Quizá recuerde algún momento de la infancia en el que vio los huesos de su mano sobre un fondo oscuro. ¿Cómo era posible fotografiar algo que se escondía bajo la piel? ¿Qué tipo de truco usaba aquella persona que huía al otro lado del cristal durante un puñado de segundos?

¿Rayos… X?

La invención de la radiografía se la debemos al alemán Wilhelm Röntgen, quien a finales del s. XIX descubrió un nuevo tipo de rayos capaces de atravesar ciertos materiales. Como su naturaleza era desconocida, los llamó rayos X. Experimento va, experimento viene, observó que esa radiación podía atravesar el tejido humano con más facilidad que los huesos. Así logró la primera radiografía médica de la historia, la de la mano de su mujer, Bertha.

Ha pasado más de un siglo desde aquel momento y, pese a que se han realizado numerosos avances, el fundamento sigue siendo básicamente el mismo. Para comenzar se necesita una fuente que emita rayos X, un tipo de radiación de la misma naturaleza que la luz visible, pero más energética y con mayor capacidad de penetración.

Radiografía de una mano de un niño de 8 años. Bonepit.com / Wikimedia Commons
Radiografía de una mano de un niño de 8 años. Bonepit.com / Wikimedia Commons

Los rayos X atraviesan en mayor o menor medida el objeto que se ponga en su camino y llegan a una placa fotográfica. Esta placa está formada por ciertos compuestos químicos (haluros de plata) que, al entrar en contacto con los rayos X, se oscurecen. Por lo tanto, cuantos más rayos X incidan sobre una zona, más se oscurecerá ésta.

Dado que los rayos X atraviesan con más facilidad los materiales con átomos más ligeros, como los que hay en la piel y los músculos, estas partes del cuerpo se verán más oscuras en la radiografía. Todo lo contrario pasa con los huesos que, al estar formados por átomos más pesados, aparecen más blancos. Obviamente, el grado en el que se oscurece la placa también depende de la densidad o el grosor del objeto: cuanto mayor sea, menos rayos conseguirán atravesarlo y más clara será la radiografía.

Radiografías del arte

Ahora dejemos de imaginar que radiografiamos una mano. Más allá de para mejorar nuestra salud, la radiografía también es indispensable para entender y cuidar mejor nuestro patrimonio. Las estatuas también visitan al doctor o, como en el primer caso que nos ocupa, al veterinario.

El gato de Gayer-Anderson (42 cm de altura) de perfil (Foto: British Museum)
El gato de Gayer-Anderson (42 cm de altura) de perfil (Foto: British Museum)

El gato de Gayer-Anderson es una figura de bronce realizada hacia el 600 a.e.c. en el Antiguo Egipto. Su nombre se debe a un teniente retirado de la armada inglesa que fue un ávido coleccionista de arte antiguo y donó la estatua al British Museum en 1939. La escultura es de interior hueco y posiblemente sea una estatua votiva de la diosa Bastet.

En 2007 el museo inglés decidió realizar una publicación sobre esta curiosa figura, para lo que realizaron un exhaustivo estudio técnico que incluyó numerosas radiografías. El estudio reveló tantos secretos que el gato acabó ocupando un lugar de honor en la exposición "Divine Cat: Speaking to the Gods in Ancient Egypt" ("El gato divino: hablando con los dioses en el Antiguo Egipto").

Al tratarse de una escultura y ser metálica, se emplearon rayos X de alta energía (220 kV) y una exposición prolongada (8 minutos) para que suficiente radiación atravesase el material. En la imagen se puede observar el resultado y comparar la radiografía con la fotografía de perfil del gato de Gayer-Anderson tal y como hicieron los expertos del British.

El gato de Gayer-Anderson (42 cm de altura) radiografiado de perfil (Foto British Museum)
El gato de Gayer-Anderson (42 cm de altura) radiografiado de perfil (Foto British Museum)

Hay dos zonas de la radiografía que nos llaman especialmente la atención: un complejo entramado en la cabeza y una mancha irregular que recorre gran parte del cuerpo. Es muy posible que la mancha sea consecuencia de un trozo de metal que se resquebrajó y se volvió a unir mediante un adhesivo. Al menos eso se deduce al ver que la línea que forma el perímetro es más oscura: los adhesivos absorben menos radiación que el bronce y provocan esa diferencia de color. La grieta provocada por la rotura también se observa a simple vista, pero como se camufló con pintura no se conocía la magnitud del daño hasta que se realizó la radiografía.

Volvamos ahora nuestra mirada a la cabeza del gato. Si se fijan detalladamente, verán que dentro del cráneo tiene… ¡un tubo! Todo apunta a que este cilindro se puso ahí como una suerte de andamiaje para reforzar la unión entre cabeza y cuello durante un proceso de restauración. Esa no es la única intervención que ha sufrido la cabeza del felino. En algunas zonas se pueden ver unas líneas más claras en la radiografía que parecen cicatrices y, en cierto modo, lo son. Se trata de soldaduras para reparar grietas y también son apreciables a simple vista.

Pero la radiografía no sólo nos habla de los envites que ha sufrido el gato de Gayer-Anderson a lo largo de su vida, también nos ofrece pistas de cómo nació. Si nos fijamos en las patas, las orejas y el rabo, veremos que son completamente blancas. Eso quiere decir que están realizadas en bronce macizo, mientras que la zona del cuerpo y la cabeza es hueca. Esto indica que la escultura se realizó mediante la técnica de la cera perdida, procedimiento ya conocido en el Antiguo Egipto.

¿Estatuas con esqueleto?

Precisamente uno de los secretos más extraordinarios descubiertos en los últimos años mediante rayos X se esconde bajo estatuas de cera. Nos referimos a las tres bailarinas de Degas del Fitzwilliam Museum. El artista francés empleó alambre para crear una estructura sobre la que moldear la cera. Hasta ahí, nada fuera de lo común.

Lo sorprendente es que para el relleno uso todo tipo de materiales que rondaban por el taller: corchos de botellas de vino, trozos de tarima, pinceles, etc. ¡Un pionero en la reutilización de residuos el bueno de Degas!

De todos modos, si hablamos de casos sorprendentes, es difícil superar el de la estatua de Buda de la imagen de portada, analizada en 2014.

Análisis de la estatua de Buda (Drents Museum)
Análisis de la estatua de Buda (Drents Museum)

Nos encontramos ante una escultura en madera dorada que tras exponerse en el Drents Museum se llevó al hospital de Amersfoort para realizar una tomografía computerizada. Pese a lo complejo del nombre, esta técnica sigue empleando rayos X. La diferencia con una radiografía convencional es que el haz de rayos se gira alrededor del cuerpo para lograr diferentes imágenes que, una vez unidas por un sistema informático, forman una imagen tridimensional. En la siguiente imagen se puede observar qué es lo que se encontraron en el hospital holandés cuando procesaron la tomografía.

Tomografía computerizada de la estatua de Buda (s. XI-XII) (Drents Museum)
Tomografía computerizada de la estatua de Buda (s. XI-XII) (Drents Museum)

Sí. Dentro de la escultura había un cadáver en posición de flor de loto. Pero no se preocupen, esto no pilló desprevenidos a los trabajadores del centro. En 1997 ya se había descubierto que la estatua guardaba el cuerpo de un monje momificado mediante un exigente rito de automomificación en vida. Eso sí, la tomografía ha permitido estudiar su cuerpo, de unos mil años de antigüedad, como difícilmente se podría haber imaginado. En este caso podemos decir, literalmente, que la estatua tiene huesos.

 

Oskar González es profesor en la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea.

Publicado originalmente por The Conversation.The Conversation