiendo lo que "no creía", puede contar su historia en las entrañas de una guerra de la que –"por milagro"– logró salir con vida.

La violencia le tocó desde antes. El maltrato físico al que lo sometía su padre un día lo cansó, con 12 años decidió huir de su casa. Desde la distancia ayudaba a su mamá y a sus seis hermanos con unos cuantos pesos que ganaba de la minería ilegal de oro, común por aquella época en el sur de Bolívar. Y común también entre las guerrillas que buscaban ensanchar sus organizaciones criminales.

"Uno siempre los veía por ahí pero no les paraba bolas. Pero ellos tienen su gente para endulzarle el oído a los menores de edad", dice Emilio. A él una pareja lo convenció con las "mentiras" del ideal de la lucha armada, y con dinero que nunca vio. A la una de la madrugada, un enero de 2004, salió de la casa sin decirle a nadie; ya con 13 años. Lo esperaban en la esquina.

Por medio de técnicas de persuasión y convencimiento, tanto guerrillas como paramilitares reclutaban niños en sus lugares de juego, en parques, en las iglesias, en las escuelas, en veredas distantes, en resguardos indígenas y en comunidades negras. Las FARC dicen que respetaron el Derecho Internacional Humanitario porque solo tenían niños desde los 15 años. Pero los registros indican casos desde los seis.

Un informe publicado la semana pasada por el Centro Nacional de Memoria Histórica documenta en más de 600 páginas unos 16.879 casos de reclutamiento de niños, niñas y adolescentes, entre 1960 y 2016. Aunque como dicen los investigadores, conocemos los desvinculados, pero solo los actores armados conocen los vinculados. No existen estadísticas exactas de los primeros años de conformación de la guerrilla, solo memoria social. La mayoría de reportes son a partir de 1990, año en que fue incluido el reclutamiento como delito en el Código Penal.

El terror
"Cuando niño uno cree que todo es fácil, cualquier cosa que te digan uno lo ve grande. Poco a poco te van quitando la inocencia". Su madre intentó persuadir a los guerrilleros para que lo devolvieran, pero no tuvo éxito. Comenzaría entonces la lucha de Emilio por sobrevivir; junto a otros niños, por supuesto, "incluso venezolanos y cubanos".

Lo enseñaron a pararse, a caminar, a apuntar su arma, a ubicarse sin brújula guiado por el sol, a conocer qué comer y qué es venenoso, a no morir si se perdía por días, a pedir permiso hasta para ir al baño. Llevaba 3 meses cuando el ejército se metió por sorpresa y tuvo su primer enfrentamiento. "Los mayores cuidaban de los niños para que no se entregaran. Hacen señales para uno saber cuándo retirarse o para dónde caminar, todo eso uno lo tiene que aprender".

Prefiere no recordar su primer muerto. Porque como él mismo dice, "matabas o te mataban a ti". Así era con cualquiera que quisieras escaparse. Estando adentro ya no podían salir. Además, "porque el ejército asesinaba a todos los desmovilizados". Por miedo.

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Aguantar hambre y sed, resistir enfermedades, ver violar mujeres, perder amigos en combate, correr de los bombardeos, vivir entre sangre. Eso y la ideología que les inculcan –dice Emilio–, te cambia la forma de ser. "Cambia tu carácter, tu corazón. Ellos te hacen creer y hacer cosas que uno no quiere. Estando allá uno tiene que salvar su vida".

Esas experiencias fuertes les generan estrés, ansiedad, depresión, enfermedades físicas a quienes las sufren. Hasta afecta el desarrollo del cerebro y otros órganos, según Save the Children. Los niños que salen de la guerra presentan aislamiento, dificultades de relacionamiento, sentimientos de culpa.

"Bienvenido a la libertad"

Así le dijo el ejército a Emilio cuando se entregó.

