
Noticia actualizada el 6 de febrero 2019
Asesinato, extorsión, tráfico de drogas y de personas, control territorial y "protección", en medio de una estética de cuerpos tatuados, pertenencia hasta la muerte, cultura carcelaria y el calor agobiante de Centroamérica.
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Así es el día a día de las maras, las temibles organizaciones criminales distribuidas principalmente en Guatemala, El Salvador y Honduras, pero cuyas ramificaciones se han extendido en toda Sudamérica y los Estados Unidos, dejando un rastro incalculable de muerte.
El proprio presidente Trump se refirió a las maras en su segundo discurso sobre el Estado de la Unión, citando a "la salvaje pandilla MS-13".
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Es que, entre todas las pandillas, la Mara Salvatrucha, o MS-13 (nombre formado por las dos iniciales más el número que haría referencia al lugar de la letra "m" de Mara en el alfabeto), es, quizá, la más famosa y legendaria y tiene su base justamente en esos tres países, el también llamado Triángulo del Norte, uno de los lugares más peligrosos del planeta sin contar a los países en guerra.
Su larga historia se remonta a la década de 1980 y a las calles de Los Ángeles, Estados Unidos, que de repente comenzaron a recibir un intenso flujo migratorio desde El Salvador, entonces envuelto en una larga y cruenta guerra civil.
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El germen de la MS-13 se gestó allí ofreciendo protección para los recién llegados, que con frecuencia recibían maltratos de parte de otras pandillas latinoamericanas y se sentían discriminadas por las fuerzas de seguridad estadounidenses.
Poco después, la Mara Salvatrucha se dedicó también al tráfico de personas que intentaban dejar la guerra civil y buscar un lugar en los Estados Unidos.
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Estas dos primeras ocupaciones ilegales de la Mara le generaron un conflicto con otras organizaciones criminales en Los Ángeles, y para la década de 1990, en las calles de esta gran ciudad de California se vivía casi otra guerra civil, en especial entre la Salvatrucha y sus archirrivales del Barrio 18.
Por esta razón, y aprovechando el fin del conflicto en el El Salvador en 1992, las autoridades estadounidenses comenzaron a deportar en masa a los salvadoreños ligados a la MS-13.
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La vuelta a la patria llevó a un viraje en las actividades del grupo hacia el narcotráfico y narcomenudeo, el sicariato, la extorsión a pequeños comercios e instituciones, secuestro y tráfico de armas, cobro de peajes, de acuerdo al periódico nicaragüense La Prensa, y su crecimiento explotó muchas veces apoyado en la difícil situación socioeconómica en la región y el desamparo general sufrido por los jóvenes de bajos recursos.
Saltaron la frontera de El Salvador hacia Guatemala y Honduras, lanzando luego avanzadas a lugares tan lejanos como la Argentina y de vuelta también a los Estados Unidos.
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El origen del nombre
Su particular nombre, que inspira terror entre las personas y preocupación entre los Gobiernos, al punto de que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunció su intención de combatirla durante su último discurso ante el Congreso hace diez días, tiene diferentes explicaciones.
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La más conocida se refiere a las hormigas marabuntas halladas en el Amazonas, insectos que viven en comunidades numerosas (pueden superar el millón) y que avanzan por la selva formando grandes columnas que arrasan con todo lo que se encuentra a su paso. De la misma forma, las maras tienen un poder destructivo basado en su gran número y violento accionar.

Otras explicaciones apuntan a una construcción basada en la palabra "mara", que en los 70 se usaba para designar a un grupo de amigos, unido a "salvatrucho", un gentilicio que surge de la deformación de "salvadoreño", considerando que "trucho" significa "listo".
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Descentralización, "clicas" y lealtad hasta la muerte
Es difícil calcular su cantidad de miembros, pero solo en El Salvador se cree que habría más de 60.000 "mareros", organizados en "clicas" (células) de cerca de 1000 personas, siempre jóvenes que rara vez pasan de los 30 años.
Las jerarquías son muy claras, pero la organización es descentralizada, diferentes cabecillas que se reúnen en "juntas", muchas veces dentro de prisión para decidir grandes lineamientos.
De hecho sería erróneo creer que la estructura es homogénea, ya que la MS-13 parece partida en fracciones "que guardan en común rasgos simbólicos, culturales, de origen y un nombre que parece hermanarlas", de acuerdo a una investigación del periódico hondureño El Heraldo.
En tanto, la pertenencia a la mara es hasta el final y la más pequeña traición o deslealtad se castiga con la muerte, de acuerdo a su lema "vives para la mara o mueres por la mara".

Macabros ritos de iniciación
Existen además una serie de rituales que los jóvenes reclutados en los barrios deben cumplir para entrar a la mara: si se trata de un varón, es sometido por varios miembros de la organización a una golpiza durante 13 segundos.
También se requiere demostrar las habilidades y valentía, para lo que se les pide que maten a alguien, generalmente a un policía o a un pandillero rival.
Las mujeres, por su parte, tienen la opción de elegir ser violadas por diez miembros del grupo.
Los mareros también se han vuelto famosos por extensos tatuajes por todo el cuerpo, aunque últimamente esta práctica está cayendo en desuso, ya que permite identificarlos fácilmente.
De cualquier manera, los símbolos empleados, como lágrimas y lápidas, para recordar a los muertos; figuras femeninas, para celebrar a madres, hermanas y novias; plegarias y la imagen de Jesucristo; telarañas y alambres de púas siguen siendo populares. Y, en especial, los tres puntos en medio de un triángulo, el clásico emblema de las maras, que significa "mi vida loca".

Además de su propia búsqueda de territorio y poder, la Mara Salvatrucha está involucrada con los grandes cárteles de narcotráfico en México, para los cuales suele prestar servicios criminales como el narcomenudeo o el asesinato. A la MS-13 se la ha vinculado con el cártel de Los Zetas como también con el rival de Sinaloa.
Pero más allá de sus actividades ligadas al tráfico de drogas, la Salvatrucha, como las otras 700 maras que se calcula que existen, se dedica principalmente a la extorsión y la protección, actividad por la cual recibirían cerca de 60 millones de dólares de acuerdo a un estudio de la Universidad de California, sede Los Ángeles.
Es una cantidad magra comparada al movimiento que realizan los cárteles, y en especial cuando se entiende que debe ser repartida entre decenas de miles de miembros.
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