A 50 años del extravagante auto que la NASA llevó a la Luna para recoger rocas extrañas

Se cumple medio siglo del paseo que hicieron los astronautas del Apolo 15 sobre la superficie lunar. El éxito de la misión hizo que otros dos autos recorrieran nuestro satélite natural con los viajes de Apolo 16 y 17

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El “primer paso para el hombre y gran salto para la humanidad” necesitó de futuras misiones espaciales tripuladas Apolo para avanzar más metros en la exploración humana de la Luna, ya que las primeras huellas de Neil Armstrong y Buzz Aldrin, solo tenían pocos metros de distancia respecto al lugar de aterrizaje.

Así lo entendieron los astronautas que caminaron por nuestro satélite natural y también los ingenieros de la NASA, que tardaron solo dos años en diseñar un auto que pueda ser transportado en forma plegable hasta allá y ponerlo a rodar sobre la polvorienta superficie gris lunar con el fin de ampliar la autonomía de recorrido del hombre en varios kilómetros fuera de la Tierra.

El comandante Dave Scott saluda junto con el módulo lunar, la bandera estadounidense y el rover en la superficie de la Luna
El comandante Dave Scott saluda junto con el módulo lunar, la bandera estadounidense y el rover en la superficie de la Luna

Si bien las misiones Apolo 11 (por la llegada del hombre a la Luna) y Apolo 13 (por el viaje fallido que resultó un éxito luego de la explosión de la nave y la vuelta segura de los tres tripulantes), fueron las que más quedaron en las retinas de las personas, varios expertos en temas espaciales y también fanáticos de aquellos primeros vuelos afirman que la misión del Apolo 15, que llevó con éxito el primer auto lunar, es una de las misiones más importantes para la exploración humana.

Fue así como el 31 julio de 1971 la misión del Apolo 15 aterrizó en la Luna con una carga extra de sus anteriores misiones: el Lunar Rover Vehicle (LRV) considerado como el primer vehículo de cuatro ruedas en recorrer otro mundo, con el astronauta David R. Scott, comandante de la operación de la NASA, como su flamante conductor.

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El “todoterreno” fue pensado, diseñado y construido con el fin de expandir la capacidad exploratoria humana y facilitar las tareas de recolección de muestras e investigación de la zona perimetral lunar. La Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio de Estados Unidos (NASA) encargó a las empresas Boeing y General Motors la creación del vehículo que debía transportar hasta dos astronautas por la superficie de la Luna. Los desafíos eran enormes.

¿Cómo llevar un auto a 300.000 kilómetros de distancia en una nave espacial? ¿Cómo hacer que funcione en un lugar donde casi no hay gravedad? ¿Cómo hacer para que no tenga ningún desperfecto y sirva para recolectar muestras pesadas? Los planes para un vehículo lunar finalmente recibieron luz verde solo dos meses antes de que Armstrong y Buzz Aldrin se convirtieran en los primeros humanos en la Luna.

El científico-astronauta Harrison H. Schmitt es fotografiado en el Vehículo Lunar (LRV) en la estación 9 (Van Serg cráter) durante la misión Apollo 17 (Reuters)
El científico-astronauta Harrison H. Schmitt es fotografiado en el Vehículo Lunar (LRV) en la estación 9 (Van Serg cráter) durante la misión Apollo 17 (Reuters)

Para viajar junto con los astronautas en lugar de usar un cohete separado, el rover tenía que pesar menos de 226 kilos, pero soportar el doble de carga humana y geológica. En la luna, tuvo que operar en variaciones de temperatura de más de 260 grados entre la luz del sol y la sombra; resistir el polvo lunar abrasivo y los micro-meteoritos que viajan más rápido que las balas; y cubrir una superficie difícil y accidentada que contenía montañas, cráteres, grava suelta y polvo. Los ingenieros de GM y Boeing la tenían difícil. Pero su entusiasmo por hacer nuevamente historia los llevó a emprender la aventura y finalmente lograrla en menos de dos años.

Así, el LRV llegó a la Luna plegado con unas dimensiones de 90 x 150 x 170 centímetros, introducido en un compartimento del módulo de descenso LEM. Era un chasis de aluminio dorado con cuatro ruedas (no neumáticas, sino de malla de acero) y dos asientos. Estaba formado por tres partes: la delantera que contenía las baterías, la unidad de proceso de información y la unidad direccional del sistema de navegación, así como el control electrónico de marcha y dirección. La parte central soportaba los asientos de los astronautas, la consola de control y la palanca de dirección situada entre ambos asientos. La parte posterior servía para el transporte del equipo científico.


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El chasis estaba una altura de 35 cm sobre el suelo, e iba sujeto por cuatro ruedas amortiguadas por un sistema de barras de torsión, con un diámetro de 81,8 cm cada una, asidas por un disco de aluminio y titanio y con una anchura de 23 cm, confeccionadas con un entretejido a base de cuerdas de piano. Cada rueda tenía su propio motor eléctrico, alimentado por dos baterías de 36 voltios, además de una de reserva y se había estimado su vida útil en 75.000 revoluciones, es decir unos 180 km. Cada una llevaba un sistema de mecanismo que permitía su desengrane del motor para que pudiese seguir girando si este fallaba, permitiendo al LRV desplazarse a velocidad lenta con sólo dos ruedas motrices.

