
La lepra ocupa un lugar singular en la historia de la medicina. Durante siglos se la asoció con el aislamiento, el temor y el rechazo social, aun cuando el conocimiento científico avanzó y desmontó muchos de esos mitos.
En la actualidad, la evidencia médica resulta contundente: se trata de una enfermedad infecciosa curable, con tratamientos eficaces y disponibles a escala global. El desafío ya no radica en la falta de herramientas terapéuticas, sino en garantizar que todas las personas afectadas accedan a ellas de manera temprana.
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Esta enfermedad, también conocida como mal de Hansen, afecta principalmente la piel y los nervios periféricos. Cuando no recibe atención médica, puede generar lesiones progresivas, pérdida de sensibilidad, debilidad muscular y discapacidades permanentes.
Sin embargo, la experiencia acumulada durante décadas demuestra que el tratamiento oportuno no solo cura al paciente, sino que también interrumpe la transmisión y evita secuelas físicas y sociales.
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En el Día Mundial contra la Lepra, la Organización Mundial de la Salud (OMS) remarca de forma sostenida que la lepra resulta poco contagiosa y requiere un contacto estrecho y prolongado con una persona enferma sin tratamiento.
Este dato resulta clave para desactivar temores infundados. No se transmite por un saludo, un abrazo ni por compartir objetos cotidianos. Además, una persona deja de contagiar desde el inicio del tratamiento, lo que convierte al acceso temprano en una herramienta central de control sanitario.
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En las últimas décadas, los programas de detección, diagnóstico y tratamiento permitieron reducir de manera significativa la cantidad de nuevos casos en numerosas regiones. De los 188 países y territorios que reportaron datos en 2024, 55 no notificaron ningún caso nuevo. Aun así, ese mismo año se registraron más de 170.000 nuevos diagnósticos en el mundo, una cifra que refleja avances sostenidos, pero también la persistencia del problema en contextos de vulnerabilidad social.
En ese escenario, la lepra se presenta como una paradoja sanitaria: una enfermedad antigua, curable y prevenible en sus formas graves, que aún impacta en millones de personas debido a barreras de acceso, diagnósticos tardíos y estigmatización.
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Comprender qué es, cómo se transmite y cuáles son las opciones de tratamiento resulta fundamental para modificar esa realidad y consolidar los logros alcanzados. El lema del Día Mundial contra la Lepra de este año es “La lepra puede curarse, el verdadero desafío es la estigmatización”.
¿Qué es la lepra?

La lepra es una enfermedad infecciosa crónica causada principalmente por la bacteria Mycobacterium leprae. También se identificó otra bacteria implicada, Mycobacterium lepromatosis, menos frecuente.
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Según detallan expertos de Mayo Clinic, el microorganismo afecta sobre todo la piel, los nervios periféricos, la mucosa de las vías respiratorias altas y los ojos. Sin tratamiento, el daño neurológico progresa y deriva en pérdida de sensibilidad, deformidades y discapacidad.
Desde el punto de vista clínico, la lepra se manifiesta como una infección cutánea con manchas o placas de distintos colores, que pueden ser rojizas, claras o cobrizadas. Estas lesiones suelen presentar una característica distintiva: la pérdida de sensibilidad. La enfermedad no avanza de la misma manera en todas las personas y su evolución depende de la respuesta inmunológica de cada organismo.
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¿Cómo se transmite la Lepra?

