
Los expertos lo señalan cada vez más: el sueño no es una pérdida de tiempo sino uno de los pilares para vivir más y mejor. Casi un tercio de la población no logra dormir entre 7 y 9 horas por noche, el rango recomendado por los especialistas en medicina del sueño. Un estudio global reciente, realizado con más de 67.000 participantes, publicado en la revista Sleep Health, identificó que el 31% de los adultos duerme menos tiempo del aconsejado.
Ahora, ¿qué tan nociva puede ser una noche sin dormir? Según la ciencia, puede elevar la carga de beta-amiloide, una proteína vinculada al Alzheimer, en zonas del cerebro asociadas con las etapas iniciales de la enfermedad. Un estudio publicado en PNAS halló aumentos de hasta 5% en el hipocampo y el tálamo derecho en 19 de 20 adultos sanos tras unas 31 horas despiertos.
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La investigación fue realizada por el National Institute on Alcohol Abuse and Alcoholism junto con la Universidad de Yale y estuvo encabezada por Ehsan Shokri-Kojori y Nora D. Volkow. El experimento incluyó a 20 personas de entre 22 y 72 años, evaluadas con tomografía por emisión de positrones (PET) y el radiotrazador 18F-florbetaben en el campus de NIH.
De acuerdo con PNAS, los investigadores compararon a cada participante en dos condiciones: después de una noche de sueño normal y después de permanecer despierto durante unas 31 horas bajo supervisión médica. Los autores también observaron un efecto sobre el estado de ánimo y señalaron que “las personas con mayor incremento de beta-amiloide en el hipocampo tuvieron también el mayor deterioro del ánimo tras la privación de sueño”.
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Qué implica para el riesgo de Alzheimer
El trabajo de PNAS sugiere que este aumento agudo no dependió del genotipo APOE, ni de la edad o el género de los voluntarios analizados. Tampoco se explicó por la duración habitual del sueño o por su calidad autoinformada, según esa publicación.
En la medición basal, antes de la noche de insomnio, se detectó que quienes dormían menos de forma habitual ya presentaban más beta-amiloide en regiones subcorticales y en el precúneo. El estudio también indicó que el efecto del sueño corto y el del genotipo APOE aparecieron en áreas distintas del cerebro y casi no coincidieron.
Los autores añadieron que el incremento tras una sola noche es menor que las diferencias observadas entre personas sanas y pacientes con deterioro cognitivo o Alzheimer.
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Aun así, advirtieron sobre un posible efecto acumulativo si la falta de descanso se repite o se vuelve habitual.

El riesgo de dormir poco de forma habitual
La evidencia reunida a partir de otros estudios apunta en la misma dirección para el largo plazo sobre esta enfermedad neurodegenerativa. Un estudio de la Escuela de Medicina de Harvard, citado en una nota reciente de Infobae, encontró que dormir menos de cinco horas por noche desde los 60 años puede duplicar el riesgo de desarrollar Alzheimer y elevar la probabilidad de muerte.
Ese análisis examinó a más de 2.800 personas de 65 años o más, participantes en el Estudio Nacional de Tendencias de Salud y Envejecimiento. Los investigadores evaluaron los hábitos de sueño autoinformados en 2013 y 2014 y los compararon con la incidencia de demencia y mortalidad cinco años después. Los resultados asociaron tanto la dificultad para conciliar el sueño como la corta duración del descanso nocturno con mayor riesgo de demencia.
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En otra nota de Infobae un estudio publicado en Nature Communications y dirigido por Séverine Sabia, de la Université de Paris y University College London, con casi 8.000 adultos británicos seguidos durante 25 años, asoció dormir seis horas o menos de forma persistente a los 50, 60 y 70 años con un 30% más de riesgo de demencia frente a quienes dormían siete horas.
Durante ese seguimiento, 521 personas recibieron un diagnóstico de demencia. El equipo resumió que “la asociación entre sueño corto y demencia no es explicable por la salud mental previa” y añadió que sus datos sugieren que el sueño corto en la mediana edad incrementa el riesgo y no solo refleja un síntoma temprano de la enfermedad.
