
Las hormigas argentinas, conocidas por el nombre científico Linepithema humile, integran la lista de las cien peores plagas del mundo.
Consiguieron invadir casi todos los continentes y desplazaron especies nativas, un avance que amenaza el equilibrio ecológico y afecta la agricultura y otros sectores productivos.
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Dos científicas de la Argentina descubrieron un enemigo natural de esa especie de hormiga. Es el primer controlador biológico identificado y probado que puede ser capaz de frenar a la plaga. Se trata de una especie de hongo, un microorganismo que enferma a los insectos, que puede matarlos y limitar su expansión.

“Nuestro hallazgo es un hito. Se conocían unos pocos enemigos naturales de las hormigas argentinas. Pero hasta el momento no se los había estudiado con la idea de usarlos para el control biológico de una plaga global que hasta ahora parecía invencible”, dijo la doctora Patricia Folgarait, la primera autora del trabajo publicado en la revista Insects, en diálogo con Infobae.
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Su colaboradora es Daniela Goffré. Ambas trabajan en el Laboratorio de control y ecología de hormigas de la Universidad Nacional de Quilmes y son investigadoras del Conicet.
El hallazgo del hongo enemigo de la hormiga y la prueba de que podría funcionar como un controlador biológico tiene grandes implicancias a nivel mundial. Demuestra el potencial de los controladores biológicos para combatir plagas sin utilizar químicos dañinos.
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Abre la puerta para desarrollar estrategias sostenibles que pueden brindarle a la agricultura y al ambiente herramientas seguras y efectivas para proteger la biodiversidad.
Qué comen las hormigas argentinas

Las hormigas argentinas buscan una alimentación variada y flexible. Pueden alimentarse con sustancias dulces que obtienen de ciertos insectos como los pulgones.
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Consumen restos de comida humana, frutas caídas, insectos muertos y alimentos almacenados. Esta dieta amplia explica en parte por qué se adaptaron con facilidad a distintos lugares y por qué prosperaron tanto en ciudades como en campos agrícolas.
La búsqueda de comida las lleva a entrar a hogares, competir con especies nativas y alterar el equilibrio en sistemas agrícolas.
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En Europa, la magnitud de la invasión resulta llamativa. “Hay una colonia de hormigas argentinas de 6.000 kilómetros de extensión en Europa. Italia, España y Portugal. Forman megacolonias o estructuras unicoloniales”, explicó Folgarait.

El comportamiento de alimentación fue una de las razones que motivó a las científicas a investigar un controlador biológico capaz de actuar sobre todos los tipos de colonias y en diferentes entornos.
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Tras décadas de estudios de diferentes especies de hormigas, las investigadoras se propusieron encontrar a un enemigo natural que pudiera atacar a toda la diversidad genética de las poblaciones. Sabían que no era fácil.
“En general el control biológico de las hormigas es muy difícil de desarrollar. Porque son organismos sociales y con estructuras complejas. Tienen comportamientos de limpieza y glándulas que producen sustancias antibióticas”, explicó.
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Primero, descartaron a los parasitoides y otros patógenos como enemigos naturales, luego siguieron por diferentes especies de hongos.
Encontraron que la cepa Li053 de la especie Beauveria bassiana podría servir, en el futuro, para proteger cultivos y ecosistemas vulnerables afectados por la voracidad de la hormiga argentina.
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Esa cepa es capaz de infectar y matar a ejemplares de esa especie en distintas etapas de su vida. Actúa de forma selectiva y podría utilizarse para contener a la especie sin dañar el ambiente.
Cómo investigaron y qué resultados hallaron

El equipo científico recolectó hormigas argentinas de varias colonias en Buenos Aires. Buscó lograr la mayor representación genética posible antes de analizar la presencia de patógenos capaces de afectarlas.
Folgarait comentó: “Se analizaron varios patógenos y uno solo fue capaz de controlar a la especie de hormiga argentina”.
El ciclo de vida del hongo implica la infección de la hormiga a través de esporas. Una vez que las esporas están en el insecto, el hongo se desarrolla y provoca la muerte de la hormiga.
Después, el hongo emerge del cadáver y libera nuevas esporas al ambiente, que pueden infectar a otras hormigas.

Se demostró que la cepa Beauveria bassiana Li053 causó más del 80% de mortalidad en la hormiga argentina en pruebas de laboratorio.
A pesar del entusiasmo, las autoras advirtieron que aún necesitan realizar más estudios y financiamiento antes de que la aplicación sea global.
La cepa del hongo identificada no puede patentarse en Argentina, aunque el equipo de investigación explora la posibilidad de patentar compuestos derivados o formas de administración del hongo.
Esa estrategia podría facilitar la transferencia tecnológica y la comercialización de soluciones basadas en el hongo entomopatógeno.
Aplicación y desafíos tecnológicos

El uso de un controlador biológico como el hongo entomopatógeno difiere sustancialmente de los métodos químicos tradicionales.
“La aplicación de un controlador biológico es diferente a la de un controlador químico de las hormigas. Estamos lidiando con seres vivos. Entonces, hay que encontrar formas de mantener el hongo vivo durante la formulación y su aplicación, además de poder almacenarlo sin que pierda viabilidad”, señaló Folgarait.
El almacenamiento, el transporte y la aplicación del hongo requieren entonces el desarrollo de tecnologías específicas.

A diferencia de los insecticidas químicos, que suelen tener efectos inmediatos pero pueden generar resistencia y afectar a otras especies, el hongo entomopatógeno actúa de manera más lenta, selectiva y sostenible.
Sin embargo, su implementación enfrenta desafíos técnicos y logísticos, como la producción masiva de esporas, la formulación de productos estables y la adaptación a diferentes condiciones ambientales, precisó.
El equipo de Folgarait también investiga toxinas producidas por el hongo, con el objetivo de ampliar las opciones de control y desarrollar nuevas herramientas para combatir la plaga.
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