La Biblioteca de Medicina de los EEUU indica que la transmisión ocurre tras un contacto cercano y prolongado con una persona enferma que no recibe tratamiento.
Las bacterias se expulsan a través de gotículas provenientes de la boca y la nariz al hablar, toser o respirar. Este mecanismo explica por qué la lepra no se propaga mediante contactos ocasionales.
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Dar la mano, abrazar, compartir alimentos o sentarse junto a una persona con lepra no implica riesgo de contagio. Además, una vez iniciado el tratamiento, el paciente deja de transmitir la enfermedad. Esta característica refuerza la importancia del diagnóstico temprano y del acceso inmediato a la terapia.
La OMS subraya que la lepra presenta una baja capacidad de contagio y que solo una proporción reducida de las personas expuestas desarrolla la enfermedad. La susceptibilidad individual cumple un papel central en este proceso.
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¿Cuáles son los síntomas de la lepra?
Los síntomas iniciales suelen aparecer de manera gradual y pasar inadvertidos durante meses o incluso años. Entre las manifestaciones más frecuentes se encuentran las lesiones cutáneas más claras o rojizas que el tono normal de la piel, la pérdida de vello en esas zonas y la ausencia de sudoración.
Con el avance de la enfermedad, se observa adormecimiento en manos, pies, brazos o piernas, debilidad muscular y lesiones que no cicatrizan durante largos períodos. La pérdida de sensibilidad representa uno de los signos más característicos y peligrosos, ya que favorece heridas y traumatismos que el paciente no percibe.
La localización más habitual de las lesiones incluye la cara, el tronco y las extremidades. Sin intervención médica, el compromiso neurológico progresa y genera deformidades visibles, que históricamente alimentaron el estigma asociado a la lepra.
¿Cómo se diagnostica la lepra?

El diagnóstico se basa principalmente en la evaluación clínica. Los profesionales de la salud buscan signos específicos, como la pérdida definitiva de sensibilidad en una mancha cutánea, el engrosamiento de nervios periféricos o la debilidad muscular asociada.
En algunos casos, se recurre a estudios de laboratorio para confirmar la presencia del bacilo mediante un frotis cutáneo. A partir de estos criterios, los casos se clasifican en paucibacilares y multibacilares, una distinción que orienta la duración del tratamiento.
La detección temprana resulta esencial. Cuando el diagnóstico se realiza en fases iniciales, el tratamiento evita la progresión hacia discapacidades y reduce de manera drástica el impacto individual y social de la enfermedad.
¿Hay tratamiento para la lepra?

Sí. La lepra tiene cura gracias a la poliquimioterapia, también conocida como tratamiento multimedicamentoso. Esta pauta combina tres fármacos: dapsona, rifampicina y clofazimina. La duración del tratamiento varía según el tipo de lepra, con esquemas de seis meses para los casos paucibacilares y de doce meses para los multibacilares.
La poliquimioterapia elimina el patógeno y cura al paciente. Además, desde el inicio del tratamiento se interrumpe la transmisión, lo que convierte a esta estrategia en una herramienta doble: terapéutica y preventiva.
La OMS facilita estos medicamentos de forma gratuita en todo el mundo, una política que transformó el pronóstico de millones de personas. La disponibilidad sin costo permitió ampliar el acceso incluso en regiones con sistemas de salud frágiles y altos niveles de pobreza.
¿Cómo prevenirla o evitar que avance a casos graves?

La prevención de las formas graves se apoya en el diagnóstico temprano y en el seguimiento de los contactos cercanos de las personas afectadas. El control periódico de convivientes permite identificar nuevos casos en etapas iniciales e iniciar el tratamiento de manera oportuna.
La OMS también recomienda la administración de una dosis única de rifampicina como profilaxis posexposición en contactos cercanos, una estrategia que reduce el riesgo de desarrollar la enfermedad. Estas medidas complementan la detección activa y refuerzan el control de la transmisión.
Ante la presencia de una mancha en la piel sin sensibilidad, sin vello o sin sudoración, se aconseja consultar de inmediato en un centro de salud. La evaluación médica temprana marca la diferencia entre una curación sin secuelas y una evolución con discapacidades.
¿A qué países afecta más la lepra?

La lepra persiste en más de 120 países. En términos absolutos, la mayor carga de nuevos casos se concentra en el sudeste asiático, África y América. En 2025, el 72 % de los nuevos diagnósticos correspondió al sudeste asiático, seguido por África y América.
Brasil, India e Indonesia notificaron más de 10.000 nuevos casos cada uno, mientras que otros países registraron cifras intermedias. Al mismo tiempo, más de medio centenar de países no reportaron casos nuevos, un indicador del impacto de las estrategias sostenidas de control.
Estas cifras reflejan una realidad heterogénea: avances significativos a escala global y focos persistentes vinculados a desigualdades sociales, acceso limitado a la salud y diagnóstico tardío.
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