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El doctor Daniel Pérez Chada (MN 47.085), presidente de la Fundación Argentina del Sueño y consultor del servicio de Neumonología y director de la Clínica del Sueño del Hospital Universitario Austral, advirtió en una nota reciente en Infobae: “El déficit de sueño crónico lleva a múltiples efectos negativos en la salud, que abarcan desde problemas cardiovasculares, deterioro cognitivo, debilitamiento del sistema inmunológico, y un incremento en el riesgo de obesidad y diabetes tipo 2“.
En este contexto, la apnea de sueño, aparece como un tema relacionado a atender. El doctor Enrique De Rosa Alabaster (MN 63406), médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista especializado en temas de salud mental, explicó a Infobae en una nota anterior: “Dentro de los trastornos para dormir, la apnea del sueño merece una especial atención. Afecta la respiración durante el sueño y se caracteriza por pausas en la respiración debido a la obstrucción de las vías respiratorias o la falta de señales del cerebro para respirar. En los últimos años, se ha planteado, la hipótesis primero y la evidencia cada vez más fuerte después, de que existe una relación entre la apnea del sueño y el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer o tipo Alzheimer (neurodegenerativa)”.
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Nicholas Fabiano, de la Universidad de Ottawa, al sistema glinfático, destacó la importancia que tiene el buen descanso. “El sueño activa el sistema glinfático del cerebro para eliminar desechos nocivos”, afirmó, en alusión a una red que ayuda a retirar proteínas como la beta-amiloide y la tau. El investigador Masoud Tahmasian, del Instituto de Neurociencia y Medicina Jülich, citado en una nota reciente de Infobae sostuvo que “la falta de sueño es uno de los factores de riesgo más importantes, aunque modificables, para las enfermedades mentales en adolescentes y personas mayores”.
Hábitos para tener en cuenta y prevenir la demencia

La demencia representa un desafío de salud global que afecta a millones de personas y cuya prevalencia continúa en aumento. Diversos estudios señalan que tener un buen descanso es solo uno de los hábitos a tener en cuenta. Controlar factores de riesgo desde etapas tempranas puede prevenir o retrasar una parte significativa de los casos.
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A continuación, se presentan otras prácticas y recomendaciones respaldadas por especialistas para reducir el riesgo de desarrollar demencia a lo largo de la vida:
Mantener actividad física constante: realizar ejercicios de forma regular favorece la salud cerebral y disminuye la probabilidad de desarrollar demencia. Se sugiere acumular al menos 150 minutos semanales de ejercicio moderado.
Realizar actividades que estimulen la mente: participar en ejercicios intelectuales, como la lectura o el aprendizaje de nuevos idiomas, contribuye a fortalecer las capacidades cognitivas y puede demorar la aparición de la demencia.
Proteger la cabeza: utilizar cascos durante deportes de contacto o al usar bicicleta, así como prevenir caídas en el hogar, ayuda a reducir el riesgo de lesiones cerebrales asociadas a la demencia.
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Mantener relaciones sociales: interactuar con otras personas y participar en actividades comunitarias favorece la estimulación cerebral y disminuye el riesgo relacionado con el aislamiento social.
Controlar la presión arterial y los niveles de colesterol: mantener la presión arterial sistólica por debajo de 130 mmHg desde los 40 años y adoptar una dieta equilibrada baja en grasas saturadas contribuye a la salud cerebral.
Atender condiciones médicas: tratar problemas como la depresión, la pérdida auditiva, la pérdida de visión y la diabetes mediante intervenciones médicas adecuadas puede reducir el riesgo de demencia.
Mejorar la calidad del aire en el hogar: emplear filtros de aire HEPA y evitar sistemas de calefacción o cocción a base de madera o carbón disminuye la exposición a contaminantes perjudiciales.
Reducir la contaminación atmosférica: promover políticas que limiten las emisiones contaminantes y fomenten la creación de espacios verdes puede ayudar a disminuir el riesgo de demencia.
No consumir tabaco y regular el alcohol: impulsar campañas de información y programas de apoyo para dejar de fumar y moderar la ingesta de alcohol resulta clave para la prevención.
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