Una vez desplegado en la Luna, el rover llegaba a los 3,10 metros de longitud, 1,80 metros de ancho y un peso de 181 kilos. Su velocidad promedio era de 3 a 4 km/h y una aceleración máxima cercana a los 14 km/h.

El astronauta Eugene Cernan con el Lunar Rover en la misión Apolo 17. (NASA)
El astronauta Eugene Cernan con el Lunar Rover en la misión Apolo 17. (NASA)

El LRV era alimentado por electricidad, con una batería que accionaba un motor de 200 W en cada rueda y ofrecía tracción independiente y una autonomía de 180 kilómetros o 78 horas de uso durante el día lunar. Constaba de un giroscopio direccional que suministraba información constante sobre la dirección de la marcha, odómetros en cada una de las ruedas que determinaban la velocidad y distancia recorrida, y una unidad procesadora que calculaba así la distancia recorrida.

Un indicador de posición señalaba la dirección del vehículo, orientación, distancia total recorrida y distancia al módulo lunar. La precisión de estos sistemas permitieron hacer regresar al vehículo a menos de 100 m de distancia del módulo lunar después de recorrer 28 km, lo cual bastaba para que quedase situado en el campo visual de los tripulantes.

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A pesar de esta amplia autonomía de casi 200 kilómetros, el auto lunar no podía alejarse más de 9,6 kilómetros de la nave espacial, ya que esa era la distancia segura que podía recorrer a pie un astronauta en caso de avería del vehículo. Pero las tripulaciones de Apolo cubrieron distancias mayores con cada misión a medida que crecía la confianza de la NASA.

Cuando los astronautas abandonaron la Luna, los rovers se quedaron en los lugares de aterrizaje, donde permanecen, acumulando polvo y rayos cósmicos. Las naves espaciales que orbitan alrededor de la luna ocasionalmente toman sus fotografías, y en algunas imágenes, las huellas del rover son visibles.


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Más material científico

La capacidad exploratoria ampliada por el auto rindió sus frutos. Los astronautas pudieron recoger diferentes tipos de rocas y regolitos lunares que asombraron a los científicos cuando las muestras llegaron a la Tierra. “Los astronautas encontraron rocas más interesantes, lo que permitió a los científicos hacer diferentes tipos de preguntas”, dijo Barbara Cohen, científica planetaria del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA en Greenbelt, Maryland, que estudia las muestras. “El rover también permitió a los astronautas concentrarse en la ciencia más que preocuparse por quedarse sin oxígeno u otros recursos consumibles”, agregó.

Una curiosa anécdota es contada una y otra vez en la NASA respecto a este tema. Era el 31 de julio de 1971, y el comandante Dave Scott y Jim Irwin, su compañero astronauta del Apolo 15, volvían de la excursión inaugural de 6 horas en el nuevo vehículo lunar, con destino al módulo lunar de aterrizaje Falcon, cuando de repente Scott hizo una parada en boxes no programada y por lo tanto no autorizada desde la Tierra.

Una de las extrañas rocas que los astronautas del Apolo 15 trajo a la Tierra
Una de las extrañas rocas que los astronautas del Apolo 15 trajo a la Tierra

Al oeste de un cráter llamado Rhysling, Scott bajó del rover y rápidamente recogió una roca de lava negra, llena de agujeros formados por el escape de gas. Scott e Irwin se habían formado en geología y sabían que el espécimen, una roca vesicular, sería valioso para los científicos de la Tierra. También sabían que si pedían permiso por radio a los ingenieros de la NASA para detenerse, observarla y eventualmente recogerla, ellos dirían que no. Así que Scott inventó una historia poco creíble sobre el desprendimiento del cinturón de seguridad del auto que los obligó a detenerse. Una vez en la Tierra Scott contó la anécdota y el “Seatbelt Rock” se convirtió en uno de los hallazgos geológicos más preciados del Apolo 15. Esta roca, como otras varias muestras nunca se habrían recolectado si los astronautas no hubieran tenido ese automóvil en la Luna.

Una vez concluida la misión Apolo 15, el rotundo éxito que generó el auto lunar, con sus 28 kilómetros recorridos fuera de la Tierra y 76 kilos de piedras lunares recogidos, hizo que la NASA ordenara construir dos vehículos más para las próximas misiones de Apolo 16 y Apolo 17. El sueño de ampliar la capacidad exploratoria humana ya era una realidad concreta y prometía más aventuras.

Los tripulantes del Apolo 15 David R. Scott -comandante-, Alfred M. Worden y James B. Irwin, posan junto al rover lunar - NASA
Los tripulantes del Apolo 15 David R. Scott -comandante-, Alfred M. Worden y James B. Irwin, posan junto al rover lunar - NASA

Infografía: Marcelo Regalado

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