
El estudio del comportamiento sísmico de la Tierra ocupó a la comunidad científica durante décadas. Investigar cómo, cuándo y dónde ocurren los terremotos representa un desafío técnico y teórico profundo. A nivel internacional, los equipos de investigación persiguen un objetivo común: descifrar los patrones o ciclos que pudieran anticipar eventos sísmicos. Aunque la predicción exacta todavía escapa al conocimiento humano, el análisis sistemático de los sismos pasados abre caminos para la prevención y la gestión del riesgo.
De acuerdo con especialistas en geofísica, ciertos terremotos se presentan con características similares tras intervalos regulares en algunas regiones del planeta. “Estamos viendo evidencia de sismos repetidos después de varias décadas en distintas partes del mundo”, sostuvo a Milenio Miguel Ángel Santoyo García Galiano, investigador titular del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y especialista en la materia.
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Las investigaciones publicadas en la revista Seismological Research Letters detallan que la Tierra no tiembla al azar; en ocasiones, repite movimientos con magnitudes y registros gráficos casi idénticos. Estas observaciones refuerzan la importancia de desarrollar mapas de ciclos sísmicos y monitorear zonas de alta actividad para mejorar la capacidad de respuesta y reducir daños futuros. El estudio evidencia que el análisis de sismogramas almacenados a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI demuestra que existen regiones propensas a movimientos telúricos sistemáticos.

Miguel Ángel Santoyo García Galiano hizo particular énfasis en México, donde esa realidad se manifestó con claridad. El archivo sísmico nacional permitió comparar eventos que, aunque ocurridos con décadas de diferencia, muestran sorprendentes similitudes. En el caso local, cuatro hechos marcaron el año 1962: el asesinato del líder Rubén Jaramillo, la visita de John F. Kennedy, un accidente de radiación en la capital del país y un terremoto de magnitud 7, seguido por un pequeño tsunami, que sacudió las costas de Acapulco, Guerrero, el 11 de mayo.
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Casi sesenta años después, un suceso de características muy cercanas se repitió el 7 de septiembre de 2021, cuando Guerrero volvió a ser epicentro de un sismo de magnitud 7. Los especialistas detectaron una sorprendente coincidencia: los registros sismográficos de ambos terremotos eran casi idénticos. Santoyo precisó que estos patrones apuntan a la existencia de ciclos sísmicos en la región.
El equipo de la UNAM, junto a especialistas de otras instituciones, realizó un análisis de los datos históricos disponibles, en especial de la zona de subducción comprendida entre Guerrero y Oaxaca. Según los resultados publicados en la revista Seismological Research Letters, identificaron no solo la coincidencia entre Acapulco 1962-2021, sino también otros ejemplos claros de repetición. Por ejemplo, en el este de Oaxaca se registraron sismos superiores a magnitud 7 en 1928, 1965 y 2020, mientras que, en el oeste de Oaxaca, otros tres terremotos casi idénticos ocurrieron en 1928, 1968 y 2018. En el centro del estado, los datos muestran episodios muy semejantes en 1928 y 1978. Hacia la zona limítrofe entre Michoacán y Colima, se documentaron terremotos similares en 1973 y 2022, calificados como “cuasi-repetitivos” por compartir una estructura de ruptura parecida.
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Conforme a estos resultados, “los datos refuerzan la idea de que algunas fallas muestran patrones de ruptura repetidos cada algunas décadas”, explicó Santoyo. Sin embargo, la dificultad permanece: el ciclo no resulta exacto ni constante. Los lapsos entre un evento y el siguiente varían entre 40 y 60 años, o más, lo que impide establecer proyecciones precisas. De acuerdo con los especialistas, un ciclo puede fluctuar en hasta veinte años y resulta inaplicable para la predicción de un sismo concreto.
Aunque los patrones existen, los terremotos se rigen por una gran variedad de factores —como el estado de los esfuerzos tectónicos, la geología regional y la morfología del fondo oceánico—. Según Santoyo, esto provoca que muchas veces la Tierra “termine operando de formas inesperadas”. Así, la predicción exacta sigue fuera del alcance de la ciencia, pese al diseño y constante mejora de herramientas de monitoreo y análisis.
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El estudio de los llamados ciclos sísmicos tiene una utilidad clave: permite aproximar intervalos promedio, estimar el riesgo en determinadas zonas y detectar las llamadas “brechas sísmicas”. Estos segmentos activos pero silenciosos de una falla constituyen focos de observación prioritaria. Si bien la humanidad no puede anticipar aún el próximo gran terremoto en México o el mundo, cada descubrimiento mejora la preparación de autoridades y sociedad.
El avance científico señala patrones de repetición de terremotos y la posible existencia de ciclos regionales, aunque aún no permiten predecir con exactitud el próximo evento. Comprender el ciclo sísmico representa un paso relevante en la gestión de riesgos y en la búsqueda de soluciones para mitigar el impacto de futuros terremotos. La investigación continúa, sumando piezas a un rompecabezas que la naturaleza guarda celosamente y que la ciencia deberá desvelar con rigor y paciencia.
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