El hallazgo arqueológico que reveló los secretos de una civilización perdida

En el siglo XIX, la excavación de tablillas de arcilla en Nínive permitió recuperar la historia de Asiria y Babilonia, dando voz a un mundo olvidado

El hallazgo arqueológico que reveló los secretos de una civilización perdida
El cuneiforme, creado por los sumerios hacia el 3200 a.C., fue el primer sistema de escritura mundial conocido (The Trustees of the British Museum)
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A mediados del siglo XIX, el conocimiento sobre las antiguas civilizaciones de Mesopotamia era escaso en Europa. Los vestigios de Asiria y Babilonia permanecían enterrados y, aunque algunos historiadores clásicos habían mencionado su esplendor, no existía un método para comprender los textos dejados por sus escribas. En este contexto, la llegada de un sobre en 1856 a la Royal Asiatic Society de Gran Bretaña e Irlanda marcó el inicio de un evento clave: la carrera por descifrar la escritura cuneiforme, el sistema de escritura más antiguo del mundo.

El mensaje recibido en la sede de la sociedad científica en Londres estaba dirigido a Edwin Norris, su secretario. Sin saberlo, el cartero que lo entregó se convirtió en testigo indirecto de un momento crucial para la historia de la arqueología y la lingüística. Lo que estaba en juego no era solo un hallazgo académico, sino la posibilidad de reconstruir los orígenes de la civilización y alcanzar la fama internacional.

A partir de este punto, tres figuras clave se convirtieron en los principales protagonistas del desafío intelectual: Austen Henry Layard, un arqueólogo británico que había realizado excavaciones en Mesopotamia; Henry Creswicke Rawlinson, un militar con habilidades lingüísticas excepcionales; Edward Hincks, un clérigo irlandés con un profundo conocimiento en lenguas antiguas.

El descubrimiento de tablillas inscritas en arcilla en sitios como Nínive y Babilonia permitió que estos eruditos iniciaran un trabajo sin precedentes: determinar si la escritura cuneiforme, utilizada durante 2.500 años en al menos 15 lenguas, podía ser leída nuevamente.

El redescubrimiento de Asiria y Babilonia

Los restos de estas civilizaciones estaban dispersos en lo que hoy es Irak y Siria, y para la mayoría de los europeos, su existencia era poco más que un mito. De hecho, hasta la década de 1840, el Museo Británico, el principal depósito de antigüedades de la época, solo tenía una pequeña colección de objetos asirios y babilónicos que cabían en un gabinete de menos de un metro de ancho.

Este panorama cambió con la llegada de los arqueólogos aventureros, entre ellos Austen Henry Layard, quien a partir de la década de 1840 realizó excavaciones en los montículos de Mesopotamia. Enfrentando enfermedades, condiciones extremas y la desconfianza de las autoridades otomanas, Layard logró desenterrar estructuras de más de 2.500 años de antigüedad.

El hallazgo arqueológico que reveló los secretos de una civilización perdida
En 1857, un desafío en la Royal Asiatic Society confirmó el desciframiento de la escritura cuneiforme por expertos (England Archive / Royal Asiatic Society of Great Britain and Ireland)

Las excavaciones y lo que encontraron

Entre sus hallazgos más importantes se encontraban los restos de los palacios asirios de Nínive y Nimrud, adornados con bajorrelieves de alabastro que mostraban escenas de batallas, ceremonias reales y cacerías de leones. También descubrió estatuas colosales y miles de tablillas de arcilla inscritas con caracteres desconocidos en lo que luego se identificaría como la biblioteca del rey Senaquerib de Asiria.

Otro arqueólogo crucial en estas excavaciones fue Hormuzd Rassam, un árabe cristiano de Mosul y protegido de Layard, quien desenterró una cantidad aún mayor de tablillas cuneiformes en Nínive. Estas contenían registros de leyes, astronomía, religión, política y vida cotidiana en el Imperio asirio.

El impacto en el público europeo

Los descubrimientos de Layard y Rassam despertaron un interés sin precedentes en Europa. En 1854, el Crystal Palace de Londres presentó una espectacular reconstrucción del “Patio de Nínive”, una fantasiosa versión de los palacios asirios con jardines de lotos, esculturas de toros alados y bajorrelieves policromados.

Miles de personas acudieron a la exhibición, y la llegada de las estatuas y relieves asirios al Museo Británico generó una enorme fascinación. Los periódicos británicos y estadounidenses narraban con entusiasmo la llegada de estos tesoros a Inglaterra, con descripciones de figuras mitológicas y majestuosas construcciones de una civilización que había permanecido en el olvido durante más de 2.000 años.

La complejidad de la escritura cuneiforme

La escritura cuneiforme, desarrollada por los sumerios hacia el 3200 a.C., es el sistema de escritura más antiguo conocido. Su nombre deriva de la palabra latina cuneus (cuña), debido a la forma triangular de los caracteres grabados en tablillas de arcilla húmeda mediante un estilete.

A diferencia de los jeroglíficos egipcios, esta escritura era completamente abstracta, con signos que representaban fonemas, palabras completas o conceptos gramaticales, lo que la convertía en un sistema complejo y revolucionario en la historia de la comunicación.

Utilizada durante más de 2.500 años por civilizaciones como los acadios, asirios y babilonios, se adaptó a más de 15 lenguas, convirtiéndose en el principal medio escrito del Cercano Oriente. Sin embargo, fue desplazada por los alfabetos fonéticos y el papiro, quedando en desuso tras el siglo I d.C.

El redescubrimiento del cuneiforme permitió el estudio de tablillas que revelaron la vida y conocimientos de Sumer, Babilonia y Asiria (REUTERS/Abdullah Rashid)
El redescubrimiento del cuneiforme permitió el estudio de tablillas que revelaron la vida y conocimientos de Sumer, Babilonia y Asiria (REUTERS/Abdullah Rashid)

Los primeros intentos de descifrarla

En el siglo XVII, viajeros europeos redescubrieron inscripciones en Irán e Irak. Carsten Niebuhr identificó que algunas contenían tres sistemas, interpretándolas como versiones trilingües, lo que abrió paso a su desciframiento.

Inspirados por el éxito en la descodificación de los jeroglíficos egipcios, en el siglo XIX estudiosos como Edward Hincks y Henry Rawlinson iniciaron trabajos destacados. En 1846, Hincks identificó nombres reales persas en inscripciones cuneiformes, determinando valores fonéticos para más de 100 caracteres. Además, descubrió que combinaba signos fonéticos y logogramas, relacionando el acadio con lenguas semíticas.

El legado y las controversias

En 1857, la Royal Asiatic Society organizó un desafío para verificar las traducciones del cuneiforme. Cuatro expertos, entre ellos Rawlinson e Hincks, tradujeron independientemente un texto del rey Tiglat-Pileser I. Las similitudes confirmaron que el cuneiforme había sido descifrado, iniciando así el estudio de las tablillas mesopotámicas y el surgimiento de la asiriología.

Sin embargo, la rivalidad entre Hincks y Rawlinson marcó este avance. Pese a que Hincks realizó descubrimientos clave, Rawlinson obtuvo mayor reconocimiento, impulsado por su entorno en el Museo Británico.

En décadas recientes, el papel de Hincks ha sido reevaluado, considerándolo el verdadero descifrador del cuneiforme. Este logro permitió redescubrir una parte esencial de la historia humana, revelando aspectos de la vida, las creencias y los conocimientos científicos de civilizaciones como Sumer, Babilonia y Asiria.

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