Una vez, haciendo un mandado, se encontró con unos viejos amigos que le avisaron que su madre estaba mal de salud. No la veía desde que se unió a las FARC, hasta ese día. "Estaba flacaaa, era otra; estaba sufriendo. Ahí tomé la decisión de irme". Eso y las amenazas de muerte de uno de sus comandantes, porque su mujer lo pretendía.

Nunca regresó del mandado. El cura del pueblo lo auxilio mientras el ejército venía por él. Lo llevaron al batallón de Barranquilla. Allá le dieron ropa y utensilios de aseo, y lo ubicaron en un hogar de paso, aunque ya tenía 18 años.

Los niños que ingresan y salen de grupos armados ilegales siendo menores de edad, voluntariamente o capturados, son considerados víctimas del conflicto, y se les llaman desvinculados. Son entregados al Instituto Colombiano de Bienestar Familia –ICBF–, donde entran a un plan de acción integral: atención psicosocial, accedo a la salud, a educación, formación para la vida y reunificación familiar. Y al cumplir la mayoría de edad entran a un proceso con la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN).

Agencia para la Reincorporación y la Normalización
Agencia para la Reincorporación y la Normalización

Solo después de pasar por ese proceso Emilio pudo rehacer su vida. Terminó el colegio que había dejado en segundo de primaria. Nunca supo más nada de sus compañeros, solo se encontró con algunos que se habían desmovilizado. Se radicó en Barranquilla para siempre. Se casó con una ex guerrillera, que falleció por peritonitis y lo dejó con dos niñas. Se volvió a casar y ahora tiene 28 años y trabaja en una empresa dedicada a la comercialización de combustibles.

¿Y ahora?

Las FARC son el grupo responsable del mayor número de menores reclutados, con 54%, seguido de los paramilitares con el 27%. Y donde haya conflictos irregulares, el reclutamiento de niños aparece como una práctica 'legítima' de los actores de la guerra. De ello depende la supervivencia de los grupos al margen de la ley, como dice Katherine López, la coordinadora y relatora del informe del Centro Nacional de Memoria Histórica –CNMH–. Y está muy lejos de desaparecer. Sigue presente en zonas tradicionales y en nuevas áreas de consolidación. Los ojos del país están puestos en el ELN, en disidentes de las FARC y en otros grupos criminales. El CNMH encontró que los niños también son usados en el narcotráfico, la extorsión y la minería ilegal.

"En comunidades rurales los niños tienen alto riesgo de ser reclutados. En la mayoría de estas zonas no hay bachilleratos, estudian hasta quinto de primaria, ahí es donde aparece un escenario de ocio. Y la guerra se presenta como algo que los deslumbra, el poder que da aun arma, el camuflado", explica Luis Trejos, quien aclara que mientras haya actores armados y falte institución educativa, el reclutamiento va a continuar.

Por eso, el Estado ha diseñado estrategias de prevención contra esta práctica. Mambrú, por ejemplo, es una diseñada por la ARN –cuenta una de sus coordinadoras, Laura Orrego–, en la que manejan el tiempo libre de los niños, con actividades lúdicas como fútbol y danza, para mantenerlos ocupados; y después de realizar un diagnóstico para que las herramientas se adapten a cada entorno.

Pero para parte de la opinión pública esto no es suficiente. La continuación de esta práctica, para muchos, desacredita las intenciones de paz del ELN. Incluso después de los últimos atentados terroristas realizados durante el paro armado, el tema de reclutamiento sigue siendo espinoso en una posible reanudación de las negociaciones en Quito. Ante ello, el también docente e investigador de la Universidad del Norte es muy enfático.

"El reclutamiento de niños en el conflicto armado no se castiga en los procesos de negociación. Con los paramilitares fue así, con las FARC es así, con el ELN será igual. En Colombia hay dos temas que tanto el Estado como la ilegalidad han pasado de rapidez: la violencia sexual y el reclutamiento de niños. Porque son las dos grandes barreras que tendría cualquier desarrollo de un proceso de paz, al ser crímenes de guerra graves, que no son indultables", expresa.

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