
La violencia sistemática contra niñas, adolescentes y mujeres en las escuelas constituye, en opinión de Miriam Abramovay, una crisis grave, persistente e invisible que atraviesa a toda América Latina. La autora -coordinadora del Programa de Estudios y Políticas sobre Juventudes, Educaión y Género: violencias y resistencias de Flacso Brasil- sostiene que el espacio escolar, lejos de ser un entorno seguro y emancipador, se transforma para muchas jóvenes y mujeres en un ámbito donde “diferentes formas de agresión se naturalizan y se repiten diariamente”.
Abramovay enfatiza que lo que a menudo se describe como “broma” o “indisciplina” constituye, en realidad, “un sistema de control del cuerpo femenino que amenaza trayectorias educativas y provoca daños profundos”.
Uno de los fenómenos más frecuentes identificados por la investigadora es el acoso sexual. La autora resalta que en el ámbito escolar predominan “toques no consentidos, comentarios obscenos, presiones para contacto físico y humillaciones presentadas como algo trivial”. Abramovay sostiene que, cuando las niñas se atreven a denunciar estos episodios, sus quejas suelen ser minimizadas o puestas en duda, perpetuando el silencio y la ausencia de sanciones.
“Sus quejas son frecuentemente minimizadas o desacreditadas, reforzando el silencio y la impunidad dentro de las instituciones”, subraya la académica.
Para la autora de la columna titulada “Escuela insegura para Mujeres” publicada en OGlobo, la violencia simbólica se manifiesta de igual manera como una constante cotidiana. Abramovay describe un entramado de “insultos sexistas, chismes, humillaciones públicas y juicios moralizantes sobre vestimenta, comportamiento o apariencia” que funcionan como mecanismos disciplinadores y reproducen las desigualdades de género. Advierte que estos ataques “afectan directamente la autoestima, la participación, el rendimiento e incluso la permanencia escolar de las estudiantes”.
Sobre un eje central del fenómeno, Abramovay aborda el racismo estético, destacando su impacto en niñas negras e indígenas. La autora denuncia la existencia de “comentarios sobre el cabello rizado, el color de la piel, las trenzas o los turbantes”, prácticas discriminatorias que dejan una marca profunda en la experiencia escolar y combinan racismo con misoginia. Según la experta, “la presión por el alisamiento del cabello y la ridiculización de la identidad racial revelan la naturalización de prácticas discriminatorias”.
La violencia escolar se extiende también a las mujeres adultas dentro de la comunidad educativa: Abramovay advierte que “las docentes frecuentemente sufren deslegitimación de su autoridad, enfrentan insultos, intimidaciones y agresiones que deberían ser consideradas inaceptables en cualquier institución pública”. La autora es contundente al afirmar que, cuando la escuela no protege a sus propios profesionales, consolida un entorno donde la violencia “se convierte en parte de la rutina”.
Para Abramovay, el resultado de este entramado de acciones y omisiones es la consolidación de un mensaje peligroso: “Que el sufrimiento de las niñas puede ser ignorado, que sus cuerpos pueden ser controlados y que la autoridad de las mujeres puede ser cuestionada sin consecuencias”. Estos daños acumulados generan un contexto propicio para expresiones de violencia aún más graves.
La autora alerta que, en los años recientes, distintas investigaciones detectaron un aumento de amenazas a escuelas, circulación de discursos de odio y episodios de violencia extrema mediante armas blancas o de fuego. Abramovay argumenta que estos casos “no surgen de forma aislada”, sino que constituyen “la parte visible de una situación de humillaciones, insultos y agresiones cotidianas que permanecieron sin enfrentamiento adecuado”.
Según expuso en OGlobo, la respuesta debe ser inmediata: urge implementar políticas públicas que aseguren ambientes “seguros, acogedores y libres de violencia para todas las estudiantes y profesionales de la educación”. Para la profesora visitante de la Universidad de San Pablo, enfrentar esta problemática exige la “formación de equipos escolares, creación de protocolos claros, apoyo psicosocial, responsabilización efectiva y una transformación cultural que reconozca la violencia contra mujeres y niñas no como un detalle de la vida escolar, sino como una violación de derechos que compromete el presente y el futuro”.
Al insistir en la gravedad y la invisibilidad de la situación, Abramovay sostiene que solo el abordaje estructural, respaldado por la acción estatal y la transformación cultural, será capaz de revertir una atmósfera donde la misoginia y la discriminación actúan como norma. Para la autora, la escuela debe asumir su responsabilidad histórica y convertirse en un espacio real de protección y emancipación, garantizando a niñas y mujeres el pleno ejercicio de sus derechos.
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